Filofobia ¿viajar amarte?

Capítulo 4 - Fisura

La cabeza me rechina constantemente. Siento como si me estuvieran golpeando con un taladro. Mis ojos apenas miran la luz, se cierran por completo; me costó trabajo abrirlos y cuando lo hice, apenas pude vislumbrar mi habitación.

Estaba hecha un desastre.

Anoche todos nos pusimos tan mal que he olvidado como llegue a mi habitación. Lo último que recuerdo es a Diego vomitando en plena calle a las 7 de la mañana, después lo seguí yo y vomite... Risas, llanto y luego nada. El alcohol había borrado todo.

Odio el alcohol.

Me levanto con esfuerzo y siento que todo se mueve. Todavía me siento borracha.

Me arrastro al baño, el agua fría fue un alivio para quitarme ese olor a "muerto" que emanaba de mi cuerpo. Mientras me visto, veo una nota en mi mesa de noche:

"Tomate la pastilla con el vaso de agua. Bebe mucho café... y me debes una nueva camisa porque la vomitaste ayer... Pd. Recuerda mencionarme en tu podcast"

Riccardo

Un gemido largo de pura vergüenza escapa de mi garganta.

¡JAMÁS VOLVERÉ A TOMAR!

Me agarro la cabeza, porque siento que en cualquier momento va a explotar.

Si no lo recuerdo, no pasó, me repetí.

Al menos aquel hombre tan excitante estuvo en mi habitación y no solo eso, me vio en mi estado más deplorable, entró en mi casa y lo peor de todo, sabe de mi podcast.

Mierda ¡Mi podcast! ¡Estaba a punto de comenzar!

Rápidamente me cambio con lo primero que encuentro y me apresuro hacia la puerta, casi tropiezo en el camino pero llego corriendo al estudio de la radio, jadeando.

— Lo siento, estoy tarde! — digo con vergüenza, mientras me siento en la silla, y lo miro con pesar, detrás de mis lentes oscuros.

Mi productor me mira con preocupación.

— ¿Estás bien? Te ves... ¡Horrible!

Bromea Rogelio y arruga la cara para complementar que en efecto me veo fatal.

¿Que tan horrible debo de verme para qué mi productor me vea con preocupación? Es que en 10 minutos no puedo hacer milagros, no me pude pasar ni el peine.

—Estoy perfecta —mentí, acomodándome los auriculares— Empecemos.

Hice la sección como pude, hablando de la soledad y temas banales mientras por dentro sentía que el café y la culpa me revolvían el estómago, es que no puedo sacar a Riccardo de mi mente ¿Qué había pasado la noche anterior? Y sobre todo ¿Por qué no desperté con José Luis?

El programa terminó con rapidez, salí del estudio sin despedirme de nadie. A punto de salir del edificio, en un pasillo largo y completamente solo, la discusión de una pareja hace que me detenga.

Siendo una mujer chismosa, giró medio cuerpo en busca de las personas que hacen tanto alboroto en el pasillo y con curiosidad, me escondo por inercia.

Un hombre, de espaldas, intentaba zafarse de una mujer que se aferraba a él con uñas y dientes.

Escucho con atención cómo el hombre, frustrado, le explica que ya no quiere nada con ella pero por lo visto la ingenua mujer se aferra a él incluso si es utilizada como a un trapo.

La discusión de este par me hace reafirmar que el "amor" no existe. Está en todas sus vertientes siempre termina acabando y despedirse está a la orden del día.

— ¡Deja de lastimarte! — le exclama el chico con desespero.

— Es que no lo entiendes, nunca podré hacerlo ¡Dame una razón para dejar de amarte!

La intensidad de su súplica me hirió.

¿Qué tan bajo podemos caer las mujeres todo por un pedazo de sentimiento roto? Estamos tan necesitadas de amor que nos conformamos con estar en una estantería llena de trofeos.

Las mujeres debemos de entender que podemos valernos por nosotras mismas. El amor propio es importante porque quien estará a la media noche con el corazón roto y recogerá cada pedazo hasta reconstruirlo serás tú. Nadie más.

Me muevo con cuidado para seguir viendo el espectáculo pero después de la súplica humillante de la mujer, pude oír sólo el silencio.

Indignada por la acción de aquel hombre, salgo de mi escondite para cantarle todo lo que se merece por dejar que la mujer se arrastrara así pero cuando salí y me puse a su vista, él giró sobre sus talones.

Mis ojos se abrieron de Par en par y mi cerebro tardó un milisegundo en procesar al hombre frente a mi: los hombros anchos, el perfil afilado y esa mirada gris. Las palabras se quedan atoradas y los miles de insultos que tengo en la cabeza para dedicarle jamás salen de mi boca.

¡Es Riccardo!

No tuve tiempo de retroceder ni de cerrar la boca para pronunciar su nombre, se dirigió rápidamente a mi y el impacto sobre mis labios, llegó.

No fue un beso de película.

Me tomó rápidamente por la cintura, enterrando sus dedos largos en mis costillas con una fuerza que me obliga a pegarme a su pecho. Coloca su boca en la mía con frialdad y no era un beso nada romántico, sus labios fríos no se movían, se quedaron estáticos sobre los míos. Me hirvió aún más la sangre que sus ojos estaban abiertos, fijos en los míos pero completamente vacíos.

Entonces lo entendí; no me estaba besando a mí, estaba tratando de escapar. Me estaba utilizando como un escudo para que la mujer que lloraba a sus espaldas viera de una vez por todas, el final de su humillación.

Sentí coraje de ver mi orgullo siendo pisoteado.

Él no me quería besar, solo me estaba utilizando como un objeto y eso era algo que mi ego no iba a perdonar.

Así que en su lugar recuperó el control de mi cuerpo, le propino un buen guantazo con mi rodilla sobre sus partes bajas e inmediatamente apartó todo su peso sobre mí, sintiéndome orgullosa por haber asistido a un par de clases de defensa personal en mi etapa de adolescente rebelde justo para protegerme de patanes como ese.

¿¡Pero es que los hombres que se creen!?

— ¡Qué carajos te sucede! ¡IDIOTA! — suelto bastante enojada con la furia carcomiendo cada poro de mi ser mientras miro tristemente como aquella desconocida sale corriendo con su corazón roto hecho pedazos entre las manos y Riccardo retorcerse de dolor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.