TACKER
17 años
La calefacción apenas logra templar el aire y el reloj de la cocina marca las cinco con un tic-tac que parece burlarse de mí.
No he dormido.
No suelo hacerlo cuando llega este día.
La foto en la repisa me observa: mi padre, con esa sonrisa que nunca aprendí a imitar, sosteniéndome sobre sus hombros. Tenía seis años, y aún creía que el mundo era un lugar seguro.
A veces pienso que si cierro los ojos lo suficiente, puedo volver a ese instante.
Pero no, solo queda el eco.
—¿Otra vez despierto desde antes del amanecer? —La voz de mi madre suena detrás de mí, seca, como una hoja muerta.
—No podía dormir —respondo, sin mirarla.
Ella se acerca, se sirve café y se apoya en el marco de la puerta. Huele a perfume caro y cigarrillos, como siempre.
—Tu padre tampoco dormía mucho —dice, con ese tono que mezcla nostalgia con reproche.
—Sí, bueno, al final eso tampoco le sirvió de mucho —contesto, antes de poder detenerme.
El golpe de su mirada es inmediato. —No hables así de él.
Respiro.—No hablo mal, mamá. Solo… digo la verdad.
Ella aprieta los labios y da un sorbo a su café. —La verdad, según tú, siempre suena como un ataque.
—Porque tú solo sabes escuchar cuando alguien miente.
Ella me observa largo rato, con ese gesto que usaba cuando era niño, cuando trataba de hacerme sentir pequeño.
—No entiendo por qué sigues tan enojado —dice al fin—. Ya pasaron años, Tacker.
Sus palabras me encienden por dentro. —Porque tú finges que no pasó nada —le digo—. Como si un día se hubiera ido de viaje y no se hubiera quitado la vida.
Ella deja la taza con un golpe seco sobre la mesa. —¡Basta! —exclama, con la voz quebrada—. No tienes idea de lo que fue vivir con él, de lo que era ver cómo se apagaba un poco más cada día.
—Y sin embargo, aquí estamos —digo—. Los dos haciendo exactamente lo mismo. Fingiendo.
Mi madre me mira, pero sus ojos no tienen lágrimas. Nunca las tienen.
—Tú siempre fuiste como él —dice con una calma helada—. Demasiado sensible para un mundo así.
—Y tú siempre fuiste como tú —respondo—. Demasiado fría para amar a alguien.
Ella gira y sale de la cocina sin decir nada más. La puerta del pasillo se cierra con un golpe que retumba en el pecho.
Me quedo solo con el zumbido del refrigerador.
Mis manos tiemblan, no de ira, sino de ese vacío que llega después.
Siempre pensé que el dolor era algo que se enfrentaba una vez y luego se marchaba, pero no. Es un huésped que se acomoda, que aprende tu rutina.
Camino hacia la ventana. Afuera, el cielo está gris, pesado. El mismo color que tenía el día del funeral.
Recuerdo el olor a tierra húmeda, el murmullo de voces que no conocía, y la sensación absurda de estar en una película que no quería protagonizar.
Y mientras todos hablaban de “descansar en paz”, yo solo pensaba en cuánto ruido podía hacer el silencio.
Mi reflejo en el vidrio parece el de otra persona: los ojos, la mandíbula tensa. Pienso en cómo sería desaparecer sin hacer ruido, sin causar desastres.
No morir, tal vez solo irme.
Irme a un lugar donde el invierno no duela tanto, donde nadie recuerde lo que perdiste.
Cierro los ojos.
La imagen de mi padre aparece nítida, casi cruel. Su voz, grave, serena: “No todo lo que duele se arregla, hijo. A veces solo se aprende a cargarlo.”
Pero yo no quiero cargarlo.
Suelto el aire con dificultad.
Mi mente busca algo a lo que aferrarse.
Brandy.
El recuerdo de su risa, la manera en que su luz entraba incluso en mis días más opacos. En ese entonces, cuando el mundo empezaba a caerse, ella era el único sitio donde no dolía respirar.
Me siento en el suelo, la espalda contra la pared. Afuera, la nieve empieza a caer. La miro, deseando por un momento que pudiera cubrirlo todo, incluso esto.
Pero no lo hace.
La nieve solo cae, hermosa y ajena, como si el mundo no supiera que hoy se cumple otro año desde que mi padre decidió irse.
Y yo me quedo aquí, tratando de no seguirlo, buscando una razón para quedarme.
Tal vez esa razón tenga nombre y ojos que aún me recuerdan.
El cielo sigue cubierto cuando llego a la escuela.
Camino con la cabeza baja, el gorro cubriéndome casi los ojos. No hablo con nadie.
No quiero hacerlo.
Los pasillos son un ruido constante: risas, mochilas golpeando, pasos rápidos. Todo parece moverse demasiado rápido, como si el mundo tuviera prisa y yo fuera el único que camina en cámara lenta.
Brandy me alcanza en la entrada, con su bufanda de lana y esa sonrisa que, incluso cuando no intenta, ilumina algo dentro de mí.
—Hola —dice, tocándome el brazo—. ¿Estás bien?
Asiento. No lo estoy, pero ella no merece el peso de mi verdad. —Solo cansado.
—¿Cansado o triste? —insiste.
Levanto la vista. Sus ojos son suaves, atentos. —¿No pueden ser las dos? —respondo.
Ella sonríe, aunque no parece convencida. —Ven. Al menos acompáñame a primera clase. Prometo no hablar mucho.
Camino junto a ella en silencio. Su presencia es… incómodamente reconfortante.
Las horas pasan como un ruido de fondo. Los profesores repiten cosas que no escucho. Las hojas se llenan de palabras que no leo. Solo pienso en cómo el cuerpo puede estar presente mientras la mente está en otra parte.
Cuando la última campana suena, salimos al pasillo. La gente corre hacia la salida; nosotros quedamos atrás, frente a los casilleros. El sonido de los portazos y las voces se desvanece poco a poco.
Brandy se apoya en su casillero y me observa. —Hoy has estado… más callado de lo normal —dice.
—No tenía mucho que decir.
—Tacker, te conozco. Hay algo.
Respiro hondo. No planeaba hablar, pero hay algo en su tono que me quiebra. —No es nada que puedas arreglar.
—No intento arreglarte —responde, cruzando los brazos—. Solo quiero entenderte.
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Editado: 06.01.2026