A veces me despierto por las mañanas y es como si retrocediera algunos años. Me levanto emocionada esperando la voz de mi mamá, pensado que me preparará de desayunar con su calma y su canción favorita sonando en el fondo, pero como un recuerdo fugaz, la realidad me golpea: ella ya no está. Mi corazón se desploma al recordar que mi mamá se fue para nunca volver.
Perdí a mis papás a la edad de 19 años. Una edad temprana sin duda pero a pesar de mi edad, desenfreno y poca responsabilidad lo afronte como toda una adulta con una valentía que disimulaba la niña que aún habitaba en mi. Nunca estuve preparada para perder a nadie, sin embargo sobre la marcha aprendi.
Mi papá murió primero; todos a su alrededor, esperábamos su muerte por el alcohol y su adicción, las peleas en las que se metía o por los problemas físicos crónicos, pero no fue así, de alguna extraña manera el Covid-19 se lo llevó. Días después de lucha, él se fue.
Un par de meses siguientes, y como si una maldición se tratase mi mamá enferma de insuficiencia renal; sus riñones colapsaron, así que todos los días eran cuidados constantes y exhaustivos, diálisis diaria, limpieza extrema por la pandemia, baños con esponja y noches en vela. Su mirada cansada, su peso perdido, su tristeza vacía... Era demasiado para ella. Perder su libertad, su autonomía, su alma gemela... Se volvió insostenible. No pudo soportar la ausencia de mi papá y dos meses después se fue con él.
Como pareja, nunca encontraron el equilibrio, su relación fue una inestabilidad entre el amor y el dolor. Mi papá, atrapado en su miedo al compromiso y mi mamá, dependiente y necesitada de amor.
Su dinámica aunque tóxica, era una forma de amor y a pesar de las discusiones constantes, dependían el uno del otro. Desde la lejanía y la resignación, se amaban a su manera. Nunca supieron cómo estar juntos, pero nunca pudieron estar separados y ni siquiera la muerte los alejó. Finalmente, aquella hija de puta entró sin tocar la puerta y se los llevó.
La muerte de ambos fue dura, pero la partida de mi mamá fue un dolor que me desgarró el alma. Crecí a su lado, cambié mi vida por ella, abandoné mis sueños de estudiar para cuidarla, me sumergí en un trabajo miserable que me permitiera estar cerca de ella, pero ahora, ya no está.
A veces, en las mañanas, aún espero escuchar su voz pero solo queda el silencio.
El ritmo de una melodía me saca de mi nostalgia matutina. Los aplausos y gritos que provienen de la cocina me hacen reafirmar que Diego ya está preparando el desayuno. Me quedo un rato mirando mi chancla, esperando el momento adecuado para estirarme y dirigirme al baño.
Frente al espejo, mis cabellos enmarañados me dan los buenos días y me río como loca desquiciada por mi aspecto. Mi cabello completamente enmarañado con mis rizos que se elevan en todas partes, mipiercing de la nariz está un poco torcido y no está en su lugar habitual y mis ojos están rodeados de grandes ojeras oscuras, que delatan mi falta de sueño.
¡Horrible!
Así que comienzo mi rutina de siempre: me cepillo los dientes, me lavo la cara con agua y jabón, como Pim Pon, me peino y me embadurno de cremas rejuvenecedoras, porque a mis 27 ya no estamos en la edad de perder elasticidad. Más limpia y vestida con un pijama de seda, arrastró mis pies hacia la cocina, con toda la flojera del mundo.
Y ahí está Diego, bailando y cantando a todo pulmón
Me acerco a él, sonriendo por la energía y entusiasmo que irradia, disipando la nostalgia mañanera.
— ¡Buenos días alegría! ¡Buenos días señor sol! — Exclame intentando imitar su alegría.
Diego se da la vuelta, su rostro iluminado por la sonrisa.
— Buenos días, bruja — me abraza y me da un beso en la cabeza —¿Porque tan temprano?
—Tengo una boda que cubrir — solté con pereza, mientras lo apachurro entre mis brazos tratando de inhalar su perfume y sentirme en mi espacio seguro, disipándose la nostalgia.
Además de mis labores en la radio, me dedico a tomar fotos en bodas. Una comunicóloga en toda la expresión de la palabra, con mi maestría en publicidad y medios me ha llevado a retratar parejas en plena serotonina trabajando a full.
No creo en el amor, pero cada fin de semana estoy rodeada de ello, la ironía de la vida.
— ¿No se supone que descansarías hoy? — inquirió con curiosidad.
Sacudí la cabeza, afirmando su pregunta, me siento en la barra de la cocina y le robo un bocado de su cereal.
— Miranda está enferma, probablemente tenga Dengue y me tocó cubrirla.
— ¿Entonces no podremos planear las estrategias y videoclips de mi boda?
— ¿Miranda tiene dengue y lo único que te importa es la planeación de tu boda? — Solté a carcajadas — Eres todo un caso.
— Prometo mandarle un mensaje pero... ¡Estamos hablando de mi boda! ¡MI BODA! — replica Diego, exagerando su entusiasmo — ¡Es el evento más importante de mi vida!
— ¡Claro que sí, rey! — respondo riendo — Pero primero, déjame cubrir esta boda. Luego, podemos planear tu evento perfecto.
— ¿Y qué hay de la idea del videoclip? — pregunta Diego desesperado — ¡Es que quiero que sea épico y tener todo listo antes de que regrese Savana de Italia con toda su familia!
— ¡Por supuesto! — digo con calma— Ya tengo algunas ideas. Quiero hacer un montaje tipo película de tus momentos más emotivos en la boda, al estilo de las cámaras como la super 8.
— ¡Me encanta! —exclama Diego— ¿Y qué hay de la fotografía?
— Ah ¡Eso es lo mejor de lo mejor! Quiero capturar tus momentos más íntimos, como cuando veas a Savana caminar hacia ti por el pasillo, pero en tonos vintage, además de fotos Polaroid para los invitados.
— ¡Eso es exactamente lo que quiero! — dice Diego — Quiero que todo sea perfecto.
— No te preocupes. Ese es mi trabajo, para asegurarse de que todo salga según lo planeado.
Sonrío con la tristeza invadiendo mi ser. Estoy intentando aprovechar los últimos días que tendré su presencia solo para mí, ya que hicimos un trato. Antes de que llegue la boda, Diego se quedará conmigo y en el momento en el que se case, yo lo entregaré con ella y entonces será todo para Savana. Así que no puedo evitar sentir una molestia de celos. Ya no podré declamar su atención como antes, se acabarán los cafés o risas matutinas ni las noches de desvelo. Y aquí me doy cuenta de lo duro que es el desapego.
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Editado: 23.12.2025