Final Alternativo

25

BRANDY

Todavía siento su boca en la mía, ese beso que me dejó el corazón temblando y las manos inútiles.

Caminamos sin hablar, solo escuchando el crujido de la nieve bajo nuestros zapatos, el viento silbando entre los árboles y las luces navideñas que titilan como si supieran lo que acaba de pasar.

Cuando llegamos a su apartamento, Tacker enciende una lámpara pequeña. La luz es cálida, dorada, hay lienzos apilados contra una pared, pinceles secos en un frasco, y una bufanda tirada sobre el sofá.

Todo es tan… él. Tan desordenadamente sereno.

—Puedes sentarte —dice, con esa voz baja que siempre parece contener algo—. No suelo tener visitas.

—Ya lo noto —respondo, intentando sonar ligera, pero mi voz tiembla un poco.

Me quito el abrigo y lo dejo en el respaldo de una silla. Él hace lo mismo, sin mirarme todavía.

Hay algo raro en cómo se mueve, más lento, más cuidadoso. Me pregunto si también le cuesta respirar como a mí, si siente el mismo nudo extraño en el pecho, ese que no sé si es felicidad o miedo.

Camina hacia la cocina y saca dos tazas.—¿Café?

—Solo si prometes que no será como el de hace años —digo, y sonrío, recordando el desastre que fue su intento anterior.

Tacker suelta una risa suave, casi tímida. —He mejorado. O eso espero.

Lo observo mientras prepara las tazas. El sonido del agua caliente llenando la cafetera, el golpeteo de la cuchara contra la porcelana. Su espalda se tensa bajo la camisa, y por un segundo me pierdo viéndolo, pensando en todo lo que cambió, en todo lo que sigue igual.

Cuando me tiende la taza, sus dedos rozan los míos. Apenas un segundo, pero lo suficiente para que me arda la piel.

Nos sentamos en el suelo, frente al sofá, con la mesa baja entre nosotros. Las luces del árbol en la esquina parpadean. —¿Sigues pintando todos los días? —pregunto.

—Casi. A veces me cuesta empezar, pero… es lo único que me calma.

—Antes decías que no servía para nada.

—Antes no tenía a nadie que me dijera lo contrario —contesta, y me mira directamente.

El corazón se me desordena. Siento el calor subir por mi cuello, el impulso de reír o llorar o decirle que deje de mirarme así. —Tacker…

—¿Qué? —susurra.

—Esto es raro, ¿no? —me río un poco, bajando la vista—. Tú y yo. Aquí. Después de todo.

Él se inclina un poco, apoya los codos en las rodillas. —Sí. Pero lo raro no siempre es malo.

Afuera, una sirena lejana se mezcla con el zumbido del calentador. Puedo oír mi propia respiración, y la suya.

—Brandy —dice, y mi nombre suena distinto en su boca—.

Levanto la vista. —¿Qué pasa?

—Cuando te vi hoy… pensé que era un error quedarme tanto tiempo lejos.

—Lo fue —digo sin pensar, y me sorprendo de mi propia voz.

Él sonríe, apenas. —Tal vez sí.

No sé quién se acerca primero. Solo sé que cuando me doy cuenta, su rodilla toca la mía y su mano descansa en mi mejilla. La yema de sus dedos está fría, pero el toque es tan suave que me deja sin aire.

—Sigues oliendo igual —murmura.

—Y tú sigues sabiendo cómo decir cosas que no se olvidan.

Él se ríe, bajo, ronco. —No sé si eso es bueno.

—Depende. —Me acerco un poco más—. ¿Piensas seguir desapareciendo?

Su mirada baja hacia mi boca, y siento el peso de su silencio antes del beso. Es más lento esta vez, más consciente. Como si los dos quisiéramos memorizar el momento, por si acaso se acaba mañana.

Sus labios se mueven con una mezcla de cuidado y necesidad. Cuando nos separamos, sus frentes quedan pegadas.

—Esto no estaba en mis planes —susurra.

—Ni en los míos.

—Entonces quizás sea lo que más vale la pena.

Me río, nerviosa. Pero no aparto la vista. No puedo. Todo en mí quiere quedarse ahí, en ese pequeño apartamento que huele a hogar, aunque sepa que los dos seguimos rotos de formas distintas.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me da miedo sentirlo.

Él enciende una lámpara baja, y la luz cálida convierte el lugar en una burbuja fuera del invierno.

—¿Siempre está así tu sala? —pregunto, mirando el caos amable de su espacio—. Es como si un artista viviera aquí.

Tacker suelta una risa breve. —Tal vez porque uno vive aquí.

—Ah, sí, ese pequeño detalle.

Se queda en silencio unos segundos, y luego murmura: —No esperaba que quisieras venir de nuevo, la vez pasada… pensé que seria la ultima.

—Yo tampoco. —Lo miro de frente—. Pero… necesitaba aire. Y contigo, no tengo que fingir nada.

Él me observa. No responde, solo inclina un poco la cabeza, como si procesara mis palabras antes de decidir qué hacer con ellas. Es el mismo gesto que tenía cuando éramos adolescentes, cuando trataba de no mostrar que algo lo conmovía.

—Supongo que eso no ha cambiado —dice, al final—. Lo de no tener que fingir. Contigo siempre fue fácil.

—Fácil —repito, sonriendo—. No recuerdo que nada fuera fácil contigo.

Tacker se ríe apenas, sin mirar del todo. —Touché.

—A veces pienso que nada de esto debió pasar así —dice sin mirarme.

—¿Qué cosa?

—Perder tanto tiempo. Dejar que las cosas se rompieran. —Su voz es baja, como si no hablara conmigo, sino con la versión más joven de sí mismo.

Mi pecho se aprieta. Hay tantas palabras que se quedaron atrapadas entre nosotros, enterradas bajo años de silencio.

—No eras el único que se rompía, Tacker. —Mi voz sale más suave de lo que esperaba—. Solo que tú nunca me dejaste estar ahí.

Él me mira. Y por un instante, la distancia entre los dos parece casi tangible. —Tenía miedo.

—¿De qué?

—De arrastrarte conmigo.

No sé qué decir. Lo que más duele es que, incluso ahora, se le nota que todavía lo siente. Esa culpa, esa forma de cuidarme de más.

—No podías decidir por mí —respondo—. Yo elegí quedarme.

Él sonríe, triste. —Y aun así te hice daño.

—Todos lo hicimos. —Me encoge los hombros—. Supongo que crecer también es eso. Aprender a vivir con las grietas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.