Filofobia ¿viajar amarte?

Capítulo 9 - Colapso

Mis hilarantes pensamientos son llevados con el humo del cigarrillo que mantengo entre los dedos mientras disfruto del sabor que este me brinda cada vez que aspiro y expulsó el humo por la boca, escondida en un rincón de la casa de Riccardo.

Cuando el olor del cigarrillo llega a la punta de mi nariz me envuelve esa nostalgia de la que siempre estoy escapando, me recuerda a mis momentos de vulnerabilidad, esa que me dejó uno de mis tantos malos hábitos que mantengo hoy en día.

Tras unos largos minutos de retrasar lo inevitable, aplastó la colilla del cigarrillo con la punta de mi zapatilla y me dirijo hacia él.

Me siento sorprendida al ver lo que encontré. Esperaba algo exagerado acorde a sus tatuajes, frialdad y dinero.

Pero la casa es cálida, acogedora.

La entrada principal es un patio interior con piso de loseta donde su camioneta se encuentra estacionada, todo lleno de plantas.
En la planta alta, un balcón con barandal de metal ofrece una vista al patio. El interior cuenta con un amplio vestíbulo con piso de madera muy pulida y una escalera de caracol. La sala es pequeña, pero llena de vida. Un viejo tocadiscos descansa sobre una mesita de madera oscura, junto a un montón de discos de vinilo. Fotos familiares, muchas fotos, adornan las paredes. Sonrisas, abrazos, momentos capturados en el tiempo. Riccardo, con su mirada fría y su actitud tosca, no encaja en este escenario tan hogareño, tan… cálido.

Hay pequeños detalles por todas partes; Un rincón de lectura, una banca, estantes llenos de libros, flores secas, una taza desgastada, un libro abierto y una iluminación suave. Cosas sencillas, pero que hablan de una sensibilidad que él trata de ocultar. Es una contradicción fascinante; esta casa es diferente con la imagen que él proyecta.
En el exterior, un patio con gran iluminación y un camino de piedras conduce a una zona de comedor al aire libre bajo una pérgola con luces colgantes, rodeado de muchas más plantas.

Tomó asiento frente a él, en una de las sillas de la mesa. Riccardo solo me mira con una expresión de cansancio.

— ¿De verdad crees que ese humo es la respuesta a tus problemas?

— ¿No tienes nada mejor que hacer que criticarme?
Contraatacó con otra pregunta.

— No, no tengo nada más que hacer. Además me divierto contigo

— Ay qué increíble que soy tú payaso de circo.
Bromeo sin humor.

—No te invite a mi casa para burlarme de ti. Simplemente no puedo dejarte sola después de lo que vi — responde, su tono es una preocupación que no puedo ignorar.

— ¿Y qué es lo que viste? — le lanzó una mirada enjuiciante, intentando mantener mi coraza intacta mientras mi corazón se acelera.

— Estoy aquí porque me gustaría que dejaras de sentirte sola. A veces, hablar puede ser un buen primer paso — dice, su tono es casi suave, y me doy cuenta de que, por primera vez, no estoy segura de cómo responder.

— ¿Te importa? — preguntó a la defensiva, con una mezcla de debilidad y curiosidad.

Su reacción es inesperada y me doy cuenta de que, aunque lo detesto, aveces su presencia me resulta cautivadora.

— Claro que me importa. Aunque parezca que disfruto haciéndote rabiar, no es cierto — Su mirada se suaviza y me doy cuenta de que hay más detrás de esa fachada de arrogancia.

— ¿Y qué te hace pensar que hablar contigo sea una buena idea?

Se ríe levemente, un sonido que me irrita más de lo que debería.

— No estoy aquí para salvarte de tu miseria, si es lo que crees. Pero tampoco voy a quedarme callado y hacer como si no me importara cuando la ogra sin corazón necesita un poco de ayuda.

La frase "ogra sin corazón" me hizo reír por dentro. La imagen de mí misma como una criatura grotesca y despiadada, tan opuesta a cómo me siento realmente, me parece absurdamente divertida.

Al final no somos tan diferentes. Ambos tratamos de ocultar quienes somos verdaderamente

— Entonces, ¿qué quieres? — le pregunto, sintiéndome vulnerable ante su sinceridad.

— Quiero que dejes de esconderte detrás de esa fachada de desprecio. Eres más que eso, Eva. Y tienes derecho a sentir lo que sientes, incluso si eso significa llorar de vez en cuando.

— ¿Y qué sabes tú de mí? — suelto con rabia. Una rabia que se cuela sin querer.

¿Es que acaso no lo entiende?

No quiero platicar de lo que siento. No con él. Ni con nadie. Porque todo lo que llevo en el corazón se desbordara. Y nunca he sido vulnerable. No con un hombre al menos.

— Sé que no eres solo una chica fuerte que da consejos a través de su cinismo. Hay momentos en los que te sientes sola y te gustaría poder compartirlo con alguien — responde y no puedo evitar sentir que ha dado en el clavo.

Durante mucho tiempo he sido la fuerte, la que se calla, la que resuelve, la que no siente, la que no necesita ayuda. Una mujer autosuficiente, pero serlo es agotador.

Desde niña me impuse la idea de no ser una carga para mi madre, quien apenas podía con sus problemas económicos, su vida, 3 hijos y su relación tóxica. Fui mi propio ancla, mi propio sostén. Ahora, todo ese peso de autoexigencia me oprime, me da miedo sentir. No puedo ser vulnerable, no lo aceptó.

— No necesito a un terapeuta pero gracias— Intento mantener la compostura pero al mismo tiempo, la debilidad me atraviesa.

— ¿Segura? — pregunta, acercándose un poco más — Estás exhausta. Se te nota en la mirada, en cómo te aferras a esa armadura de mujer que todo lo puede ¿Cuánto tiempo más piensas seguir sosteniendo esa fachada?

— ¡El tiempo que sea necesario! — respondo con franqueza, harta de sus cuestionamientos y rápidamente me cruzo de brazos— Funciono mejor así. Sin depender de la buena voluntad de nadie.
—Eso no es funcionar, eso es sobrevivir —me debate — a veces, dejar que alguien vea el desastre no te hace débil, solo te hace humana. Pero te aterra tanto perder el control que prefieres ahogarte antes que estirar la mano.
—¿Y qué hay de ti? —le devuelvo la pregunta, ansiosa por cambiar de tema— Hablas con mucha superioridad ¿Tú de verdad eres tan transparente con la gente o solo aplicas las reglas que te convienen?




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