BRANDY
Tacker se detiene a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo.
No dice nada, pero su hombro roza el mío. Es un roce tan leve que podría pasar desapercibido, aunque siento cómo mi cuerpo reacciona igual: la piel se me eriza, el corazón se me desacomoda.
— ¿Quieres subirte a otro juego? —pregunta, mirando hacia la derecha.
Sigo su mirada. Un carrusel gira despacio, con caballos pintados y luces cálidas que hacen parecer que el tiempo se detuvo ahí.
—Eso es para niños —digo, aunque sonrío.
—Entonces es perfecto para ti.
Ruedo los ojos, pero su tono me saca una risa pequeña. Caminamos hacia el carrusel, esquivando gente y sombras. El suelo brilla con restos de lluvia vieja, y el aire se siente más fresco ahora. Cuando subimos, él elige un caballo azul con crines plateadas, y yo uno justo al lado, de color crema.
El carrusel comienza a girar lentamente.
Las luces reflejan destellos dorados en su rostro, y por un momento me parece que lo estoy viendo como aquella primera vez: el chico serio, los ojos llenos de cosas que no decía. Pero ahora hay una suavidad nueva en su expresión, una calidez que me desarma.
—No puedo creer que me convenciste —murmuro.
—No fue tan difícil. Siempre decías que odiabas quedarte fuera de las cosas que dan miedo.
—Eso lo inventas.
—No, lo dijiste cuando teníamos quince años y nos metimos al bosque del viejo Marlow.
Me río. El recuerdo no está en palabras, sino en la sensación de correr con miedo y risa al mismo tiempo.
—Supongo que sigo igual de tonta.
—O igual de valiente.
El carrusel da otra vuelta. Un niño pasa corriendo con una manzana cubierta de caramelo, y el olor dulce me golpea de pronto.
Tacker estira la mano, y por un segundo pienso que va a tocarme pero solo acomoda una hebra de mi bufanda que se había soltado. Lo hace sin mirarme directamente, como si ese pequeño gesto fuera demasiado íntimo para sostener la mirada.
Mi pecho se tensa. Hay algo en ese movimiento que se siente más fuerte que cualquier palabra.
— ¿Sabes? —Dice de pronto, con voz baja—. Te imaginaba distinta.
— ¿Distinta cómo?
—Más… cerrada, quizá.
—Y tú —respondo, tragando saliva— te imaginaba igual.
Él suelta una risa suave. —Eso suena a insulto.
—No lo es. Solo que, incluso cuando cambiaste, sigues teniendo esa forma rara de mirar las cosas.
Tacker baja la mirada. El carrusel sigue girando, y por un instante todo alrededor se vuelve borroso. Solo están su respiración, el vaivén del juego, y mi corazón latiendo como si tuviera prisa.
El viento levanta un mechón de mi cabello, y él lo atrapa con la mano. Lo enrolla despacio en sus dedos antes de soltarlo, sin dejar de mirarme. Siento un nudo en el estómago, una mezcla de nostalgia y miedo.
—A veces pienso —dice, casi susurrando— que nos faltó tiempo.
No sé qué responder. Las palabras se quedan atascadas, flotando entre nosotros. Miro el suelo que sube y baja al ritmo del carrusel.
—No era tiempo lo que faltaba —digo por fin—. Era valor.
Él me mira largo rato, sin hablar. Y en ese silencio, el aire parece llenarse de algo que ninguno de los dos se atreve a nombrar.
Cuando el carrusel se detiene, no bajamos enseguida. Solo nos quedamos ahí, mirando las luces reflejadas en los caballos pintados, como si esa quietud fuera un refugio.
~
Las luces del lugar parpadean con ese tono anaranjado que hace que todo parezca más cálido, como si el aire se volviera espeso de música.
Hay una banda tocando en vivo en una esquina del bar: una chica canta con los ojos cerrados, y su voz suena áspera, como si arrastrara algo que duele.
Tacker me mira y sonríe. — ¿Bailamos? —pregunta, alzando la voz para vencer el ruido.
—No bailo —respondo, aunque no es del todo cierto. Solo que no quiero hacerlo con alguien que todavía me revuelve tanto por dentro.
Pero él no se da por vencido.
Da un paso hacia mí y me tiende la mano, la palma abierta, esperando. —Vamos, Brandy. Es solo una canción.
Dudo. Miro su mano, las luces reflejándose en la piel.
Tiene esa mezcla entre descuido y ternura que siempre tuvo.
Cuando me doy cuenta, ya estoy acercándome.
Le tomo la mano. Es cálida.
Nos abrimos paso entre la gente. Al principio, solo nos balanceamos un poco, sin ritmo. Yo miro a otro lado, intentando ignorar la sensación de su mano en mi cintura. Pero él se inclina apenas hacia mí, lo suficiente para que su voz roce mi oído.
—Todavía recuerdas cómo moverte —susurra.
Suelto una risa corta, nerviosa. —No digas tonterías.
—No es una tontería —dice, mirándome directo a los ojos.
Y hay algo ahí, en su tono, que me hace olvidar lo que iba a decir.
La canción cambia. El ritmo baja, más lento, más íntimo. La gente alrededor sigue bailando, pero yo solo escucho el tambor de mi propio corazón.
Tacker me atrae un poco más, y nuestras frentes casi se rozan. No me alejo. No quiero hacerlo.
Su respiración choca contra mi mejilla y huele a menta. Todo el ruido del lugar se vuelve un eco lejano.
—Pensé que nunca volverías a hablarme —dice, bajo.
—Yo también lo pensé —respondo.
No nos movemos mucho. Solo un leve balanceo, como si estuviéramos flotando. Mis manos, antes rígidas, terminan en su pecho. Siento los latidos.
—A veces pienso que lo arruinamos todo —susurro, sin saber por qué lo digo.
—No lo arruinamos —responde rápido—. Solo dejamos que pasara demasiado tiempo.
Levanto la vista. Su mirada tiene algo que no sé describir. Es ternura, sí, pero también hay culpa, deseo, cansancio. Todo mezclado.
Quiero decir que no estoy lista, que no puedo volver atrás, que no es tan fácil como fingir que nada cambió.
Pero él me mira de esa forma en que siempre logra callarme.
—Tacker… —digo, apenas un hilo de voz.
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Editado: 06.01.2026