TACKER
16 AÑOS
Toco la puerta de la casa de Brandy con los nudillos, una, dos veces.
No quiero sonar desesperado, pero mis manos tiemblan un poco. Mis ojos están rojos, no porque esté llorando ahora, sino porque ya lo hice hace rato, en la calle, escondido. El aire frío me corta la piel, y cada segundo de espera se siente como si me fueran a dejar afuera.
La puerta se abre y Brandy aparece. Su expresión cambia apenas me ve, como si algo en mi cara le dijera todo sin que yo tuviera que pronunciar palabra.
No pregunto si sus padres están, ya sé que no. Ellos habían salido a una fiesta de la oficina y probablemente regresarían tarde.
— ¿Qué pasó? —me dice en voz baja, como si temiera asustarme si sube el tono.
—Peleé con mi mamá —respondo, con la garganta áspera.
La palabra “mamá” me arde. Siento que no debería decir nada más, pero al mismo tiempo quiero que alguien escuche.
Ella da un paso hacia un lado y me deja entrar.
Camino hasta su cuarto en silencio y mis tenis hacen un sonido apagado sobre el piso.
Cuando llegamos, ella cierra la puerta con suavidad y me mira, esperando.
Yo no sé por dónde empezar. Me dejo caer en la orilla de su cama, con los hombros hundidos y la mirada fija en el suelo.
—Discutimos otra vez —digo, lento—. Siempre es lo mismo. Dice que no le importa lo que haga… que no sirvo de nada.
Brandy se sienta a mi lado, sin tocarme. Esa distancia es rara, porque puedo sentir el calor de su cuerpo cerca.
—Eso no es verdad —susurra—. Tú lo sabes.
—No sé nada. —Me froto la cara con las manos, como si pudiera borrar la sensación pegajosa que me dejaron las palabras de mi mamá. El nudo en mi pecho crece, pero no quiero quebrarme aquí.
Ella se mueve, acomoda una pierna sobre la cama, y me mira de reojo.
— ¿Quieres contarme qué pasó? —pregunta, con esa voz suave que siempre usa cuando estoy mal.
Aprieto las manos. Mi mente repite los gritos de hace unas horas. Recuerdo los golpes secos de una puerta cerrándose, las frases que se clavan como cuchillos.
—Dijo que me parezco a mi papá. —La frase me sale casi como un suspiro.
Brandy no dice nada de inmediato. Baja la mirada, como si estuviera buscando las palabras correctas.
—Eso no tiene por qué ser malo.
Suelto una risa amarga. —Para ella sí lo es.
Me quedo quieto, sintiendo que la cama me sostiene apenas. Brandy se inclina un poco hacia mí, todavía sin tocarme, pero lo suficientemente cerca como para que su presencia sea un ancla.
—Puedes quedarte aquí si quieres —me dice al fin.
La miro, sorprendido. — ¿En serio?
—Claro. No quiero que regreses a tu casa así.
Algo dentro de mí se suelta, una tensión que había estado acumulando todo el día.
No digo “gracias”, porque siento que no alcanza, pero mis ojos lo dicen por mí.
Me acuesto de lado sobre la cama, todavía vestido, con la espalda contra la pared. Brandy se acomoda frente a mí, sin acercarse demasiado.
Hay una torpeza en la forma en que ambos evitamos mirarnos fijo.
Es como si los dos supiéramos que no hace falta hablar más. La luz tenue de la lámpara ilumina su rostro, y por primera vez en toda la noche, mi respiración empieza a calmarse.
Cierro los ojos, y aunque sigo con el pecho apretado, la sensación de estar en este cuarto hace que la oscuridad sea menos dura.
Pienso que tal vez no necesito nada más que esto: alguien que me deje quedarme, alguien que me dé un lugar donde existir sin sentirme un error.
La lámpara queda apagada y el cuarto se hunde en una penumbra tranquila. La respiración de Brandy es lenta, rítmica, y por un momento pienso que ya se quedó dormida.
Yo no puedo.
El colchón bajo mi cuerpo parece demasiado blando, demasiado ajeno. Mis pensamientos van y vienen, rebotando contra la misma idea, contra las mismas voces que me persiguen.
— ¿Sigues despierto? —su voz flota en la oscuridad, baja, como si tuviera miedo de romper algo invisible.
—Sí. —Mi respuesta es seca, apenas un murmullo.
Ella se mueve un poco, la sábana se arruga entre los dos. No sé si estira la mano, pero siento la intención.
— ¿Estás pensando en tu mamá?
Me muerdo el labio. Podría decir que sí, y dejarlo ahí. Pero hay algo en la forma en que me lo pregunta que me aprieta el pecho. Respiro hondo, el aire se siente pesado.
—No solo en ella.
Silencio. El tipo de silencio que empuja, que pide más.
Trago saliva y cierro los ojos. —Brandy… —empiezo, pero la voz se me corta. La repito, más bajo—: Brandy.
—Estoy aquí —responde, y esas dos palabras me sostienen de una manera que no sé explicar.
Siento el calor subiendo a mis mejillas, aunque no me ve. No sé por qué lo digo, no sé por qué justo ahora, pero lo necesito fuera de mí.
—Mi papá… —hago una pausa, como si la palabra se atragantara—. Se quitó la vida.
Escucho cómo ella inhala, un pequeño sonido que se le escapa. No dice nada de inmediato. La cama cruje apenas, como si se hubiera movido un poco hacia mí.
—Tacker… —su voz es tan suave que casi no parece real—. Yo… yo no lo sabía.
—Nadie lo dice. —Aprieto los puños contra la sábana, como si me dieran fuerza—. Mamá siempre lo escondió. Lo único que dice es que me parezco a él. Y cada vez que lo dice… es como si me empujara hacia el mismo lugar en el que él estuvo.
La garganta me arde. Por un momento creo que voy a romperme de nuevo.
— ¿Por qué nunca me lo contaste? —pregunta despacio, como si temiera que me cierre.
—Porque si lo decía en voz alta, entonces era de verdad. —Las palabras salen con dificultad—. Y porque tenía miedo de que me miraras distinto.
La penumbra se siente más densa. Brandy acerca su mano y la posa sobre la mía, apenas tocándome. Es tan ligera que me pregunto si no lo estoy imaginando.
—Nunca te miraría distinto —susurra.
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Editado: 06.01.2026