TACKER
Llego a la escuela con la mochila colgando de un hombro y una flor envuelta en papel marrón entre las manos.
No tengo ni idea de por qué me siento tan nervioso. Es solo una flor, no un anillo, ni una carta, ni una declaración. Pero cada paso que doy hacia los casilleros me hace sentir como si cargara una bomba a punto de explotar.
Brandy cumple dieciséis hoy. Lo supe porque lleva semanas hablando de lo mucho que odia que su cumpleaños caiga en martes, “el día más aburrido de la semana”.
Y aun así, sé que en el fondo le importa. Sé que le gusta cuando la gente lo recuerda.
Por eso estoy aquí, con esta flor que robé del jardín de mi madre. Bueno, no la robé exactamente… solo la corté sin permiso.
La veo antes de que ella me vea. Está riendo con un grupo de amigas cerca de la fuente, con el cabello recogido en una trenza que le cae sobre el hombro. Lleva una bufanda color vino, la misma que usaba cuando empezó el otoño, y cada vez que se ríe, inclina la cabeza un poco hacia atrás.
No sé cuándo empecé a notar cosas tan pequeñas.
O cuando empecé a desear ser el motivo de esa risa.
Respiro y camino hacia ella. La flor tiembla un poco entre mis dedos y me insulto por dentro porque no quiero que se note.
—Hola, cumpleañera —digo, tratando de sonar tranquilo.
Ella gira, y por un segundo sus ojos se iluminan como si no esperara verme.
— ¿Tacker? No sabía que te acordarías —responde sonriendo, aunque hay un rubor leve en sus mejillas.
—Claro que me acordé —respondo.
Ella se ríe, y el sonido me suelta un nudo que ni siquiera sabía que tenía en el pecho.
—Bueno ¿Y qué es eso? —pregunta, señalando la flor que intento ocultar torpemente detrás de mi espalda.
Sus ojos brillan con curiosidad, y ya no tengo escapatoria. —Esto… es un regalo —digo, tendiéndosela.
— ¿Una flor? —pregunta, y la toma con cuidado, como si fuera algo importante.
—Sí. Bueno, no es gran cosa. Pero pensé que te gustaría.
Brandy acerca la flor a su nariz y sonríe, como si el olor realmente le agradara.
—Huele a jardín después de la lluvia.
Ella levanta la mirada hacia mí, y por un momento el ruido de la escuela desaparece. Los gritos, las risas, los pasos… todo se disuelve en ese instante.
—Gracias, Tacker. En serio. Nadie me había regalado una flor antes.
Me río, incómodo. — ¿Nadie? Eso no puede ser cierto.
—Es cierto —insiste, sonriendo, y luego baja la voz—. Pero me gusta que seas tú el primero.
Y ahí está. Esa frase.
Esa mirada.
Algo que me deja completamente quieto, como si el aire alrededor se volviera más denso.
Quiero decir algo, cualquier cosa, pero mi lengua parece de piedra.
Así que solo asiento, con una sonrisa torpe que no logra ocultar el calor subiendo por mi cuello.
El timbre suena, rompiendo el momento. Ella guarda la flor dentro de su bolsa con cuidado y empieza a caminar hacia su salón.
Yo voy detrás, sin pensar mucho. — ¿Qué vas a hacer después de clases? —pregunto, tratando de sonar casual.
—Mi mamá va a cocinar pastel —responde—. Y luego, supongo, nada. Tal vez ver una película.
— ¿Y si te acompaño un rato?
— ¿Quieres venir? —pregunta, sorprendida.
—Claro, si no molesto.
Ella sonríe. —Nunca molestas, Tacker.
Mientras la veo alejarse, noto cómo el papel del tallo se ha arrugado en mis manos. La tinta del marcador con el que escribí su nombre se ha corrido un poco por el sudor de mis dedos.
Pero no importa.
La flor ya está en sus manos, y con eso basta.
Camino hacia mi clase con una sonrisa estúpida pegada en la cara.
Intento concentrarme, pero mi mente sigue volviendo a ese momento: su voz suave diciendo “me gusta que seas tú”.
No sé exactamente qué significa, pero sé cómo se siente.
Y por primera vez, empiezo a sospechar que esto que hay entre nosotros podría ser algo más que amistad.
Después del pastel, la casa de los padres de Brandy huele a vainilla y azúcar quemada. Su mamá insiste en servirme otra rebanada, y aunque digo que no, igual la deja frente a mí.
Brandy se ríe en silencio desde el otro lado de la mesa, con el tenedor entre los dedos, y yo no puedo evitar devolverle la sonrisa.
Me siento torpe, fuera de lugar pero por alguna razón, cómodo.
Su papá habla de fútbol, su mamá pregunta por mis clases, y yo respondo lo justo. Siempre he sido bueno fingiendo que estoy bien. Pero con Brandy ahí, al lado, la máscara se siente más liviana.
Cuando termina de recoger los platos, me levanto para ayudarle. —No tienes que hacerlo —me dice, sosteniendo una pila de vasos.
—No quiero que me corran por mala educación —respondo, intentando sonar gracioso.
Ella se ríe bajito. —Mis papás no corren a nadie.
Mientras lavamos, el agua tibia me relaja las manos. Hay un silencio cómodo, con el sonido de los platos chocando y el olor a jabón flotando en el aire. A veces pienso que eso, los momentos pequeños, son lo que me mantiene cuerdo.
Cuando terminamos, la miro y, sin planearlo, digo: — ¿Quieres salir?
Brandy frunce el ceño. — ¿A dónde?
—A la feria. Vi que la montaron cerca del parque central.
— ¿Ahora?
—Sí. Es tu cumpleaños. Y todavía no hiciste nada realmente divertido.
Ella se cruza de brazos, fingiendo dudar. —No tengo ropa para eso.
—Ponte ese vestido azul —respondo sin pensar.
Ella parpadea, sorprendida. — ¿Qué vestido azul?
—El que usaste en la obra del año pasado, cuando interpretaste a… no sé, una princesa o algo así.
Brandy se ríe. —No puedo creer que recuerdes eso.
—No puedo creer que sigas dudando —respondo, sonriendo.
Y ahí está de nuevo, esa sensación que no sé cómo describir. Algo parecido a la esperanza.
Veinte minutos después, salimos al aire frío de la tarde. Ella lleva el vestido azul, el mismo que recordaba, con una chaqueta gris encima. El viento le despeina un poco el cabello, y mientras caminamos, me doy cuenta de que sonrío demasiado fácil cuando está cerca.
#6487 en Novela romántica
#1654 en Chick lit
navidad romance amistad, romance juvenil dolor, segundas oportunidades drama
Editado: 06.01.2026