2011
El frío del metal contra su palma era lo único que sentía real.
—¿De verdad creíste que podías caminar por el mismo pasillo que yo sin bajar la mirada? —la voz de Madison, a los dieciséis años, sonaba como un látigo.
Estaban en el callejón detrás de la academia privada, un lugar donde el olor a humedad y basura contrastaba con el perfume caro de Madison. Frente a ella, Allison, la chica becada, temblaba con la espalda pegada a los ladrillos. Madison jugaba con la navaja automática, disfrutando de la forma en que la luz se reflejaba en la hoja. Amaba esa sensación: el poder, la autoridad, el saber que un apellido podía asfixiar a cualquiera.
—Eres una muerta de hambre, Allison. Y las personas como tú solo sirven para recordarnos al resto por qué el mundo tiene dueños.
Pero algo salió mal. El miedo de Allison se transformó en un espasmo de pura desesperación. La chica se abalanzó sobre Madison, intentando quitarle el arma en un forcejeo torpe. Madison entró en pánico; su fachada de autoridad se agrietó y, en un movimiento instintivo para quitársela de encima, la hoja se hundió en el abdomen de Allison.
El mundo se detuvo. Madison la empujó con horror, y el cuerpo de Allison voló hacia atrás, golpeando su cabeza contra una piedra afilada en el suelo. El sonido del impacto fue seco, final.
Madison se quedó paralizada, viendo cómo la sangre se mezclaba con el agua sucia del callejón.
Madison despertó de golpe, con el cuerpo empapado en sudor frío y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado.
Se sentó en la cama, frotándose el rostro con las manos. Ya no tenía dieciséis años. Ya no era la chica que creía que el mundo era su patio de recreo. Ahora tenía veintidós, y las manos le temblaban igual que aquel día.
Bajó a la cocina a oscuras, buscando el consuelo del agua fría. El silencio de la casa era pesado, hasta que una voz suave rompió la calma.
—Otra vez ella, ¿verdad?
Madison dio un pequeño salto y se giró. Cassandra estaba apoyada en el marco de la puerta, observándola con esos ojos que parecían leerle el alma. Cassandra sabía todo. Sabía que Allison no murió por la herida, sino porque sus padres, asfixiados por la pobreza, no pudieron costear el soporte vital después de meses en coma.
—Solo fue un sueño, Cass —mintió Madison, apretando el vaso de vidrio.
—No fue un sueño, Mads. Fue una memoria —Cassandra se acercó lentamente, quitándole el vaso antes de que lo rompiera con la fuerza de su agarre—. Sé que te culpas. Pero también sé que odias que el dinero haya sido la solución para todos... menos para ella.
Madison apretó la mandíbula. El recuerdo de su padre, Stephen Russell, hablando por teléfono con el Presidente su viejo amigo que acababa de retomar el poder tras cuatro años la quemaba por dentro. "Ya está solucionado, Madison. No hay cargos. No hay historial. Es como si nunca hubiera pasado", le había dicho él, como si estuviera borrando una mancha de café en un sofá.
—Lo compraron todo, Cass —susurró Madison con una rabia contenida—. Mi libertad, el silencio de la policía, la conciencia de los jueces. Dicen que el dinero lo es todo, y por eso lo odio. Porque Allison murió por falta de billetes, y yo sigo respirando porque a mi padre le sobran.
Cassandra dio un paso al frente, acortando la distancia. No la juzgó. En lugar de eso, puso una mano firme en su hombro, la misma firmeza que mostraba cuando entrenaban combate.
—Tú no eres esa niña de dieciséis años, Madison. Eres la mujer que busca la verdad en los cadáveres porque sabe que los vivos siempre mienten. Pero no dejes que el odio hacia tu padre te ciegue.
Madison se quedo callada, en busca de alguna palabra que no logro salir de su boca, simplemente se giro para tomar aquel vaso de agua.
La mañana del 22 de septiembre de 2016 amaneció con un sol pálido que se filtraba entre los rascacielos de la ciudad, una calma engañosa antes de la tormenta que nadie veía venir.
Madison Russell corría por la acera, esquivando ejecutivos con cafés en la mano y turistas despistados. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, algo descuidada por las prisas, y su bolso de cuero golpeaba rítmicamente contra su cadera. En el bolsillo de su chaqueta, su teléfono vibraba por quinta vez en menos de diez minutos.
[MAMÁ - LLAMADA ENTRANTE]
Madison ni siquiera miró la pantalla. Sabía exactamente lo que Olivia quería: recordarle la cena benéfica del fin de semana, preguntarle por qué no contestaba a las invitaciones del club, o quizás quejarse de que Stephen estaba demasiado sumergido en sus "proyectos especiales". Madison bloqueó el dispositivo con un movimiento seco de su pulgar. El mundo de las apariencias y el dinero de los Russell era lo último que quería procesar después de una noche de pesadillas.
Subió las escaleras del edificio de Ciencias Forenses de un salto y pasó su tarjeta de acceso por el sensor. El aire acondicionado la golpeó, gélido y estéril, un alivio inmediato para su agitación.
—Llegas tarde, Russell —dijo Marcus, un técnico veterano, sin levantar la vista de su tableta mientras caminaban por el pasillo principal.
—Tres minutos, Marcus. El tráfico en la calle 5 está imposible —respondió ella, recuperando el aliento.
—No me des explicaciones a mí, dáselas a los informes de toxicología —él le extendió una carpeta azul—. El caso del Distrito 9. El cuerpo que trajeron anoche de las granjas periféricas. El oficial de guardia dice que es una sobredosis de manual, pero los resultados... no tienen sentido.
Madison frunció el ceño, abriendo la carpeta mientras caminaba hacia su laboratorio. Sus ojos recorrieron las cifras de forma experta.
—¿Niveles de hemoglobina un 15% por encima del rango máximo? —murmuró, deteniéndose en seco—. Eso es biológicamente imposible para un cadáver que lleva seis horas frío. Y mira la densidad ósea... este hombre tiene la estructura de un atleta olímpico, pero el informe dice que era un granjero de setenta años.