Final Alternativo

21

BRANDY

William regresó y alguien lo dejó entrar.

Fui a la clase de Ariana y debido a que mi auto se le pinchó la llanta, tuvimos que caminar. Pero luego Tacker se ofreció en traernos y asi es como terminé dándome cuenta que alguien (seguramente mi madre) dejó pasar a William.

Como una extraña le abro la puerta a Ariana pero no entro, no puedo. Lo veo desde aquí y solo faltan segundos para que él me note.

Volteo hacia Tacker casi sin pensarlo. William está en la sala, su sombra todavía se queda pegada en mis pensamientos. No quiero estar allí, no quiero verlo, no quiero seguir fingiendo que me afecta menos de lo que en verdad me afecta.

—Llévame a otro lugar —digo, y mi voz me suena más suplicante de lo que pretendía.

Tacker me mira, inclina apenas la cabeza, y no pregunta nada.

Solo asiente. Ese gesto, tan simple, me recuerda a cuando éramos adolescentes y bastaba con que me viera para entender lo que yo no sabía poner en palabras.

El aire frío nos envuelve apenas salimos. Sus pasos suenan firmes sobre el pavimento mojado, y yo camino junto a él sin preguntar hacia dónde vamos. No me atrevo a hablar demasiado; es como si cada palabra tuviera que abrirse camino entre un nudo en la garganta.

Después de unos minutos, doblamos en una calle más iluminada. Las luces navideñas cuelgan de poste en poste, formando un techo brillante sobre nosotros.

El aire huele a canela y chocolate caliente, probablemente de los puestos cercanos. Entonces entiendo hacia dónde me lleva: la plaza del pueblo.

Está llena de decoraciones. El árbol gigante en el centro brilla con luces blancas, y las ramas parecen vibrar en el reflejo de los adornos dorados. Escucho la risa de los niños corriendo, el murmullo de familias, un villancico lejano que alguien toca en un violín desafinado.

Todo se siente demasiado vivo, demasiado cálido, en contraste con la incomodidad que dejé atrás en la casa.

—Pensé que te vendría bien un cambio de aire —dice Tacker, y se acomoda la bufanda.

Sus ojos se iluminan con el reflejo de las luces. Yo asiento, pero en realidad lo que quiero es quedarme mirándolo. Él, que solía ser frío, ahora me ofrece un gesto que parece casi tierno.

Nos acercamos al árbol y nos quedamos en silencio. La gente pasa a nuestro alrededor, pero siento como si estuviéramos aislados dentro de esa burbuja luminosa. El frío me muerde los dedos, y sin darme cuenta los aprieto contra las palmas.

Tacker lo nota. Siempre lo nota. Se quita uno de sus guantes y me lo tiende.
—Toma.

—No hace falta —respondo rápido, más nerviosa que agradecida.

Él sonríe apenas, como si no esperara que aceptara, pero de todas formas insiste y coloca el guante en mi mano. Su piel roza mis dedos por un instante, y ese contacto mínimo me eriza la piel.

Me dan ganas de retroceder, pero también de quedarme quieta para sentirlo un segundo más.

—Eres igual que antes —murmura, y su voz me arrastra a otro tiempo.

Lo miro, confundida. —¿Igual cómo?

—Siempre evitando que alguien te cuide.

Me muerdo el interior de la mejilla. ¿Cómo responder a eso sin exponerme demasiado? Porque tiene razón, siempre la tuvo. Yo lo cuidaba a él, pero nunca supe qué hacer cuando era mi turno de necesitar.

Me descubro mirándole los labios, los ojos, el modo en que su bufanda deja escapar nubes de vapor cada vez que respira. Me esfuerzo por apartar la vista, pero mi cuerpo no coopera.

Él da un paso más cerca.

No tanto como para que la gente note nada, pero lo suficiente para que yo sienta la diferencia: el calor de su presencia contra el frío que me rodea. Sus dedos rozan mi muñeca, apenas, como si midiera hasta dónde puede llegar.

Pienso en lo injusto que fue que se fuera sin despedirse.

En las noches que pasé imaginando dónde estaría.

Y a la vez, aquí está, con esa mirada que siempre supe reconocer, como si nunca se hubiera ido.

Respiro hondo y trato de no dejar que la emoción me quiebre. Pero es tarde: ya se me han tensado los hombros, ya siento el corazón golpeando demasiado fuerte.

Él rompe el silencio primero. Su voz suena baja, casi como si le pesara decirlo: —Ojalá nunca me hubiera ido.

Mis labios se mueven antes de que pueda detenerlos. —Yo también.

Seguimos caminando entre la multitud, aunque no parece que haya mucha gente. No porque la plaza esté vacía, todo lo contrario, está llena de voces, niños corriendo con gorros rojos, parejas que se detienen a sacarse fotos frente al árbol, sino porque Tacker a mi lado ocupa todo mi espacio mental.

Las luces cambian de color y pintan el suelo con destellos azules y verdes. El aire huele a palomitas dulces, a chocolate recién derretido. Una ráfaga de viento me sacude el cabello sobre la cara y Tacker, sin decir nada, levanta la mano y aparta un mechón que se me queda pegado en los labios.

Su toque es breve, cuidadoso, pero suficiente para dejarme el corazón enredado.

—Mira —me señala hacia un puesto donde venden figuritas de madera. Un hombre tallando renos en miniatura con un cuchillo pequeño, con las manos llenas de astillas.

—Siempre me parecieron mágicos estos detalles —dice Tacker, inclinándose un poco para observarlos mejor—. Como si alguien pudiera atrapar la Navidad en algo tan simple.

Yo lo miro de reojo.

Antes no hablaba así. Antes, cuando tenía trece o catorce, apenas articulaba lo necesario y su voz era una muralla. Ahora parece encontrar belleza en todo, y me pregunto en qué momento aprendió a verla.

—¿Recuerdas cuando intentaste tallar algo en el taller de arte de la escuela? —le digo, con una sonrisa.

Él suelta una carcajada suave.

—¿Cómo olvidarlo? Me quedó un bloque deforme que tú decías que parecía un dragón.

—Parecía… un zapato, Tacker. —No puedo evitar reír.

La risa nos aligera. Y me sorprende lo natural que se siente, como si hubiéramos quedado de vernos cada tarde todos estos años.




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