Filofobia ¿viajar amarte?

Capítulo 7 - Grieta

El sol de la tarde se cuela por la ventana de la sala, haciendo sombras raras en el suelo.

Absorta en las ideas para los próximos podcast de la semana, escribo sobre el duelo, la ruptura de amistades y el dolor; el tema que abordaría la semana siguiente.

Me encuentro feliz con mi trabajo, aparte de que me pagan muy bien y soy reconocida en el medio puedo tener completa libertad de hablar de lo que sea. Ahorita se está abriendo la posibilidad de quizás tener invitados y mi productor lo toma en cuenta. Estoy emocionada porque es un gran paso en mi carrera.

Pasé la tarde revisando mis notas, buscando ejemplos, redactando la introducción, quería que fuera emocional, que el oyente se sintiera identificado igual que yo. Pensaba en cómo las rupturas, aunque dolorosas, te enseñan a redescubrirte. El dolor de una amistad rota puede ser abrumador pero también aprendes a soltar, sobre todo a soltar el peso de lo que uno no puede cambiar.

Estaba tan concentrada escribiendo estás ideas cuando sentí esa mirada. Una mirada fuerte que recorrió todo mi cuerpo, de alguna forma una sensación familiar que me hizo girar. Al levantar la vista, lo vi; Riccardo estaba parado en el pasillo, apoyado en el marco de la puerta con su taza de café.

Su cara como siempre, era esa mezcla de indiferencia , sería, fría, pero... había algo más. Había una intensidad en su mirada que parecía estudiarme detalladamente en busca de algo que me puso la piel de gallina.

— ¿Perdiste algo? — pregunté, intentando mantener mi voz relajada aunque por dentro sentía una mezcla de nerviosismo y excitación.

Él sonrió, una sonrisa lenta y casi imperceptible.

— No, creo que lo encontré — Dijo sin despegar su mirada de la mía.

Su respuesta me dejó helada.

Era obvio que me quería provocar, prestándose al juego de tensión sexual que se estaba saliendo de control ante mis ojos.

Quería gritarle, preguntarle por qué me miraba con una intensidad que me hace sentir desnuda y el porque no hacía nada al respecto. El deseo de querer saltar encima de él es evidente.

Simulé indiferencia y seguí escribiendo pero mis manos temblaban un poco. El silencio era pesado, solo se oía el sonido de la tele en el fondo. Riccardo tomó un sorbo de café, sin apartar la mirada, era un juego, una competencia de incomodidad que me tenía al borde y yo solo pensaba en querer huir.

De repente ¡pum! La pluma que tenía en los dedos cayó al suelo.

Él, sin dejar de verme, dejó caer la taza en una mesa con un golpe seco que resonó toda la habitación.

Nuestras miradas se encontraron, retándose. Una sonrisa pícara se dibujó en mis labios:

¡por supuesto que dejé caer la pluma a propósito!

Se acercó despacio, sus pasos suaves sobre el suelo. Sentí su presencia cada vez más cerca y mi respiración se hizo más profunda, más consciente de su proximidad. Se detuvo a centímetros, su cuerpo rozando el mío, su colonia, algo así como menta y especias, me llegó fuerte, la tensión aumentó. Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose en mis labios por un instante que se sintió como una eternidad.

Mi respiración entrecortada y mis ojos llenos de deseo viajaban de sus ojos a sus labios.

¡JESUCRISTO! ¡QUE ME BESE YA!

Luego ¡pum! Recogió la pluma, la dejó en la mesa y se fue igual de despacio. Sin una palabra, se alejó con la misma lentitud, dejándome en un mar de sensaciones. Atracción, rechazo, deseo, frustración... ¡Un revoltijo! Esa pluma, una simple pluma se convirtió en el pretexto perfecto para recordarme como pretendía demostrarme que él manejaba los hilos pero solo había logrado confirmar que estaba tan atrapado en esta red de mentiras como yo.

Durante todo el fin de semana los encuentros fueron breves, cargados de tensión sexual con miradas y toques casuales. Diego estaba ahí, siendo el puente entre nosotros, sin notar que cada vez que se daba la vuelta, el aire entre Riccardo y yo se volvía tensional.

Para la tarde del sábado, el juego continuó con una botella de vino. Diego buscaba el sacacorchos en los cajones de la cocina, haciendo un ruido desesperante botando todo y haciendo un desastre porque no lo encontraba.

Yo intenté alcanzar una copa en la repisa más alta, estirándome lo más que podía con mis 1.52. De pronto, sentí su presencia, Riccardo se estiró por encima de mí, presionando sutilmente su pecho contra mi espalda mientras su brazo quedaba pegado junto a mi cabeza, acorralándome contra la encimera.

Bajo la copa con una lentitud exasperante y justo antes de dejarla sobre la encimera, su cabeza se movió de modo que su respiración se sentía directamente detrás de mi oreja. Sentí inmediatamente escalofríos recorrer mi cuerpo, seguidamente Riccardo dejó la copa frente a mi pero deslizó sus dedos sobre los míos un segundo de más. Me miró de reojo con una sonrisa que decía: "Te tengo justo donde quiero" y se alejó justo cuando Diego se volteaba triunfal con el sacacorchos en la mano.

Sonreí para mis adentros; Riccardo jugaba bien, pero se arriesgaba demasiado.

El domingo por la mañana la batalla se trasladó a la cocina. Me encontraba en la cocina peleando con la cafetera italiana que Riccardo le regaló a Diego. Es mucha tecnología y aún no se como funciona, más el sueño pegado a mi que termine por soltar un grito de la desesperación porque ya quiero mi dosis de café.

Si, la paciencia no es lo mío.

En ese instante Riccardo entró, con un traje impecable y sin mediar palabra solo se acercó para quitarme el filtro de las manos. Sus movimientos eran rápidos y precisos, ignorando mi mirada de pocos amigos.

Preparó el café en un silencio sepulcral que solo se rompió cuando dejó la taza frente a mí.

—En la vida, como en el café, si no tienes paciencia, solo obtienes algo amargo... —dijo, clavando sus ojos en los míos— y tú eres demasiado impaciente.

Y se fue, dejándome completamente sola, saboreando mi café, aceptando el reto.




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