Filofobia ¿viajar amarte?

Carta 1

Carta 1

Filofobia.

Mi vieja y más fiel amiga.

Según la inteligencia artificial, te dirá que se definirá como el miedo persistente e irracional a enamorarse o establecer lazos afectivos. Suena muy vanal. Suena como un diagnóstico que se quita con terapia, un diván y un par de respiraciones profundas pero tú y yo sabemos que no eres una simple definición ¿verdad?

Eres un parásito silencioso. Una enfermedad crónica que mutó dentro de mí hasta volverse parte de mi esencia. Te llevo clavada en mi cabeza, en las entrañas; justo donde se revuelve mi pecho cada vez que alguien intenta cruzar la línea y mirarme de verdad.

A veces me pregunto exactamente en qué momento te contraje. No nací contigo, de eso estoy segura, fuiste un virus que atrape en una habitación demasiado conflictiva; el resultado de respirar durante años las esporas del abandono y las promesas rotas. Cuando creces viendo cómo las personas que se suponía debían protegerte se caen a pedazos, tus defensas bajan. Te colaste por mis heridas abiertas como una infección sutil, una fiebre que al principio dolió pero que terminó por anestesiarme el pecho.

Te convertiste en mi vacuna contra el dolor, pero terminaste siendo la peor de mis patologías.

Qué irónico. Te alimentas de mis miedos para asegurarte de que nunca latan por nadie más.

Eres ese miedo sofocante que me asalta cuando un abrazo dura un segundo de más y el cuerpo del otro empieza a sentirse como una amenaza. Eres el frío helado que me recorre la espina dorsal cuando escucho un "te quiero" y sobre todo, eres esa voz maldita en mi cabeza que grita “¡huye!” antes de que el otro se dé cuenta de que estoy temblando. Te disfrazas de orgullo, de mi falsa libertad y de cinismo. Me haces creer que soy una forastera inalcanzable, una diosa de hielo… pero la realidad es que solo soy tu rehén.

Te has encargado de sabotear cada intento de amor. Me he vuelto experta en detectar el peligro, en buscar amantes que sé que no se van a quedar, hombres que son un incendio fugaz para asegurarte de que nunca me quede a habitar la calidez de un hogar. Porque a ti te da pánico el hogar; tú prefieres la soledad. Me has enseñado a amar así, a medias, entregando sólo la piel porque sabes perfectamente que si entrego el corazón, tú te mueres. Y tú NO quieres morir.

Te has vuelto mi zona de confort, el monstruo debajo de la cama al que terminé abrazando porque era lo único que nunca me dejaba sola. Pero ahora… ahora hay alguien que está desafiando tu sistema inmunológico.

Alguien que no le tiene miedo a las ruinas y que insiste en meterse en este cuerpo dañado. Siento cómo te revuelves en mis adentros, cómo inyectas tu veneno en mi torrente sanguíneo cuando sus manos me aprietan las caderas con fuerza contenida y su respiración se mezcla con la mía. Cómo me aprietas la garganta para que lo aleje con mis mentiras, con mis desplantes y mis huidas repentinas. Estás aterrada de que él sea la cura, de que su fuego termine por desinfectar este corazón agrietado que con tanto esmero has mantenido aislado del mundo.

Tienes pánico de que, por primera vez, baje mis defensas y deje él que doblegue mi voluntad.

No te preocupes, mi vieja amiga. No voy a traicionarte tan fácil. Te conozco demasiado bien y sé que arrancarte de mis entrañas significa morir.

Así que quédate tranquila en tu rincón oscuro. Sigamos jugando a ser intocables. Sigamos provocando incendios para luego salir huyendo antes de que nos quemen. Al fin y al cabo, tú eres la única que siempre cumple su promesa: la de recordarme que, en mi universo, el amor es la única ruina de la que nunca se sale viva.

Con amor, Eva.




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