El amanecer del domingo 27 de septiembre no trajo luz, sino una penumbra grisácea cargada de humo y cenizas que caían como nieve sucia sobre la ciudad. En el departamento de Natalie, el silencio era tan tenso que el zumbido de la radio militar de Mark parecía un grito.
Madison abrió los ojos lentamente. Su mente se sentía pastosa, como si estuviera sumergida en brea, pero el ataque de pánico había remitido, dejando en su lugar un vacío frío y analítico. Se incorporó en el sofá, notando el peso de la manta y la mirada vigilante de su tío.
De pronto, el teléfono de Mark vibró. Era Liam.
—¡Coronel! —la voz de Liam sonaba distorsionada por el viento—. La Presidencia sabe que estamos moviendo información. Han bloqueado las salidas de la base Delta, pero logramos sobornar a un técnico de transporte para que nos saque en un blindado ligero. Vamos hacia su posición.
—¡Detente, Liam! —rugió Mark, poniéndose en pie—. Si vienen aquí, traerán a los Centinelas tras de ustedes. Escúchame bien: cambien la frecuencia. Contacten con el enlace en la embajada de Rusia. Digan que son conocidos de Mark Bennett, código "Sokol". Los rusos no están con la Coalición en esto; ellos tienen su propio protocolo de contención y no dejarán que el Presidente los use como ratas de laboratorio. ¡Háganlo ya!
Liam colgó sin responder. Mark se pasó una mano por el rostro, pero antes de que pudiera guardar el móvil, volvió a sonar. Esta vez era Nathan.
—¿Tío? ¿Madison está bien? —la voz de Nathan temblaba de agotamiento—. Estamos saliendo de la zona oficial. Nos vemos en el perímetro de la Zona de Cuarentena 4, la que está cerca del muelle. Es el único lugar que el radar de los drones no cubre bien. ¿Cómo está ella?
Mark miró a Madison, quien ya estaba de pie, pálida pero con los ojos fijos en él.
—Está despierta, Nathan. Estamos en camino. Mantengan la cabeza baja.
Mark colgó y el ambiente cambió. El hombre que antes era un tío preocupado desapareció, dejando paso al Coronel. Caminó hacia su equipo y cargó un fusil de asalto con un movimiento seco. Luego, miró a Cassandra.
—Dame tu arma, Montgomery. Y Natalie, quédate detrás de mí.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Cassandra, entregándole una pistola que había recuperado del Walmart.
Mark no respondió. Se giró hacia Madison y le extendió la pistola 9mm que le había quitado al policía muerto. Madison retrocedió un paso, mirando el metal negro con horror. El recuerdo de la sangre en el suelo de la tienda la golpeó de nuevo.
—Escúchame, Madison —Mark la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo—. El mundo que conocías, el de los tribunales, el dinero de tu padre y las influencias del Presidente, ha muerto. Anoche mataste para salvar a tu amiga. Hoy vas a tener que matar para salvarte a ti misma. Aquí ya no hay nadie que te proteja. Ni tu padre, ni Nathan, ni yo si me derriban. Necesito que seas la forense que ve la muerte de frente. Necesito que pienses por ti, no como una Russell, sino como una sobreviviente. ¿Puedes hacerlo?
Madison miró el arma. Sus dedos temblaron, pero recordó la cara del infectado sobre Cassandra. Recordó el miedo de Natalie. Con un movimiento lento, cerró la mano alrededor de la empuñadura. El frío del acero la ancló a la realidad.
—Puedo hacerlo —susurró.
Salieron por las escaleras de emergencia. El ascensor era una trampa mortal si la energía fallaba. El eco de sus botas resonaba en el hormigón frío. Bajaron tres pisos en silencio, hasta que, al llegar al quinto, un olor a hierro y podredumbre los golpeó.
La puerta de incendios del piso estaba entreabierta. Un grupo de infectados, con la piel estirada y los ojos inyectados en ese azul luminiscente, estaba devorando algo en el rellano. Al escuchar el chirrido de la puerta, las criaturas se giraron al unísono, emitiendo un alarido gutural.
—¡Entren al departamento 502! ¡AHORA! —gritó Mark, abriendo fuego.
El caos se desató. Los infectados eran rápidos, mucho más que los humanos normales. En el forcejeo y los disparos, el grupo se fracturó. Mark empujó a Natalie hacia una dirección, Cassandra se vio obligada a retroceder por el pasillo contrario, y Madison, al intentar esquivar a una de las criaturas que se abalanzó sobre ella, terminó corriendo hacia el final del corredor.
—¡Madison, vuelve! —escuchó el grito de Cassandra, pero una horda de infectados bloqueó el paso.
Madison entró en una habitación al azar y cerró la puerta, pero los golpes desde el otro lado eran tan fuertes que la madera empezaba a astillarse. Desesperada, corrió hacia la ventana. Estaba a una altura peligrosa, pero había una cornisa de mantenimiento que conectaba con el piso inferior.
Salió al vacío. El viento de la mañana le azotó el rostro. Sus manos resbalaron en el metal húmedo y casi cae al vacío, quedando colgada de una sola mano mientras sus pies buscaban apoyo en el aire. Con un esfuerzo sobrehumano, logró sostenerse y escalar hacia el balcón del piso inferior, rompiendo el cristal para entrar.
Bajó por una tubería exterior hasta llegar al primer piso, al callejón trasero. Su respiración era un silbido doloroso en su pecho. Al girar la esquina, se encontró de frente con la calle principal. Estaba desierta de humanos, pero llena de infectados que deambulaban como depredadores al acecho.
Vio a uno acercarse. Madison levantó el arma y disparó al pecho. El infectado ni siquiera se detuvo; la bala solo pareció molestarlo. Disparó de nuevo, esta vez a la pierna, y la criatura siguió avanzando con una cojera feroz. Recordó lo que Nathan le dijo sobre la "optimización": sus órganos vitales ya no funcionaban igual.
—A la cabeza... tiene que ser a la cabeza —se dijo a sí misma, con la voz temblando.
Apuntó con cuidado y disparó. El infectado cayó. Pero el ruido atrajo a tres más que salieron de entre los coches volcados. Madison apretó el gatillo tres veces más. Click. Click. Click.