Filius y el despertar del hielo

Capitulo 1-El sello de más espinas

Sideria no era un pueblo común; era un lugar donde el aire siempre olía a metal caliente y ozono, un hervidero de magos con poderes tan asombrosos que lo extraordinario se volvía cotidiano. Allí, entre el eco de los yunques y el brillo de las chispas mágicas que flotaban en las calles, vivía Filius.

Él, como cualquier otro adolescente de su edad, pasaba los días con la mirada puesta en el horizonte, entusiasmado por entrar a la Academia Landeris. En ese mundo, cumplir los quince años era la frontera entre la infancia y el destino, pues solo ciertos magos y brujas eran seleccionados para ingresar a esa mágica y misteriosa institución.

Filius había sido uno de los pocos que logró entrar, superando la incertidumbre del "Rastreo", ese hechizo ancestral que recorría cada rincón del país identificando a los hechiceros con talento nato.

La mañana de su partida, el sol apenas teñía de naranja los tejados de Sideria. Filius estaba en su habitación, terminando de alistar sus materiales. Guardó con cuidado sus pergaminos y empacó los últimos libros de teoría básica, sintiendo el peso de la expectativa en sus hombros.

Justo cuando cerraba la última correa de su mochila, la puerta crujió y su padre, Oliver, entró en la estancia.
En sus manos sostenía una pequeña caja de madera oscura, desgastada por los años pero tratada con un cuidado casi religioso.

—Tu madre quería que tuvieras esto —dijo Oliver.

Su voz, usualmente firme, sonó pequeña en el silencio del cuarto.
Filius guardó silencio. No necesitaba que su padre diera explicaciones; sabía perfectamente que su madre se había ido el mismo día en que él llegó al mundo, dejando tras de sí un vacío que ni toda la magia de Sideria podía llenar.

Al abrir la caja, un destello azulado iluminó su rostro. Allí, sobre un lecho de terciopelo viejo, descansaba un Anillo Lux.
El zafiro central, tallado con una precisión quirúrgica, parecía observar a Filius, brillando con una intensidad propia, como si estuviera esperando ser reclamado para finalmente dar orden a su caótica magia interna.

Filius lo tomó con dedos temblorosos y se colocó el anillo lentamente en su dedo medio. El metal estaba helado, un frío que le caló hasta los huesos, pero por alguna extraña razón, se sentía familiar, como un abrazo que había esperado dieciséis años.

Miró a su padre, quien aún lo observaba con los ojos llenos de lágrimas, un reflejo de orgullo y dolor.

Filius sintió una corriente eléctrica recorriéndole el brazo, una fuerza que pedía ser liberada. Elevó la mano, apuntó al centro de la habitación y cerró los ojos, concentrándose en el punto exacto donde la energía vibraba.

—¡Fulgur! —susurró.

De la piedra brotó un arco eléctrico instantáneo, una chispa blanca y violenta que iluminó cada rincón de su cuarto antes de disolverse en el aire. El olor a ozono, seco y punzante, invadió el ambiente de inmediato.

Filius quedó petrificado, mirando sus propios dedos. Durante años había intentado realizar ese hechizo, pero lo único que lograba eran calambres dolorosos y frustración. Ahora, gracias al legado de su madre, el poder finalmente lo obedecía con una facilidad aterradora.

Seguía mirando su mano, sintiendo aún el hormigueo del rayo, cuando la voz de su padre lo devolvió a la realidad. Su expresión era más seria que nunca, despojada de cualquier rastro de nostalgia.

—Tu madre no siempre fue la mujer que recuerdas en los retratos, Filius —dijo Oliver, dando un paso hacia él y bajando la voz como si las paredes de Sideria pudieran escuchar cada palabra—.

Antes de conocer la paz, antes de elegir esta vida y esta familia... ella era alguien a quien incluso los maestros de Landeris temían.

Filius frunció el ceño, apretando el puño. El zafiro respondió a su agitación brillando con una luz tenue y constante.

—¿A qué te refieres? —preguntó, sintiendo un nudo en el estómago.

—Ella abandonó su nombre y su corona de espinas para protegerte. Renunció a un poder que tú acabas de despertar con un solo susurro —Oliver puso una mano pesada sobre el hombro de su hijo, una advertencia silenciosa—.

Ese anillo es el sello de lo que ella dejó atrás. En la Academia buscarán a la madre a través del hijo. Prométeme que no dejarás que nadie vea de lo que es capaz ese anillo realmente hasta que sepas en quién confiar.

En ese momento, un viento gélido golpeó la ventana de la habitación con una fuerza inusual, haciendo vibrar los cristales. Era un presagio extraño, especialmente porque Sideria solía ser un pueblo cálido, protegido por las forjas.

Filius asintió lentamente, sintiendo que el anillo ahora pesaba mucho más que el metal del que estaba hecho. Era el peso de un pasado oculto, de una herencia que apenas comenzaba a revelarse.

—Lo prometo —respondió Filius.

Dio un último vistazo a su habitación, el único mundo que conocía. Al cruzar la puerta, supo que ya no era solo un estudiante yendo a una academia; era el portador de un secreto que podría iluminar Landeris o congelarla para siempre. Aunque una parte de él deseaba saber la verdad, otra temía descubrir qué tipo de monstruo o heroína había sido realmente su madre.




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