Fieles Amigos

Bartola, aquí te dejo estos 2 pesos

Nosotras creíamos buscarte un destino, pero tú ya habías escrito el tuyo en nuestro regazo. No te rescatamos; tú nos elegiste como tu hogar.”

El ocho de junio del 2025 llegó al grupo de la familia un mensaje acompañado de tres fotografías. Acababan de encontrar en el terreno a una pequeña perra flaca y abandonada; esa perra eras tu. A pesar de la situación, estabas llenísima de vida. En cuanto viste al abuelo le ladraste y le gruñiste, pero en cuanto le tomaste un poco de confianza fuiste directo a pedirle comida y te dejaste tomar fotos.

Cuando se pusieron a revisar los alrededores para ver si habían dejado algo más, notaron con tristeza que te habían abandonado junto a un hermanito tuyo que, desgraciadamente, falleció atropellado mucho antes de que los encontraran. También habían dejado unas cartillas de vacunación, por lo que se creyó que una era la tuya; aunque todavía dudamos de ella, porque marcaba que la perra tenía un año y algo en tu mirada nos decía que no era así.

Ante la situación, tomamos la decisión de ponerte en adopción. Pensamos que la idea sería traerte a casa solo para esterilizarte y, durante tu tiempo de curación, empezar a buscarte un hogar; si no lo conseguíamos, tendrías que volver al terreno. Se intentó, pero tú tenías otros planes: desde el primer día me seguías a todos lados. Durante tu primera jornada en casa, te ganaste por completo a los enojones de tus hermanos y hermana perrunos. Te dejaste dar un buen baño y retirar las pulgas sin buscar pelea; al contrario, buscabas cariño el cariño de todos en la casa y, por supuesto, te lo dimos.

Al pasar los días nos empezamos a acostumbrar a ti, a tus ojos grandes llenos de amor, a tus ladridos repletos de vida, a verte correr buscando jugar y hasta a las marcas que dejabas en los sillones. Aún así, seguíamos decididas a buscarte una casa, tanto que usamos un concurso de disfraces para pedirte un vestido y ver si salía algún interesado.

Poco después, cuando te llevamos al veterinario para que te retiraran los puntos de la esterilización, el taxista que nos trajo de regreso se enamoró de ti y se quería quedar contigo. A nosotras nos parecía una buena opción, pero tú decidiste que no. Te hiciste la dormida cada vez que él volteaba a mirarte, y entonces lo entendimos todo: tú ya nos habías elegido a nosotras.

De a poco, mi mamá, mi tía y yo dejamos de buscarte casa. Ya no había necesidad; ya tenías un hogar con nosotros y no lo habíamos querido notar simplemente porque serías el séptimo integrante perruno de esta familia.

Cuando aceptamos esa hermosa verdad, empezamos a notar cómo cambiaba el entorno: ver que la abuela ya te empezaba a cantar y que todos te mimaban y te consentían. Ya eras parte de la familia. Cuando yo regresaba de hacer mi servicio y te veía a ti junto a los demás esperándome en la entrada, se convertía en el momento que más amaba del día.

Eres el amor de mi vida. Desde que llegaste aprendí mucho de ti y sobre mí misma. Antes no podía imaginarte en la casa al cien por ciento; ahora, no puedo concebir un solo día donde tú no estés. Ya no imagino un día sin tus ladridos, sin tus mordidas juguetonas cuando nos divertimos, sin tus ojos atentos a cada cosa que hago, ni sin tu gran compañía cuando juego, veo la tele o como algo. Eres una perra que no merecía ser abandonada a su suerte; te merecías un hogar lleno de amor y ahora lo tienes. Todos te amamos y tu energía nos contagia a todos de una inmensa felicidad.

Ya no puede pasar un día sin que te cantemos, al menos una vez, tu canción:

“Oye, Bartola, aquí te dejo estos dos pesos, pagas la renta, el teléfono y la luz…”

Te volviste la compañera oficial de bailes de mi mamá, y la fiel compañera de comidas y chismes de todos en la casa.




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