–Entonces, dime, ¿tú tienes algo que ver con su muerte? – Dijo Nicolás con suspicacia.
Una mujer presionó el pulsador y dio inicio al descanso. Salió de su salón y bajó por las escaleras. Cabizbajo caminaba por el patio, melancolía exhibía de su trazo, en un día matinal nublado con barruntos de un porvenir de una tormenta procelosa, apenas sintiendo y atisbando la garúa. El zagal sentó en una banca del patio e izó la capucha. Mírenlo, dijo Alexandre, ahí mismo solito está. Su rostro opacado, los jóvenes empinados en facciones con sus provisiones, reiterando tragos, charlando y carcajadas sutiles se escuchaban.
–Por último, alumnados –Dijo el director Martínez–. Anuncio que se acerca una de las actividades importantes en este prestigioso colegio: el campamento.
–Otra vez… Va a ser lo mismo de siempre, Joyce. Lo único que cambia es el lugar, nada más. – Musitó Leo y el murmullo acrecentó.
Como compungido, pensativo, mirando a la nada, un esotérico parando mientes. Una emoción sin rostro. Los gritos de los deportistas en el básquet jugaban atolondrados, arraigados de amenidad, una fuerte efervescencia en ellos por ganar el partido, con los uniformes húmedos de su sudor. Pasos de cuatro pilluelos se preludian a oír, se le acercaron al apesadumbrado con expresión socarrona.
–treinta y cinco dólares costarán la inscripción– Dijo el directo Martínez con gran alegría, imbuyendo a los sonámbulos–. Y quien no vaya al campamento, no significa que se quedará sin hacer nada. Se le pedirá trabajos, exposiciones y monografías.
La caterva se ha incorporado en su compañía indeseable. Alexandre: ¿Qué pasa con esa cara larga? Andas pensativo, ¿en qué piensas, tristón? Basil: La novia clandestina le ha dejado hace un buen tiempo y todavía no la olvidas. Rodrigo: Siempre con esa carota, ¿acaso no tienes más emociones, misterioso? Oliver: Con esa cara pareces salido de una cueva. Las risas tumultuosas renacían, sin alguna alteración de Lázaro.
–Todo esto será para su bien – Movía la mano arriba y abajo, su discurso arengador–. Todas las autoridades de este colegio se preocupan por ustedes. Lo importante será su enseñanza espiritual y conocer la hermosa naturaleza que subsiste en este mundo, queridos estudiantes.
La garúa empieza a intensificarse. Una mujer de unos cuarenta años se acerca al patio y ordena que entren al recinto, que la lluvia los va a ponerlos mal. El juego se detiene. Uno de los jugadores ase el balón y, en mancha, rinden pleitesía. El grupo se obstinan ignorándola, no le dieron importancia más que solo versaron su molestia casi inaudible, y siguen causándole una subida lenta de exasperación sibilina. ¿Qué pasó, soñoliento?, dijo Alexandre. Te llaman porque se preocupan tu cara depresiva. Entre risitas dice: hasta tu madre se habría preocupado tanto por tu talante. Salió disparada su furia cual el filo de una flecha pujante, cuya saeta impacta en el pómulo, indignado. Un disturbio estentóreo nació y personas agolpeadas miraban con sorpresa y ojos bien abiertos lo que acaece.
–Oye, Joyce – Musitó Fabrizzio desde su carpeta-. ¿Vas a ir al campamento?
–No lo sé – Dijo Joyce mientras escribía lo que estaba en la pizarra–. Pero lo más seguro es que sí vaya.
–Bueno, por mi parte yo sí voy a ir– Dijo Fabrizzio–. Yo estuve en todos los campamentos cuando entré acá. En mi opinión me agrada esa actividad.
Por el itinerario compuesto por losetas avanzaban, brillaban limpiecitas, hasta cierto punto. El conserje trapeaba el suelo blanco, y los miraba confuso por sus apariencias y por el cojeo de uno de ellos. Peldaños que conducen a otros niveles. Varios umbrales a salones: algunos se quedaban conversando durante el receso, otros a comer, pocos tocaban algún instrumento suscitando melifluas melodías y cautivadores ritmos. La oficina de administración, la oficina para psicología. La puerta de vidrio fue manchada por las sombras. Esperen un momentito, dijo una voz de mujer. Dio toques y abrió, hizo venia hacia el director. Este, en su butaca reconfortante, intrigado de su visita, consintió: pase, moviendo la mano hacia acá.
–Yo sólo iré a la actividad favorita del director porque no quiero hacer esa gran cantidad de tareas despreciables– Dijo Leo, gruñó con las manos cerradas–. Y encima que está caro ir allá. Un truquero ese director.
Los acardenalados se acercaron al escritorio, detrás de los dos sillones. Álvaro de un lado y la facción por el otro. Allí había su laptop que acaba de cerrar, unos documentos en los dos lados, un portalápiz de metal con apenas tres lapiceros: dos negros y un rojo. Su teléfono negro yaciendo allí. Agarró todas las hojas documentadas y los apiló de un lado. Allí estaba, su figura flácida, su corbata negra, su terno, la cabeza casi escasa de pelos, solo alrededor de ello había, una nariz grande de lo normal, su cara apergaminada. ¿Qué ha pasado entre ellos cinco, Fedra?, dijo el director Martínez. Se adelantó la secretaria Fedra, con las manos estrechadas so el vientre. Dilucidó algo tímida, indicios escondidos de temor, como si los cinco muchachos fueran hampones, cual si en algún momento podrían generar un estrago, un asalto. Las camisas manchadas de sangre y de la suciedad, caras amoratadas, cabellos hirsutos. Los vi, director, dijo la secretaria Fedra, se agarraban a golpes durante el receso en el patio, director, he visto que estaban juntos como conversando con Álvaro, ninguna señal de alguna ofensa que pude divisar, pero este jovencito se levantó de manera abrupta y empezó a tirar golpes de repente. La voz chillona exhibía una furtiva desesperación, aspirando que reprenda al que inició la contienda.
–No, no, no –dijo. Temblante–. Cómo cree eso. Lo que yo digo es que los vi allí mismo, y sé quién el que mató.
–Bueno, Leo, yo no puedo opinar porque nunca he ido a uno desde que entré a este colegio– Dijo Joyce, con una pierna de pie inquieto encima del otro, engullendo su sándwich –. Aunque digas que es horrible esa actividad, tengo que saber el juicio de mis otros compañeros. Lo reflexionaré a ver si me animo a inscribirme.