Final Alternativo

29

TACKER

17 años

El autobús escolar olía a plástico húmedo.

Apoyo la frente en el vidrio frío mientras los demás hablan en voz alta, algunos riéndose, otros intercambiando dulces o fotografías desechables. Yo solo escucho el ruido de fondo sin procesar lo que dicen.

Es como si mis oídos filtraran todo lo que no es necesario.

El profesor anuncia que en diez minutos llegaremos al museo de ciencias e historia. Brandy está unos asientos más adelante, con las piernas recogidas como si el asiento fuera más pequeño de lo que realmente es. Habla con una de sus compañeras, pero su mirada se pierde a ratos por la ventana, siguiendo el movimiento de los árboles.

Cuando el autobús se detiene, todos se levantan rápido. Yo espero al final, dejando que el pasillo se vacíe. No tengo prisa. Al bajar, el aire frío me golpea en la cara.

El edificio del museo es grande, de paredes claras y cristales altos. La puerta automática se abre con un sonido suave.

Brandy se gira, como si me hubiera estado esperando. No dice nada, solo camina a mi lado.

—¿Dormiste? —pregunta después de unos segundos.

—Un poco —respondo. Es mentira. No dormí casi nada anoche.

Ella asiente, como si no esperara una respuesta diferente. Caminamos detrás del grupo, entrando a una sala donde hay esqueletos de animales prehistóricos y vitrinas con herramientas antiguas. Todo huele a papel viejo y metal pulido. El sonido de los pasos resuena en el suelo de mármol.

—Parece que tu humor está peor que el clima —dice en voz baja, sin mirarme.

No respondo de inmediato. Me detengo frente a una vitrina con fósiles. Una roca gris con marcas en espiral. Puedo ver mi reflejo difuso en el vidrio.

—Solo estoy cansado —digo.

Brandy se coloca a mi lado, mirando la misma pieza.

—No tienes que decirme lo que realmente es —murmura—. Pero no tienes que mentirme.

Siento un leve tirón en el pecho, como si sus palabras se acomodaran en un lugar que no había sido tocado en días. Me guardo las manos en los bolsillos para no tensarlas demasiado.

—Estoy bien —repito, aunque suena más apagado de lo que pretendía.

Brandy me observa unos segundos, luego se aleja un paso, pero no del todo.

—¿Sabes qué es eso? —pregunta señalando el fósil.

—Un ammonite —respondo sin pensar.

Ella sonríe apenas. —Siempre sabes cosas que nadie del salón sabe.

—No es tan difícil saberlo —digo.

—No es difícil para ti —responde, mirándome de lado.

El grupo avanza hacia otra sala, más amplia, con restos de máquinas antiguas y una sección de historia. Pasamos por una exhibición sobre trenes y luego por una parte dedicada a la medicina del siglo XIX, con frascos de vidrio llenos de líquidos que parecen más decoración que algo útil.

A medida que avanzamos, siento esa familiar presión detrás de los ojos. No exactamente ganas de llorar. Es más una especie de cansancio que no tiene nombre. El tipo de agotamiento que se queda incluso cuando el cuerpo ha descansado.

Brandy camina a mi lado en silencio. La guía habla sobre los avances médicos y cómo antes la gente no sabía exactamente cómo aliviar el dolor. Me quedo quieto. El dolor. Esa palabra se me queda en la garganta.

Brandy me mira. No me toca, no dice nada, pero su expresión cambia. Es mínima, apenas un gesto, como si notara algo que los demás no pueden ver.

—¿Quieres salir un momento? —pregunta, mirando hacia una puerta lateral que lleva a un pequeño balcón del museo, abierto al aire frío.

No respondo, pero empiezo a caminar en esa dirección. Ella me sigue.

Salimos. El aire de afuera es más frío que antes. Respiro profundo, como si mi pecho necesitara espacio. Brandy cruza los brazos, no por frío, sino como un gesto de espera.

—No tienes que hablar —dice—. Solo… estoy aquí.

Me apoyo en la baranda. La calle se ve desde la altura, con autos pequeños y gente caminando con abrigos gruesos. Pienso en lo fácil que sería desaparecer entre ellos. Solo caminar hasta que nada sea reconocible.

—A veces —digo en voz baja— quisiera no sentir nada.

Brandy no se mueve. El silencio que hace después no es incómodo. Es… cuidadoso.

—A veces yo también —murmura.

Me giro para mirarla. Sus manos están entrelazadas frente a ella. La luz gris le da un tono suave al rostro.

No digo nada más. Pero por primera vez en días, respiro sin que duela tanto.

Volvemos a entrar antes de que alguien note que salimos. La guía está distraída mostrando un mapa antiguo del pueblo, explicando cómo se construyeron las primeras líneas del tren. Brandy y yo nos quedamos un poco atrás, justo en la zona donde un pasillo lateral está marcado con una cinta que dice

"NO PASAR – ÁREA EN MANTENIMIENTO".

Ella me mira de reojo. —No deberíamos —dice, muy bajo.

—Desde cuándo te importa lo que se debe o no se debe hacer —respondo, sin pensarlo demasiado.

Brandy me observa con una mezcla de reproche y sonrisa contenida. La cinta está floja, apenas sostenida por dos conos. Empujo uno con el pie y paso. Escucho un suspiro detrás de mí, y luego el sonido de sus pasos siguiéndome.

El pasillo está más oscuro. Las luces no están encendidas del todo y se siente más frío, como si el lugar aún no estuviera listo para recibir a nadie. Hay vitrinas cubiertas con telas y figuras a medio instalar. Todo huele a polvo y metal, a algo detenido en el tiempo.

—Nos van a regañar —murmura ella, aunque ya está de pie a mi lado.

—Entonces será rápido —contesto.

Caminamos sin decir nada durante unos segundos. Escucho el sonido de nuestras pisadas sobre el suelo liso. En algún punto, sin pensarlo demasiado, extiendo la mano hacia ella. Brandy se detiene un segundo, como sorprendida, y luego sus dedos rozan los míos antes de entrelazarse.

Mi mano está fría. La suya, tibia.

No sé qué me pasa, pero todo mi cuerpo se siente alerta, como si algo importante estuviera a punto de suceder. El corazón late más fuerte, no por miedo a que nos descubran, sino por otra cosa que no quiero admitir.




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