Hacía ya bastante tiempo que no me tomaba el tiempo de maquillarme y arreglarme con tanto esmero. Al contemplarme frente al espejo de bronce pulido, ajustando con delicadeza los pliegues de la seda verde esmeralda y observando cómo el trazo negro del kohl realzaba la forma de mis ojos, tuve que admitir a regañadientes que Aasha tenía toda la razón: me había descuidado de una manera alarmante. Enfrascada en la tediosa tarea de complacer a Karam, de moldearme a sus expectativas y encajar en una vida gris que ni siquiera sentía mía, me había ido apagando gradualmente. Pero hoy, el cristal devolvía la imagen de una mujer viva, radiante y completamente dueña de sí misma.
Ajusté los brazaletes dorados en mis muñecas, disfrutando del suave tintineo metálico que producían con cada movimiento, y salí de mi habitación a paso firme. Al cruzar el pasillo de madera labrada hacia el salón principal, encontré a mis padres concentrados en una gran mesa de teca, revisando códices de comercio, sellos de cera y registros de contabilidad. Recientemente, mi padre estaba en proceso de ser considerado formalmente dentro de la alta nobleza local gracias a su sólida estabilidad económica y sus fructíferos acuerdos comerciales con la corte del reino.
—Hija... por los dioses, te ves bellísima —dijo mi madre, Amma, dejando los papeles a un lado. Su rostro se iluminó con una sonrisa tibia y sincera; no hacía falta que dijera nada más, ambas sabíamos que ver esa chispa de orgullo en mis ojos significaba que finalmente estaba volviendo a ser yo misma.
—Gracias, Amma —respondí, devolviéndole la sonrisa mientras me acercaba a la mesa.
—A decir verdad, creo que "bella" le queda absurdamente corto —intervino mi padre, levantando la mirada de los balances con un brillo de orgullo paternal y una clara chispa de picardía—. Mi hija es, sin duda alguna, la mujer más hermosa de todo este reino... con la única y justa excepción de mi esposa, por supuesto.
Solté una risita suave ante sus palabras y le acaricié el hombro.
—Gracias a ti también, Appa. Siempre sabes qué decir para subirme el ánimo.
—Es la pura verdad, Nandini. Que ese muchacho sin visión no supiera apreciar el tesoro que tenía enfrente solo habla de su ignorancia —añadió Appa, acomodándose el turbante con firmeza—. Alguien que no valora a una reina no merece estar en su trono.
—Ya no importa, Appa. De verdad, ese capítulo ya está cerrado —respondí con una serenidad que me sorprendió a mí misma—. Ya me voy, las chicas me están esperando en la esquina para ir al Bhangoria. Los quiero mucho a ambos.
Me despedí con un cálido abrazo para cada uno y salí a la noche fresca. En la esquina de la calle principal ya me aguardaban Alisha y Aasha, impecablemente vestidas con prendas festivas, acompañadas por un grupo más amplio de jóvenes del vecindario que se habían ido sumando entre risas al ver que íbamos camino al gran festival.
—¡Por todos los dioses, Nandini, estás deslumbrante! —me recibió Alisha dando un pequeño salto, entre aplausos entusiastas y halagos exagerados—. ¡Te juro por mi vida que esta noche ningún hombre va a poder apartar la mirada de ti!
—Estás impecable —asintió Aasha, evaluándome de arriba a abajo con una sonrisa de aprobación rotunda y victoriosa—. Cada minuto que tardaste valió totalmente la pena. Vas a causar un terremoto en la pista de baile.
—Gracias, chicas. ¿Nos vamos antes de que nos ganen los mejores lugares? —pregunté, sintiendo un cosquilleo de emoción recorriéndome el estómago.
El trayecto hacia el recinto del festival era relativamente corto, pero a medida que avanzábamos, el flujo de personas se volvía denso y efervescente. Decenas de mujeres con saris de colores vibrantes, joyas de plata y oro relucientes y guirnaldas de jazmín en el cabello se unían a la caminata, formando una marea alegre de risas y expectación. Justo antes de cruzar los grandes arcos de madera decorados con linternas que daban entrada al Bhangoria, me detuve un segundo, cerré los ojos, respiré hondo el aire impregnado de incienso y me dije en un firme susurro interno: Sí puedo. Después de todo, ahora soy libre.
Al cruzar los arcos, la vista era sencillamente espectacular. El recinto sagrado estaba adornado con kilométricas guirnaldas de flores frescas, estandartes de seda flotando con la brisa y cientos de faroles de latón cuyo resplandor dorado rivalizaba con la intensidad de las estrellas que cubrían el cielo nocturno. La música tradicional comenzó a resonar con fuerza; los tambores dhol marcaban un ritmo cardíaco mientras las flautas y los instrumentos de cuerda elevaban notas festivas. La gente comenzó a reunirse en círculos a conversar, beber vino de palmera y reír.
Rápidamente vi a Alisha y Aasha dispersarse entre la multitud para saludar a conocidos y coquetear con algunos jóvenes de la guardia. Yo, en cambio, me quedé rezagada unos pasos atrás. No estaba del todo acostumbrada a ese ambiente festivo y desenfadado; quizás porque hasta ayer mismo mi mente estaba atrapada en un compromiso sombrío y restrictivo, o tal vez porque la sobrecarga de luces, voces y miradas me abrumaba un poco.
Buscando un momento de paz para procesar todo, me alejé del bullicio del patio central y me dirigí hacia una terraza elevada de piedra esculpida que daba al jardín exterior, un rincón tranquilo, fresco e iluminado solo por la luz plateada de la luna. Me apoyé en el balustre de mármol, contemplando el firmamento y dejando que la brisa nocturna acariciara mi cuello.
—Creí que dejarías los lugares oscuros y solitarios después de lo que pasó hace un rato en el callejón...
Esa voz. Era profunda, grave, con un matiz áspero pero extrañamente sensual que hizo que se me erizara la piel de los brazos. Me resultaba inconfundible, aunque no entendía por qué un desconocido se tomaba la atribución de cuestionar mi presencia allí.