Filofobia ¿viajar amarte?

Capítulo 3 - Blindaje

Crecí en Oaxaca, una pequeña ciudad cálida y hermosa donde cada año, al acercarse Noviembre me gusta caminar por las calles de la ciudad porque todo huele a flor de cempasúchil, mandarinas, chocolate y recuerdos.

¿Ya dije que amo a octubre?

El día de muertos al menos en Oaxaca, es mi festividad favorita sobre todo por lo que significa, es decir, los altares son muy distintivos de la tradición, es una forma de honrar a los que ya no están. En cada altar se coloca la fruta, la comida o la bebida favorita de quién ya trascendió acompañada de su foto como recuerdo, esto debido a que se tiene la creencia que los muertos regresan a su hogar y disfrutan los alimentos colocados en la ofrenda, aompañado de las decoraciones de papel picado y los arcos coloridos, que le dan vida a los altares.

Es por ello, que como toda familia tradicional Diego y yo estamos colocando nuestro último altar juntos. Cómo familia.

Tenemos toda la fruta desperdigada en el suelo: naranjas, plátanos, mandarinas, cacahuates, nueces, entre otras cosas más y un par de botellas de mezcal, que eran las favoritas de nuestras madres.

Son 5 pisos, improvisados a base de huacales en forma de torres. Una manta negra cubre por completo las bases y se puede notar la diferencia entre cada piso: Uno más grande que el otro.

— ¿Recuerdas cómo mi mamá nos llevaba a recoger flores para el altar? — dice Diego mientras coloca cuidadosamente el papel picado en cada uno de los pisos.

— ¡Uy, cómo olvidar eso!— respondo riendo mientras recuerdo los días soleados en el sembradío de Cempasúchil de la mamá de Diego— Siempre competiamos por quien escogía el mejor manojo.

— Y el olor... — susurra Diego, con un toque de melancolía en su voz — A veces, siento que todavía puedo oír sus risas.

— Yo también — admito — A veces, en las noches me gusta pensar que mi mamá me acompaña. Sobre todo cuando suelo comer mandarinas en el patio, como solíamos hacerlo juntas.

Suspiró melancólica y me pongo a organizar las mandarinas en un espacio dentro del altar como forma de evitar el dolor.

Frijol molido, mi gata llamada así por su pelaje grisáceo, se encontraba acostada pero se levanta ronroneando como si escuchará mi tristeza interna, tratando de apaciguarla.

Con su pelaje suave y esponjoso, intenta embarrarse por toda mi pierna pero su cono de la vergüenza la hace parecer un poco torpe.

Tras su operación ha sido difícil que se quede quieta y cómo se lastima de tanto lamerse, tuvimos que acudir al cono de la vergüenza.

Diego y yo nos miramos y reímos a carcajadas.

— !bebé, te vas a lastimar! — gritó con pánico como toda madre preocupada por su criatura.

La acarició y la colocó en el sillón.

Tras varios maullidos lastimeros, se queda quieta y me deja ir, no sin antes despedirme de esa bola de pelos con un beso en su cabeza.

— Es muy mimada ¡se ha vuelto así por tu culpa!

Reprocha Diego con enojo y yo me doy la vuelta indignada.

— Es la reina de la casa. Claramente si ella desea que yo me quedé, me quedo a su lado. Soy su esclava.

— Exacto — dice sonriendo — Y que no quede duda de que ella lo sabe. Se aprovecha de ello.

Acarició a Frijol molido, que comienza a ronronear de nuevo.

Me rio porque tiene razón. Frijol molido es la única que dejó que me manipule y no me importa.

— ¿Estás segura que quieres seguir con el altar? — dice por tercera vez en el día mirándome con preocupación — Estás un poco triste hoy.

Lo miro con pena, aguantado las ganas de llorar.

El duelo es algo tan infinitamente doloroso y raro. Pareciera que la herida está curada pero de repente un olor, una imagen, un recuerdo basta para que aquel vacío sea recordado con pesar.

Mamá se fue hace años y a veces siento como si el tiempo sanará la herida pero luego, sin previo aviso, está se abre. Es como si la herida nunca hubiera cicatrizado completamente, como si siempre estuviera a punto de reabrirse y lo peor es que el vacío sigue siendo el mismo pero ahora lleno de miedo.

Ahora el miedo me persigue. Es un miedo constante al olvido; tengo miedo a olvidar, tengo miedo que conforme me vuelva más vieja, mi mamá siga estando igual, con 42 años dentro de una caja pero hecha polvo y yo continuando mi vida, creciendo sin ella con un miedo constante a perder los recuerdos que compartiamos juntas.

— Creo que es por las fechas pero también hay algo que no me deja estar en paz… no se si a ti te está pasando lo mismo pero…—- se derrama una lágrima sin darme cuenta — Estoy olvidando como luce mi mamá, ni siquiera recuerdo cómo suena su voz o cómo era su risa escandalosa. Si no es por las fotos, estoy segura que su rostro ya estaría siendo un borrón dentro de mi memoria — Respiro hondo y dejó que las lágrimas fluyan — ¡Y eso me asusta! ¡No quiero olvidarla!

Eran muchos recuerdos que nos conectaban pero ahora quedan pocos y me aferró a ellos como si fueran un tesoro. Cada mandarina que como en el patio, cada mariposa que veo volar, cada gesto, cada risa, cada flor de cempasúchil que veo, me recuerdan a ella. Una variedad que me conecta con ella pero que poco a poco me da miedo soltar.




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