BRANDY
El auto de Tacker se detiene frente a la casa de mis padres.
La calle está en silencio, apenas iluminada por las luces amarillentas de los postes. Pienso que todo terminó por hoy, que quizá pueda esconderme un poco en mi habitación y dejar que el mundo se disuelva. Pero entonces lo veo.
William.
Está recostado contra su auto, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si me hubiera estado esperando durante horas. La luz del farol cae sobre él y hace que su sombra se alargue en el pavimento. Su postura transmite calma, pero sé reconocer esa tensión en su mandíbula, la misma que aparecía cada vez que las cosas no iban como él quería.
Siento que la sangre se me congela.
—Brandy… —murmura Tacker a mi lado, su tono bajo, alerta.
No necesito que me lo diga. El aire se llena de electricidad. Mis manos sudan sobre mi regazo, y por un momento pienso en pedirle a Tacker que arranque de nuevo, que no me deje aquí.
Pero sé que no puedo huir eternamente.
—Está bien —digo, aunque mi voz no lo refleje.
Tacker me mira, dudando, y luego asiente despacio. Apaga el motor y baja del auto. Yo hago lo mismo, aunque las piernas me pesan como plomo.
William endereza la espalda en cuanto me ve, y sus ojos se clavan en Tacker antes de regresar a mí. —Así que… estabas ocupada.
La ironía en su voz me corta la piel. Intento mantener la calma. —William, no es lo que piensas.
Él da un paso hacia adelante, sus llaves tintinean en su mano. — ¿No? Porque lo que yo pienso es bastante claro, Brandy. Te desapareces, no contestas mis llamadas, y de pronto… —señala hacia Tacker con la barbilla— apareces con él.
Siento la tensión subir. Tacker no dice nada, pero se coloca ligeramente delante de mí, como si su cuerpo pudiera interponerse entre William y yo. Ese gesto, tan simple, me provoca una punzada en el pecho.
—William, vete —digo, intentando que mi voz suene firme.
Él suelta una risa seca. — ¿Vete? ¿Después de todo lo que pasó? ¿Después de todo lo que dijimos? —Su mirada se suaviza apenas, como si quisiera colarse otra vez por la grieta de la culpa—. Te amo, Brandy. Y lo sabes.
Cuántas veces me las repitió después de ese error imperdonable. Cuántas veces intentó tapar con promesas el beso que le dio a su mejor amiga.
Aprieto los puños. —Amar no es suficiente, William.
Da un paso más, pero Tacker también se adelanta, firme, sin apartar los ojos de él. No dice nada, pero la forma en que se planta habla por sí sola.
— ¿Y tú quién eres? —Suelta William, alzando la voz—. ¿Qué haces metiéndote en algo que no te incumbe?
Tacker lo mira con serenidad, aunque noto la tensión en sus hombros. —No me interesa discutir contigo. Solo estoy aquí porque Brandy lo quiere así.
William me observa entonces, buscando una grieta en mi expresión. — ¿Es eso cierto? ¿Lo quieres a él?
No sé qué responder.
No es una cuestión de querer o no querer. Estoy confundida, herida, cansada.
Y la presión de su mirada solo me hace sentir atrapada.
—Lo que quiero —digo al fin, con la voz entrecortada— es que me dejes en paz.
William aprieta la mandíbula, los ojos le arden de rabia. Sé que no está acostumbrado a escuchar esa clase de respuestas de mí.
Tacker da un paso hacia atrás, dejándome espacio, pero sin apartarse del todo. Siento su presencia como un ancla, una seguridad silenciosa.
William suelta un bufido y sacude la cabeza. —Esto no termina aquí.
Y sin decir más, se da la vuelta y sube a su auto, encendiéndolo con brusquedad. El motor ruge y en cuestión de segundos desaparece calle abajo.
Me quedo de pie en medio de la acera, con la respiración agitada, las piernas temblorosas. Tacker me mira en silencio, sin hacer preguntas. Solo extiende su mano hacia mí, un gesto contenido pero firme.
Lo miro, dudando, y finalmente acepto. Su mano envuelve la mía con calidez y siento cómo el peso en mi pecho se aligera un poco, aunque el nudo en mi garganta sigue ahí.
La noche permanece quieta, como si todo lo que acaba de pasar se hubiera disuelto en la oscuridad.
Pero sé que no terminó. William volverá. Y, aun así, por primera vez en mucho tiempo, siento que no estoy sola para enfrentarlo.
Cuando entro a la casa con Tacker detrás de mí, siento de inmediato el cambio de temperatura. El aire fresco de afuera se transforma en un calor conocido, el de mi casa, el de la madera vieja mezclada con el olor a café que seguro alguien dejó preparado hace un rato. Me detengo apenas en el umbral, como si cruzar la puerta significara atravesar otra clase de frontera.
Mis padres están en la sala. Papá hojea una revista. Mamá está en el sillón con un libro en las manos. Los dos levantan la mirada al mismo tiempo.
— ¿Y William? —pregunta mamá de inmediato, con esa voz aguda que usa cuando la curiosidad se mezcla con alarma.
Siento el calor subirme al rostro. Detrás de mí, Tacker da un paso tímido hacia adentro, y puedo escuchar cómo se acomoda la chaqueta, nervioso.
—No… no entró —respondo, intentando sonar tranquila.
Papá arquea las cejas. — ¿Cómo que no entró? Acabamos de verlo afuera, ¿no?
Asiento despacio. Mis dedos juegan con la cremallera de mi bolso, un gesto automático para llenar el silencio. —Se fue.
La mirada de mis padres se desplaza hacia Tacker, y es como si el aire se espesara entre los cuatro. Tacker se aclara la garganta, apenas un sonido bajo, y da un paso más al frente.
—Buenas noches —dice, con una voz que intenta ser segura, pero que se escucha suave, casi respetuosa.
Mamá cierra el libro con un chasquido leve. — ¿Y tú eres…?
Lo dice sin mala intención, pero la incomodidad me aprieta el pecho. Me adelanto, poniéndome entre ellos. —Un amigo.
La palabra se siente insuficiente, incompleta. Papá deja la revista sobre la mesa y me observa con ese gesto que usa cuando intenta leerme sin necesidad de que yo hable.
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Editado: 06.01.2026