Filius y el despertar del hielo

Capitulo 2— La llegada a Landeris

Mientras Filius esperaba en la plataforma de salida, llenó sus pulmones por última vez con ese aroma cálido y familiar. Sabía que, al exhalar, nada volvería a ser igual. De repente, el cielo pareció rasgarse. No fue un sonido, sino una presencia lo que hizo que todos los presentes guardaran silencio.

Desde el horizonte de nubes azuladas, apareció el transporte oficial de la Academia. No era una bestia orgánica, sino una maravilla de la ingeniería mística: una gran carroza de piedra tallada, de un negro tan profundo que recordaba a la obsidiana pura. Las runas grabadas en sus costados palpitaban con un ritmo hipnótico.

—Qué maravilloso… —susurró Filius, con los ojos muy abiertos.

Al entrar, el interior era más amplio de lo que sugería el exterior. Las paredes de piedra se sentían frías pero reconfortantes. Sin caballos ni motores visibles, la carroza comenzó a elevarse. Filius se pegó a la ventana. Sideria se convirtió en un puñado de brasas distantes en el valle, y pronto, la carroza se extendió por los aires como si nadara en un océano invisible. Sobre ellos, una hermosa luna llena bañaba el mar de nubes con un brillo plateado que parecía infinito. El joven acarició el Anillo Lux en su dedo; estaba helado, como si intentara absorber la luz lunar.

La llegada a Landeris
El viaje terminó con una sacudida suave. Al bajar, el carruaje no se alejó, simplemente se esfumó en el aire como si fuera una ilusión hecha de humo. Filius parpadeó, tratando de procesar lo que veía. Estaba rodeado por cientos de jóvenes, algunos vestían túnicas pesadas, otros llevaban armas rúnicas y, entre la multitud, pudo divisar seres que solo conocía por los libros de su padre, brujas de ojos ambarinos y criaturas mitológicas que caminaban con una elegancia inhumana.

Frente a él se alzaba la gran e imponente estructura de Landeris. No era un castillo convencional; era una masa de torres de obsidiana y puentes colgantes que desafiaban la gravedad. La atmósfera allí era distinta a la de Sideria, era más oscura, más silenciosa, impregnada de una tranquilidad que se sentía casi como un peso físico en los hombros.

A lo lejos, entre el caos de los recién llegados, su mirada se detuvo en una chica de cabello rubio ondulado. Estaba hablando con una maestra, y aunque la distancia era mucha, su postura era rígida y perfecta.

—Se ve muy seria —murmuró Filius para sí mismo, sintiendo una mezcla de curiosidad y respeto.

El Salón Vastum y los Gobernantes
—Síganme —una voz serena pero imponente cortó el aire.

Era el profesor Alvis. No gritaba, pero su voz tenía una vibración que obligaba a la obediencia. Casi al instante, el bullicio cesó. Los jóvenes lo siguieron en un silencio absoluto hacia el corazón de la academia, hasta llegar al Salón Vastum. Era un recinto circular colosal, iluminado por antorchas de fuego azul que no emitían humo. Allí, sobre un estrado elevado, los esperaban los cuatro Gobernantes de los Estirpes.

Filius los observó con detenimiento, grabando sus rostros en su memoria de artista:
Eiric, Líder de Albus. Tenía el cabello hasta los hombros, blanco como la nieve, y unos ojos que parecían leer el pasado. Su sonrisa era agradable, pero transmitía la calma de un depredador en reposo.

Maris, Líder de Caerule. Irradiaba una frescura casi marina. Su maquillaje azul eléctrico resaltaba una postura elegante que gritaba nobleza.

Elowen, Líder de Rosace. Con su cabello rosa pálido y una mirada distraída, parecía estar en otro mundo, pero las flores que crecían a sus pies delataban su inmenso poder vital.

Varkas, Líder de Fulvus. El contraste total. Se veía cansado, encorvado, con el cabello canoso despeinado y ropas flojas. Parecía un inventor que no había dormido en décadas.

Entonces, el centro del salón se iluminó. Emergió el Gran Prisma, el director de la academia. Caminaba con un bastón tallado en cristal y una sonrisa que, a diferencia de la de Eiric, se sentía genuinamente cálida. Sus palabras fueron breves pero poderosas, instándolos a encontrar no solo su poder, sino su propósito.
El encuentro con Loke y el Yunque
Mientras el Prisma hablaba, un chico de pelo castaño y facciones marcadas se deslizó hacia el lado de Filius.

—Ahora viene lo bueno —le susurró con una chispa de emoción en los ojos.

Filius asintió, agradecido por la compañía.

—¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Loke —respondió el chico con un gesto amistoso.

—¡Cállense, que ya va a iniciar! —una voz autoritaria los interrumpió.

Era la chica rubia de antes. Sus ojos azules brillaron con molestia antes de volver su atención al centro del salón. En ese momento, un sonido metálico ensordecedor hizo vibrar los cimientos del lugar. En el centro del Vastum, apareció el Yunque de Landeris. Era una pieza milenaria de metal celestial, cuya superficie parecía contener galaxias enteras.

—Este yunque —explicó el profesor Alvis— decidirá su camino. Él no juzga su apellido, sino la pureza de su alma.

Las proyecciones mágicas de las cuatro Estirpes aparecieron sobre los pilares: el Búho blanco de Albus, la Mantarraya azul de Caerule, el Ciervo rosa de Rosace y el Lince de ámbar de Fulvus.

El despertar del poder
La ceremonia comenzó. Cuando llegó el turno de la chica rubia, ella caminó con una seguridad envidiable. Al tocar el anillo del yunque, un hilo de energía azul se dibujó en el aire, guiándola directamente hacia la proyección de Caerule.

Loke fue poco después, la imagen que proyectó el yunque fue borrosa al principio, distorsionada por una energía caótica, pero finalmente se aclaró en un azul profundo. Caerule también.

Filius era el último. El miedo le cerraba la garganta. Al caminar hacia el artefacto, notó que el Anillo Lux, que siempre había estado helado como un cadáver, comenzó a calentarse. Al tocar el yunque, el calor se volvió un incendio. No era doloroso, era como si el anillo finalmente hubiera encontrado su mitad perdida.
Un camino de energía se formó, pero no era un hilo delgado como los demás. Era una neblina densa, oscura y brillante al mismo tiempo. El yunque gritó: "CAERULE". Pero el proceso no terminó ahí. Filius sintió una presión insoportable en el pecho.




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