Fire In Our Hearts

04: "El colapso del silencio"

El búnker de la sede de Ciberseguridad se sentía como una tumba de hormigón. Nathan Russell tenía los ojos inyectados en sangre, fijos en una pantalla que mostraba archivos que oficialmente no existían. Sus manos temblaban ligeramente sobre el teclado. Había logrado romper el último cortafuegos del "Protocolo Evolución" y lo que vio le revolvió las entrañas: grabaciones de cámaras de seguridad de los laboratorios clandestinos que habían visitado.

No estaban vacíos. Habían sido limpiados físicamente, pero los servidores locales guardaban el horror. En los videos, figuras que alguna vez fueron humanas se movían con una violencia antinatural, desgarrando acero con las manos desnudas. Eran "muertos vivientes", optimizados por el patógeno, con una sed de sangre que desafiaba cualquier lógica médica.

De pronto, su terminal privada parpadeó. Una conexión encriptada desde España.

—Nathan, no digas nada, solo escucha —la voz de su tío, el coronel Mark Bennett, sonaba rota, filtrada por el ruido de turbinas de avión—. Voy de regreso. Estaba en una base de enlace en Madrid... es lo mismo, Nate. Ha estallado en Europa también. El gobierno de España y la Coalición lo han callado todo, ejecutando a los testigos. El Presidente de los EE. UU. no está tratando de detenerlo... él es parte de la junta que autorizó la liberación controlada para "probar" a los Centinelas mañana.

—Tío, tenemos que sacar a Madison y a Cassandra de la ciudad —susurró Nathan, con el pánico subiéndole por la garganta—. El desfile del domingo... esos super soldados...

—Ya es tarde, Nathan. Los Centinelas no son robots. Son ellos. Son el virus bajo control... o eso creen —la voz de Mark se cortó por una interferencia estática—. El Presidente acaba de activar la Fase 2. No confíes en nadie. Escóndete y...

La señal se cortó abruptamente. Nathan golpeó el escritorio con el puño justo cuando la puerta pesada del despacho se abría. Liam entró, ajustándose la pistolera, con una expresión extrañamente tranquila.

—¿Dónde diablos estabas? —le espetó Nathan, poniéndose en pie de un salto—. Te he estado buscando por dos horas.

—Estaba con Cassandra. Asegurándome de que tuviera el transporte listo por si acaso —respondió Liam, cruzándose de brazos—. El Presidente acaba de convocar a una reunión de emergencia en el Ala Oeste para todos los agentes. Órdenes directas, Nate. No podemos faltar.

Nathan miró a su amigo, preguntándose cuánto sabía realmente Liam sobre la traición en la cima del poder.

20:30 PM – Centro Comercial "North Star"

Afuera, el aire de la noche se había vuelto extraño. Madison y Cassandra estaban en el estacionamiento del enorme Walmart, bajando bolsas de suministros que Madison insistió en comprar "por si acaso".

—¿Escuchas eso? —preguntó Madison, deteniéndose junto a su coche.

A lo lejos, una cacofonía de perros ladrando llenaba el aire. No era un ladrido común; era un aullido de puro terror animal que erizaba la piel. Las luces del estacionamiento parpadearon.

—Son solo perros, Maddy. Vámonos, muero de hambre. Vamos a ese restaurante de la esquina y luego a casa —dijo Cassandra, tratando de mantener el tono ligero, aunque su mano derecha buscaba instintivamente la navaja que siempre llevaba oculta.

Cenaron rápido, en un silencio tenso. Madison apenas probó su comida. Al salir, decidieron entrar un momento más a la tienda departamental para buscar unas herramientas que Cassandra necesitaba. Una vez dentro, la inmensidad del lugar las separó. Cassandra se fue al pasillo de ferretería y Madison hacia la zona de farmacia.

Entonces, el sonido de los cristales rompiéndose cambió el mundo para siempre.

Los gritos comenzaron en la entrada principal. Madison corrió hacia el fondo, buscando a su amiga, pero se topó con una marea de gente gritando y huyendo. Al doblar por el pasillo de las bodegas, vio a un oficial de policía tirado en el suelo, desangrándose por el cuello. Sus ojos estaban abiertos, fijos en la nada. Madison, con el corazón martilleando en sus oídos, se agachó y le arrebató el arma reglamentaria. El peso del metal frío le dio un segundo de claridad.

—¡CASSANDRA! —gritó, corriendo hacia la zona de carga.

Al llegar, vio la escena: un hombre con la piel grisácea y movimientos espasmódicos tenía a Cassandra acorralada contra una estantería de metal. El sujeto emitía un gruñido gutural, inhumano. Cassandra forcejeaba con una barra de hierro, pero la fuerza del atacante era sobrenatural.

Madison no lo pensó. Levantó el arma con ambas manos, como le había enseñado Nathan, y apretó el gatillo.

El estallido fue ensordecedor. La cabeza del infectado explotó y el cuerpo cayó pesadamente sobre Cassandra. Madison se quedó paralizada, con el humo saliendo del cañón y la vista nublada. El pánico la ancló al suelo; sus pulmones se cerraron. Había analizado cadáveres mil veces, pero nunca había creado uno.

—¡Madison! ¡Reacciona! —Cassandra se quitó de encima el cuerpo y la agarró por los hombros, sacudiéndola con fuerza—. ¡Vienen más! ¡Mírame, tenemos que correr!

Cassandra la jaló hacia la puerta trasera de emergencia. Salieron al callejón oscuro justo cuando las luces de la ciudad empezaban a fallar. El sonido de los disparos y los gritos dentro de la tienda se mezclaba con el rugido de motores en la calle de atrás.

Madison estaba en estado de shock total, temblando violentamente. Cassandra la metió a rastras en el asiento del copiloto de un Jeep que alguien había dejado encendido en la huida.

—Maddy, mírame. Respira conmigo —ordenó Cassandra, saltando al asiento del conductor y arrancando el motor—. Todo está bien, estoy aquí. No pienses en lo que hiciste, nos salvaste.

Al salir a la avenida principal, la imagen era dantesca. Las calles estaban llenas de infectados corriendo detrás de los civiles. Los coches chocaban entre sí y el fuego empezaba a lamer los edificios. No era el 27 de septiembre, el caos se había adelantado un día.




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