Fire In Our Hearts

03: "ENGRANAJES Y CONFIDENCIAS"

Viernes, 25 de septiembre. El reloj de la pared del taller central de "Ingeniería Avanzada Montgomery" marcaba las diez de la mañana, pero para Cassandra, el día había comenzado hacía cuatro horas. El aire estaba saturado de partículas de metal, el olor penetrante del aceite hidráulico y el siseo constante de las soldadoras robóticas. Ella estaba sumergida bajo el chasis de un prototipo de transporte blindado de la Alianza, una de esas máquinas diseñadas para resistir impactos de artillería pesada en las fronteras.

Sus manos, siempre manchadas de grasa y con restos de grafito bajo las uñas, se movían con una precisión quirúrgica que envidiaría cualquier cirujano. Cassandra no solo reparaba máquinas; las entendía. Sentía las vibraciones de los pistones como si fueran latidos de corazón.

—Maldita sea, esta junta no quiere ceder —gruñó para sí misma, haciendo palanca con una llave inglesa de grado industrial.

En un movimiento brusco, la herramienta resbaló debido al exceso de lubricante. El borde afilado de una placa de titanio le rozó el antebrazo izquierdo. Cassandra soltó un siseo de dolor y se retiró de debajo del vehículo, deslizándose sobre su carrito con ruedas.

—¡Mierda! —exclamó, mirando el corte limpio que cruzaba su piel.

La sangre, de un rojo intenso y humano, comenzó a brotar, manchando su overol gris. No era una herida profunda, pero ardía como el infierno. Cassandra se puso en pie, caminó hacia su mesa de trabajo llena de piezas de motor y buscó un trapo limpio. Sin darle demasiada importancia, vertió un poco de alcohol isopropílico directamente sobre la herida, apretando los dientes para no gritar ante el escozor, y se envolvió el brazo con una venda adhesiva industrial.

—¿Problemas con el blindaje, Montgomery? —preguntó uno de sus mecánicos al pasar.

—Solo un recordatorio de que el metal siempre gana si te descuidas —respondió ella con una sonrisa cínica, bajándose las mangas del overol para ocultar el vendaje.

Justo en ese momento, su teléfono personal, resguardado en una funda de policarbonato a prueba de golpes, comenzó a sonar con un tono metálico y potente. Cassandra se limpió las manos en un trapo sucio antes de contestar.

—Si eres el de la empresa de suministros diciendo que el cargamento de filtros se retrasó otra vez, te juro que iré personalmente a tu oficina y...

—Vaya, qué bienvenida tan cálida. Me alegra saber que tu humor sigue siendo tan encantador como una lija de grano grueso.

Cassandra se detuvo en seco y una sonrisa auténtica, de esas que rara vez mostraba a sus empleados, iluminó su rostro.

—¿Liam? ¿El gran Agente tiene tiempo para llamar a los civiles o es que te quedaste sin munición y necesitas que te fabrique algo que dispare derecho?

—Sabes que tus piezas son las únicas que confío para mi equipo, Cass —la voz de Liam sonaba relajada, despojada de la rigidez militar–. Estoy de regreso en la ciudad por unas horas. Tengo que entregar unos informes en el Ministerio de Defensa y pensé que la mecánica más brillante del hemisferio norte podría tener hambre.

Cassandra miró el reloj y luego el desorden de motores a su alrededor. Sabía que tenía trabajo para tres vidas más, pero la idea de salir de ese agujero de metal y ver a un amigo real era demasiado tentadora.

—Depende. ¿Invitas tú o vas a usar la tarjeta de gastos del gobierno que pagamos con nuestros impuestos? —bromeó ella, quitándose los guantes de trabajo.

—Invito yo. Comida real, nada de raciones de campaña. Te veo en el "Iron Rail" en veinte minutos. No te molestes en quitarte la grasa de la cara, me hace sentir que estoy en terreno familiar.

—Hecho, rubio. Nos vemos allí.

El "Iron Rail" era un bar de estética industrial situado en el límite de los sectores, un lugar donde los operarios de las fábricas y los soldados de bajo rango se mezclaban sin hacerse preguntas. Cuando Cassandra llegó, todavía con el overol puesto, Liam ya estaba sentado en una mesa al fondo, de espaldas a la pared y con la vista fija en la entrada.

Liam se puso en pie para saludarla con un abrazo breve pero firme. Había una comunicación silenciosa entre ellos, una complicidad forjada en años de ser los "protectores" externos de los hermanos Russell.

—Te cortaste —dijo Liam de inmediato, señalando el antebrazo de Cassandra mientras se sentaban.

Ella arqueó una ceja, impresionada.

—Tus ojos de analista criminal son un fastidio, Yardley. Fue un roce con un chasis. Nada grave. ¿Cómo fue la misión? Nathan me dijo que volvieron con las manos vacías de los laboratorios.

Liam pidió dos hamburguesas y un par de cervezas frías antes de responder. Su expresión se volvió un poco más sombría, bajando el tono de voz para que no saliera de la mesa.

—Vacías en la superficie, Cass. Pero Nate y yo sabemos que algo olía mal. Había una limpieza demasiado perfecta. El Coronel Bennett está moviendo piezas que no entiendo, y eso me pone nervioso.

—A mí también —admitió Cassandra, apoyando los codos en la mesa—. Madison está analizando cosas en la morgue que no tienen sentido biológico. Casos que aparecen y desaparecen de su sistema antes de que pueda terminar el informe. Natalie también me llamó, está viendo cosas raras en el hospital.

Liam asintió, tomando un trago de su cerveza.

—Nate me contó que cenó con ella anoche. Dice que Madison quería comida tailandesa.

Cassandra soltó una carcajada espontánea.

—¡Sí! Me lo contó esta mañana. Madison odia el curry. Nate está convencido de que está embarazada, el muy idiota. Me preguntó si yo sabía algo del "padre".

Liam apretó el vaso de cristal, sus nudillos volviéndose blancos por un segundo.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije la verdad: que Madison es una mujer adulta y que si se está acostando con el vecino, es asunto suyo. Aunque... —Cassandra miró a Liam con intensidad—, todos sabemos que ese vecino es solo una distracción para no pensar en el soldadito musculoso que tiene complejo de héroe y que no se atreve a dar un paso adelante.




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