Final Alternativo

19

BRANDY

Entro a mi cuarto con Tacker detrás, y cierro la puerta despacio, como si necesitara aislar ese pedazo de mundo del resto de la casa.

La luz de la lámpara en mi mesita es suave, amarilla, casi íntima. Me siento en la cama, los dedos hundiéndose en la colcha que siempre me ha parecido demasiado infantil para la mujer que se supone que soy ahora.

Tacker se sienta a mi lado, no demasiado cerca, pero tampoco lejos. El silencio cae pesado, y me descubro sosteniendo la respiración.

Por un rato ninguno de los dos dice nada. Solo escucho el crujido leve de la madera bajo el peso de sus botas y el ruido lejano de mis padres en la sala.

Pienso que podría quedarme así, solo con su presencia llenando el espacio.

Pero él rompe el silencio. — ¿Recuerdas… cuando me dejaste dormir contigo? —su voz es baja, casi un murmullo, pero cada palabra me atraviesa con fuerza.

Lo miro de golpe, sorprendida. No pensé que él recordara ese momento. No pensé que tendría el valor de traerlo a la superficie.

Trago saliva. —Claro que lo recuerdo.

Él desvía la mirada, como si fuera difícil sostener la mía. Se pasa una mano por el cabello, nervioso.

—Ese día yo… —se detiene, como si buscara las palabras correctas—. Estaba muy mal.

Asiento despacio, mis dedos apretando la tela de la colcha. —Lo sé. Por eso te dejé quedarte. No iba a dejarte solo.

La habitación se llena de un aire espeso, de esos recuerdos que nunca se borran del todo.

Había llegado con los ojos rojos, con esa tristeza silenciosa que nunca compartía con nadie. Yo tampoco sabía cómo consolarlo, así que simplemente le abrí la puerta, le di un lugar.

Tacker me mira ahora, y siento su mirada como un roce físico en la piel.

—Brandy… —su voz es más firme esta vez—. ¿Amabas a William?

El golpe de la pregunta me deja helada. Parpadeo, como si no hubiera escuchado bien. Pero sí lo escuché. Lo escuché perfecto.

Mi garganta se cierra un poco, y no respondo de inmediato. Sus ojos siguen fijos en mí, expectantes, con esa mezcla de dureza y vulnerabilidad que siempre lo ha caracterizado.

—No sé por qué me preguntas eso —digo al fin, con un hilo de voz.

Tacker se inclina hacia mí, acortando la distancia entre los dos. Su rodilla roza la mía, apenas, pero siento la electricidad recorrerme el cuerpo entero.

—Porque necesito saberlo —susurra.

El silencio nos envuelve de nuevo. Yo bajo la mirada, incapaz de sostener la suya. Mi pecho sube y baja con fuerza, como si hubiera corrido un maratón.

—Lo quise, sí —confieso al fin, el corazón golpeándome—. O creí que lo hacía.

Tacker aprieta los labios, y noto cómo sus dedos se cierran en un puño sobre sus rodillas. Pero no se aparta. No me suelta de esa tensión invisible que se estira entre nosotros.

—¿Y ahora? —pregunta, su voz apenas audible.

Me muerdo el labio. No respondo. No puedo. Hay demasiadas cosas enredadas en mi pecho, demasiados recuerdos que se mezclan con el presente.

Él se inclina un poco más, y puedo sentir su respiración tan cerca de mi rostro que me da vértigo. Mis manos tiemblan, y me obligo a mantenerlas quietas sobre la colcha. El calor sube a mis mejillas, un calor que no tiene nada que ver con la lámpara encendida.

—Tacker… —susurro, apenas un ruego, una advertencia, no sé.

Sus ojos se clavan en los míos, oscuros, intensos, como si buscaran atravesar todas mis defensas.

—Yo nunca quise que te lastimara —dice, su voz rota de una manera que nunca le había escuchado antes.

Ese "yo nunca" me desarma. Y al mismo tiempo, me devuelve a la adolescencia, a esas noches en que él era solo un chico triste y yo trataba de ser la amiga que lo cuidaba.

Me muevo un poco hacia atrás, nerviosa, no puedo apartar la mirada de él. Todo en mi cuerpo grita que este momento no debería estar pasando, y aun así… lo deseo.

La puerta del cuarto cruje, un recordatorio de que no estamos solos en esta casa. Contengo la respiración, esperando que nadie entre. Nadie lo hace, pero el sonido basta para devolverme a la realidad.

Sigo sin responder a su última pregunta.

Porque la verdad, ahora mismo, tampoco sé la respuesta.

Cuando Tacker se pone de pie, no dice nada más, camina hacia la puerta. Yo me quedo sentada en la cama, mirando cómo su silueta se funde con la penumbra del pasillo cuando se va.

El sonido de la puerta cerrándose es suave, casi discreto, pero dentro de mí retumba como un portazo.

El cuarto se siente más grande y más vacío al mismo tiempo.

Pongo las manos sobre mis rodillas y las aprieto fuerte, tratando de anclarme.

No entiendo nada.

No entiendo por qué me dijo lo que me dijo, por qué me preguntó lo de William, por qué ahora me siento como si el piso se hubiera movido bajo mis pies.

Cierro los ojos y de inmediato me asaltan recuerdos de cuando éramos adolescentes. Tacker sentado en mi escritorio, balanceando una pierna mientras hacía comentarios sarcásticos sobre mis posters pegados en la pared. El olor a pintura todavía fresco de los murales que yo intentaba hacer, mezclado con el aroma de la colonia barata que él usaba. La forma en que se dejaba caer en el suelo de mi cuarto sin pedir permiso, como si el espacio siempre hubiera sido también suyo.

Recuerdo noches enteras hablando a media voz, cuando la casa estaba en silencio y yo sentía que éramos cómplices de algo que nadie más podía entender.

Recuerdo la primera vez que se quedó dormido con la cabeza apoyada en mi hombro, y cómo mi corazón latía tan rápido que pensé que iba a despertarlo.

Recuerdo la forma en que me sonrió, cansado pero genuino, como si yo fuera lo único seguro en un mundo que siempre le fallaba.

Abro los ojos de golpe, con un nudo en la garganta.

¿Qué estoy haciendo? No puedo dejar que esos recuerdos me arrastren otra vez.

Y sin embargo, ya lo hicieron.




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