Final Alternativo

27

BRANDY

Cuando llego a casa, las luces del porche todavía están encendidas. El aire es más frío que hace una hora; me arde la nariz y las manos, pero no quiero entrar todavía. El camino de grava cruje bajo mis botas y, a unos metros del portón, veo una silueta apoyada en el auto.

William.

El corazón me da un vuelco, uno que no es precisamente agradable.
Tiene las manos en los bolsillos del abrigo, la mirada clavada en el suelo. Cuando levanta la vista y me ve, sonríe apenas, pero esa sonrisa ya no me dice lo que solía. Antes era hogar. Ahora es un recuerdo.

—Brandy —dice, con voz baja—. Pensé que podríamos hablar.

—No creo que haya mucho más que decir, Will. —Aun así, me acerco. Sería cobarde evitarlo.

Su respiración forma nubes pequeñas en el aire. —Te esperé porque… porque no quiero que esto termine así —dice—. No después de todo lo que fuimos.

Aprieto los dedos dentro de los guantes. Mi cuerpo entero está tenso. — ¿Y cómo querías que terminara? —Pregunto, intentando mantener la voz firme—. Fingiendo que nada pasó. Que no me mentiste.

Su mandíbula se contrae. —No fue así. No quería lastimarte.

—Pero lo hiciste. —Y lo digo sin rencor, solo con cansancio—. No puedo seguir intentando reparar algo que ya no encaja.

William da un paso hacia mí. —Podemos intentarlo de nuevo. Puedo cambiar, Brandy.

Siento un nudo en la garganta. —Eso mismo le decía mi papá.

Él me mira, sin entender del todo. — ¿Y qué tiene eso que ver con nosotros?

—Que no quiero pasarme los años repitiendo el ciclo de perdonar algo que no debería haber pasado.

Solo se escucha el viento moviendo las ramas del árbol frente al porche.

—Entonces, ¿es un adiós? —pregunta.

—Es… un final necesario.

William asiente despacio, aunque noto el temblor en su respiración. —Te amé, Brandy.

—Lo sé. —Y por un segundo me permito creer que eso fue verdad.

Él se aleja hacia el auto, la puerta se cierra con un golpe sordo. Las luces rojas de los frenos se reflejan en el camino húmedo antes de desaparecer.

Me quedo ahí, de pie, con el frío mordiéndome los dedos y el silencio haciéndose más pesado a cada segundo. Siento algo parecido al alivio, pero también una tristeza, como si hubiera dejado atrás una parte de mí que ya no regresará.

Cuando entro a la casa, todo está en silencio. Mis padres duermen arriba. La sala está en penumbra, salvo por la luz azul del televisor apagado. Me siento en el sofá y me paso las manos por el rostro.

¿Y si me estoy equivocando? ¿Y si lo correcto era perdonarlo, como mamá perdonó a papá?

Ella sigue ahí, después de todo.

Muerdo el interior de mi mejilla. La idea me duele más de lo que debería.
Quizás tener razón no siempre se siente bien.

Y entonces pienso en Tacker.

En cómo su mirada se suavizó cuando me besó. En el temblor de sus dedos cuando me tocó la mejilla, como si temiera romper algo. En cómo su silencio no es como el de William, sino que se siente… lleno.

Él vive aquí.

En este pueblo detenido en el tiempo, entre el olor a nieve y los cuadros que pinta en su taller. Y yo… yo me iré después de Año Nuevo. Regresaré a la ciudad, a mi vida. A lo que supuestamente debería ser.

Pero la idea ya no me entusiasma.

Me da miedo.

Me levanto y camino hasta la ventana. Afuera, el jardín brilla con una capa fina de escarcha. El mundo parece quieto, en pausa

Me abrazo a mí misma y pienso en Tacker.

En lo que fuimos. En lo que podríamos volver a ser si el tiempo, por una vez, nos diera una segunda oportunidad.

El corazón late con fuerza, recordándome que todavía siento.
Y que, tal vez, lo más aterrador no es haber dejado a William, sino no saber si me estoy quedando o yendo de lo único que alguna vez me hizo sentir que pertenecía.

Los días parecen una secuencia de luces tenues y sonidos apagados, como si el pueblo entero respirara más despacio.

Llevo a Ariana a sus clases de arte cada tarde; siempre se emociona al ver los caballetes alineados, los pinceles en vasos de vidrio, el suelo manchado de color. Se queda hablando con otros niños mientras yo espero afuera, junto a la ventana del taller. Desde allí, a veces, alcanzo a ver a Tacker inclinado sobre un lienzo, la luz dorada del atardecer cayendo sobre su cabello.

Nunca entro.

Hay algo en su forma de moverse, en la calma con la que sostiene el pincel, que me obliga a quedarme un rato más de lo necesario. A veces él levanta la vista, y cuando nuestras miradas se cruzan, algo invisible sucede entre nosotros.

Las tardes terminan igual: Ariana sale con las mejillas sonrosadas, mostrándome su dibujo como si fuera una obra de museo. Caminamos por las calles iluminadas con guirnaldas, y mientras ella habla sin parar, mi cabeza está en otra parte.

En él.

En William.

En todo lo que se queda y lo que se va.

William ha intentado llamarme varias veces desde esa noche. No contesto. A veces leo sus mensajes en silencio, el corazón encogido, preguntándome si hacer lo correcto se siente siempre tan mal.

Romper un compromiso no es algo que una olvide fácilmente, sobre todo cuando parte de ti sigue queriendo creer que el amor puede salvarlo todo.

Pero no quiero volver a ser la mujer que espera que otro cambie. No quiero repetir la historia de mis padres, con perdones eternos que solo desgastan más.

Y sin embargo, cuando lo pienso, me asusta ser la que se rinde.

Mi madre siempre decía que quedarse también es una forma de amar. Pero, ¿y si irse lo es también?

El viento helado me sacude los pensamientos. Ariana camina delante de mí, pisando la escarcha del suelo.

—Tía, ¿vas a venir a la exposición de Navidad? —pregunta.

—Claro, no me la perdería.

Ella sonríe. No lo sabe, pero esa sonrisa me duele un poco. Me recuerda que cada paso que doy hacia el invierno me acerca también al final. Al momento en que volveré a mi vida, al ruido, a las decisiones que no quiero tomar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.