—A ver si entendí... —Aasha dejó caer la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo saltar tres gotas de té directo a su manga, con los ojos abiertos como platos y el rostro desencajado por la absoluta incredulidad—. ¿Me estás diciendo que Karam no solo te pidió anular el compromiso a un miserable mes de la boda, sino que además tuvo las agallas de dejarte por otra?!
—¡Es que no tiene cerebro! —interrumpió Alisha, pegándole un puñetazo a la mesa que casi hace volar las servilletas. Tenía las mejillas rojas de pura rabia—. Y lo peor de todo no es solo su desfachatez, ¡sino que el muy egoísta ni por medio segundo pensó en tus sentimientos o en todo lo que habías organizado!
El aire del lugar se congeló. Mis dos mejores amigas me miraron fijamente, aguantando la respiración y esperando el inminente colapso, un mar de lágrimas o que me tirara al suelo a maldecir a su linaje. Sin embargo, me dio un ataque de risa, me eché hacia atrás en la silla y di un aplauso al aire.
—A ver, chicas, ya, bajémosle dos rayitas al drama —les dije, regalándoles una sonrisa de oreja a oreja—. En lugar de ponernos a llorarle a ese espantapájaros, ¡lo que deberíamos hacer es arreglarnos e irnos directo al Bhagoria! Miren el lado positivo: el destino me devolvió la libertad justo a tiempo para el festival de los solteros. Nos pondremos nuestras mejores galas, iremos juntas y, esta vez sí, encontraremos un compromiso que de verdad valga la pena.
Aasha y Alisha me miraron perplejas, procesando la escena como si estuvieran intentando adivinar si el trauma me había frito el cerebro. Solté un resoplido y me incliné sobre la mesa para confesarles la verdad desnuda:
—Además, seamos completamente honestas... Karam tampoco era ningún galán de leyenda. Si lo mirabas de frente, con poca luz, de perfil y parpadeando rápido, tenía algo. Pero hasta ahí. Mirando hacia atrás con la cabeza fría... ¡de verdad no tengo la menor idea de qué demonios le vi! ¡Creo que me tenía embobada!
—En serio, Nandini, todavía estoy tratando de procesar cómo demonios tuviste la paciencia de una santa para soportar tanto rechazo pasivo-agresivo durante todo este tiempo —comenzó Alisha, acomodándose el pliegue de su dupatta (Un tipo de velo tradicional) mientras caminábamos—. Ese hombre te trataba como si fueras un mueble opcional en su vida, no la mujer con la que se iba a casar en cuatro semanas. ¡Cuatro semanas! Es un cobarde. Pero bueno... —su expresión cambió radicalmente, y una sonrisa depredadora, casi maníaca, iluminó su rostro—, ¡basta de lamentos fúnebres! Los dioses te han hecho un favor de oro. Ahora mismo, nos vamos directo al mercado principal a comprar el vestido más espectacular, costoso y revelador que encontremos para el festival de *Bhangoria*. Hoy, tú brillas.
—Y cuando dice "espectacular", se queda corta —intervino Aasha, cruzándose de brazos y deteniéndose en seco para clavarme una mirada clínica que me hizo sentir bajo un microscopio—. Vamos a ser honestas, Nandini. Te quiero, eres mi hermana, pero mírate. Estás alarmantemente descuidada. Tienes ojeras, el cabello parece un nido de jilgueros y ese vestido que traes... bueno, digamos que no grita precisamente "estoy disponible y soy divina". Hay que ir a maquillarte, arreglarte ese desastre capilar y recordarte cómo se usa el delineador de ojos. La misión de esta noche es sagrada e innegociable: tienes que capturar al hombre más guapo, alto y adinerado del festival, aunque sea solo para refregárselo en la cara a ese imbécil de Karam.
Solté una carcajada genuina, la primera en días, que resonó en la callejuela. Aasha era brutalmente honesta, carecía de filtro y a veces sus palabras ardían, pero era la amiga que te decía la verdad cuando todos los demás te mentían por piedad. Amaba que nunca dejara de ser ella misma, sin importar las circunstancias.
—Está bien, está bien, capitana Aasha —dije, levantando las manos en señal de rendición simulada—. Acepto mi régimen de belleza obligatorio. Vamos entonces, chicas, yo las sigo. Soy arcilla en sus manos creativas.
Nos adentramos en el bullicio del bazar. El mercado era un asalto a los sentidos: el aroma a especias intensas como el cardamomo y la cúrcuma se mezclaba con el olor a sándalo y jazmín de los aceites corporales. Pasamos horas recorriendo puestos, tocando telas de seda vibrante y algodón fino. Alisha discutía ferozmente los precios con los mercaderes, mientras Aasha descartaba vestidos tras vestidos con gestos dramáticos de desaprobación hasta que, finalmente, encontraron "El Elegido": un conjunto de seda color esmeralda con bordados dorados que, según ellas, "haría que los hombres cayeran de rodillas".
El tiempo voló entre risas, chismes y la emoción compartida del nuevo comienzo. Cuando nos dimos cuenta, el sol ya estaba empezando su descenso, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo y púrpura profundo. La temperatura refrescaba y las antorchas del mercado comenzaban a encenderse una a una. Sentí un pinchazo de urgencia; tenía que regresar a casa a toda prisa si quería tiempo para arreglarme y transformarme en la versión que mis amigas habían diseñado.
Estábamos por dar por terminada la jornada, cargadas de bolsas y paquetes, cuando la suerte decidió gastarnos su broma más pesada. Al doblar una esquina hacia la plaza principal, nos topamos de frente, a menos de dos metros de distancia, con Karam. Y no venía solo. Lo acompañaban sus padres, quienes miraban hacia otro lado con evidente incomodidad, y *ella*. La nueva. La razón por la cual mi compromiso se había desmoronado a un mes de la boda.
Ella era... pasable. No era la belleza deslumbrante que yo esperaba para justificar tal traición, lo que hacía que el dolor fuera aún más ridículo. Vestía un *sari* de color rosa chillón que le quedaba un poco ajustado y llevaba un exceso de joyería que tintineaba con cada movimiento. En cuanto cruzamos miradas, sus ojos se entrecerraron con reconocimiento malicioso y una sonrisa de triunfo, ensayada y falsa, se dibujó en sus labios gruesos. Karam, a su lado, se puso pálido, casi gris, y bajó la vista de inmediato, cobarde hasta el final.