Final Alternativo

22

BRANDY

Camino al lado de Tacker y siento que el ruido se amortigua, como si el mundo se disolviera para dejar solo nuestros pasos sobre las piedras húmedas.

Hay algo en cómo él camina, con las manos en los bolsillos, los hombros ligeramente encorvados por el abrigo, que me lleva directo a los años en que solíamos escaparnos del colegio para dibujar en el parque detrás del gimnasio.

Entonces también era invierno, y él siempre parecía tener frío, aunque nunca lo admitía.

Ahora me mira con una sonrisa medio tímida cuando pasamos junto a un puesto de velas aromáticas. — ¿Adivinas a qué huele esta? —pregunta, acercando una de color crema a mi nariz.

—A vainilla y... algo más. ¿Canela?

—Casi —dice, fingiendo misterio—. A vainilla y naranja.

—Es un olor raro.

—Por eso me gusta. —Su mirada se cruza con la mía apenas un segundo antes de apartarla.

Me río suavemente y siento cómo una oleada tibia me sube al pecho. No debería ser tan fácil volver a esto. Pero lo es.

Caminamos entre los puestos hasta llegar al final del bazar, donde una pequeña feria improvisada ocupa el centro de la plaza.

Hay una rueda de la fortuna de metal pintado de rojo, un carrusel antiguo que gira al ritmo de una melodía de caja musical y un juego de tiro al blanco donde los niños se disputan peluches enormes. Todo parece salido de otra época, una en la que las cosas eran más simples.

— ¿Quieres subir? —me pregunta Tacker, señalando la rueda.

— ¿A eso? ¿Estás loco? No me subo a una desde los quince.

—Perfecto, entonces ya va siendo hora. —Sonríe con ese aire tranquilo que me irrita y me atrae al mismo tiempo.

No me da tiempo de protestar. En un parpadeo ya está comprando los boletos y, cuando me tiende uno, siento que mi cuerpo responde antes que mi cabeza.

Subimos. El asiento es estrecho, metálico, frío al tacto. Las luces de la estructura parpadean a nuestro alrededor como luciérnagas. Mientras el operador cierra la barra de seguridad, mis manos buscan algo a lo que aferrarse y terminan rozando las suyas.

Un contacto breve, pero lo suficiente para que el aire parezca más denso.

—Relájate, no se va a caer —dice.

—No me da miedo caerme. —No sé por qué lo digo, ni por qué siento que no estoy hablando de la rueda.

La estructura se sacude y empieza a subir lentamente. La plaza se encoge bajo nosotros, los sonidos se apagan, y el viento se vuelve una caricia fría en la cara. Puedo oler el metal oxidado, el perfume tenue de Tacker, y el aroma dulce del algodón de azúcar que sube desde abajo.

Nos quedamos en silencio unos segundos. La vista desde arriba es hermosa: un mar de luces, las casas con tejados blancos por la escarcha, el árbol central brillando como si respirara.

—Siempre quise ver la ciudad desde aquí —dice él, mirando hacia abajo—. Cuando éramos chicos, te habría dado miedo.

—Probablemente. —Sonrío, aunque siento un nudo en el pecho—. Pero me habrías convencido igual.

—Sí… —susurra—. Siempre te convencía.

La rueda se detiene en lo alto.

El movimiento cesa, y de pronto el silencio es absoluto. Solo escucho el viento, el leve chasquido de las luces, el crujido del asiento. Me vuelvo hacia él.

Su perfil está recortado por el resplandor de las bombillas, y por un instante me parece el mismo chico que se sentaba conmigo bajo los árboles, dibujando sin hablar.

Quiero decir algo, pero las palabras se me atoran en la garganta.

—Tacker… —empiezo.

Él gira la cabeza hacia mí, y por un segundo se nos cruzan las respiraciones.

—Sí —responde, casi en un suspiro.

No llego a continuar. La rueda empieza a moverse de nuevo y ambos bajamos la mirada, como si ese pequeño temblor entre nosotros no hubiera ocurrido. Pero lo hizo. Lo siento todavía, latiendo en los dedos que no suelto del borde metálico.

Cuando la atracción se detiene y bajamos, ninguno habla. Caminamos un rato en silencio, hasta que él rompe la quietud.

—Te reíste como antes —dice, sin mirarme.

— ¿Como antes?

—Sí. Como cuando nada era complicado.

Me quedo pensando en eso mientras avanzamos, siento que vuelve todo: los años perdidos, las palabras no dichas, las segundas oportunidades que juro que no creo… y sin embargo, aquí estoy, deseando que me las pida.

El asiento de la rueda se balancea apenas cuando subimos. El metal está frío, como si quisiera recordarme que la noche es de diciembre y no de promesas. Tacker se sienta frente a mí, pero la cabina es tan pequeña que nuestras rodillas casi se rozan.

La luz de las guirnaldas se filtra por los barrotes y pinta su cara con tonos dorados y rojos.

No hablamos mientras el operador asegura la puerta. Solo hay un silencio que se estira, como si tuviera memoria propia.

Cuando la rueda empieza a moverse, Tacker respira hondo, y yo lo imito sin querer. El aire está helado, pero hay algo cálido en la forma en que él me mira: con calma, con ese tipo de paciencia que no tenía cuando éramos adolescentes.

Me río, aunque el sonido se atora un poco en la garganta. La cabina sube, y cuando quedamos arriba, todo el pueblo se ve envuelto en luces diminutas, como si alguien hubiera tirado estrellas sobre los tejados. Es hermoso. Y también duele.

—Siempre odié las alturas —admito.

—No lo parece.

—Estoy fingiendo bien.

—Eso también lo hacías antes.

No sé si lo dice por broma o si hay algo más ahí, una observación que atraviesa los años. Miro hacia abajo, donde la música de un villancico se mezcla con risas y el sonido metálico de los juegos. Tacker se inclina un poco hacia adelante, y el movimiento hace que nuestras rodillas choquen esta vez sí, inevitablemente.

No se aparta.

Yo tampoco.

—Brandy… —su voz se quiebra un poco—. ¿Alguna vez pensaste en buscarme?

—Lo hice. Pero no sabía por dónde empezar. Y, si te soy sincera, tenía miedo.




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