DEJAK
El sonido monótono e incesante de la voz del líder del consejo rebotaba en las paredes de mármol del gran salón real. La migraña empezaba a apretarme las sienes con la fuerza de un torniquete. Me desabroché el primer botón del cuello de la túnica de seda, preguntándome detenidamente cómo un solo hombre mayor podía llegar a ser tan insoportablemente irritante sin quedarse nunca sin aire.
—Su Majestad, esto es en verdad un asunto de estado crítico —insistió el anciano consejero, dando un golpe seco con su bastón de madera de sándalo contra el suelo brillante—. Si no se casa dentro de poco, la ley imperial de nuestro linaje es completamente clara: podría perder el trono y su hermano asumiría el cargo de emperador. Y todos en esta corte, desde los ministros hasta los sirvientes, sabemos perfectamente que si eso sucede, el reino entrará en una guerra devastadora e inevitable. Por favor, recapacite y busque una esposa de inmediato.
Apreté los puños bajo la pesada mesa de teca. La sola mención de mi hermano me revolvía el estómago y encendía un fuego amargo en mi pecho. Conocía de sobra sus intenciones y la sed de poder que amenazaba con destruir todo lo que mi familia había construido con sangre y esfuerzo.
—Bien —interrumpí con una voz helada, tan cortante que hizo callar a todo el consejo de golpe—. Buscaré esposa. Pero deben tener algo bien claro: la escogeré yo, a mi manera, en mis tiempos y bajo mis propios términos. No voy a permitir que me subasten al mejor postor ni que conviertan mi matrimonio en una transacción comercial. Si me disculpan, señores, tengo asuntos infinitamente más importantes que atender.
Me levanté bruscamente, haciendo retroceder la pesada silla de roble, y dejé atrás los murmullos apresurados y las miradas atónitas de los consejeros. Salí a paso firme por el pasillo principal iluminado por altos ventanales. A mi lado, intentando mantener el ritmo de mis zancadas, mi mano derecha y asistente personal, Ramsey, caminaba tratando en vano de contener una risita burlona. Nos conocíamos desde que teníamos uso de razón; era mi único confidente real, por lo que apenas asumí el trono, lo nombré mi asesor de absoluta confianza.
—Sin ofender, Su Majestad... pero qué humor tan diabólico carga hoy —se burló Ramseek en voz baja, ajustándose las mangas de su elegante túnica dorada—. Le hablan de matrimonio y de sentar cabeza y se pone histérico como un potrillo indomable en medio de una tormenta.
Lo miré de reojo con una chispa de rabia divertida en los ojos.
—Nos conocemos desde que no sabías ni sostener una espada de madera sin caerte de cabeza, Ramseek. Así que dime... ¿qué demonios crees que debería hacer ante semejante circo?
Llegamos a las grandes puertas dobles de mi estudio privado. Al abrirlas, encontramos a la última persona que esperaba ver descansando allí: mi primo Vikram, el General de la Guardia Real, cómodamente desparramado en mi sillón preferido con las botas llenas de barro cruzadas sobre mi escritorio de nogal. Vikram era el estratega más brillante e implacable del imperio; poseía una valentía inquebrantable que lo había llevado a ganarse el puesto de general a pura fuerza y disciplina, pero su actitud desenfadada en la intimidad siempre ponía a prueba mi paciencia.
—Uy, déjame adivinar... —dijo Vikram con una sonrisa serena, mordisqueando una manzana y sin molestarse lo más mínimo en bajar las piernas del escritorio—. Te volvieron a decir que tienes que casarte antes de que sea tarde.
—Bingo —añadió Ramseek a su lado, dejándose caer en una de las sillas laterales—. Eres demasiado fácil de leer, amigo. Tu cara de pocos amigos te delata a tres kilómetros.
—Ya cállense los dos —sentencié, dejándome caer en el sillón frente a ellos y pasándome ambas manos por el rostro con pesadez—. Lo que menos necesito en este momento son sus burlas constantes. Ahora díganme, de verdad: ¿cómo se supone que consiga una esposa adecuada de la noche a la mañana? Y que sea rápido, para que el consejo deje de respirarme en el cuello.
—Podrías ir a la reunión de funcionarios de esta tarde —propuso Ramseek, apoyándose en el borde de la mesa con aire pensativo—. Es en unas pocas horas en la residencia del gobernador. Todos los nobles, ministros y comerciantes prósperos del reino llevarán a sus familias. Te aseguro que ninguna dama aristócrata se resistirá a ti.
Ambos soltaron una risotada complaciente y cómplice.
—Sigan jugando con mi paciencia y a los dos les voy a bajar el sueldo a la mitad —amenacé con voz grave, aunque por dentro agradecía la ligereza que le traían a mi rutina.
—No dijimos nada, Su Majestad —respondió Vikram levantando las manos en señal de paz, aunque la chispa de burla no desapareció de sus ojos claros.
—Bien. Iré a esa maldita reunión de funcionarios, pero solo para cumplir con el expediente y callarle la boca a los ancianos del consejo —respondió Devaj de mala gana. La sola idea de pasar tres horas sonriéndole a la falsa aristocracia me producía un cansancio infinito.
—Perfecto. Iré a solucionar todos los preparativos del carruaje y la escolta. Adiosss, Dejak —dijo Ramseek, levantándose y despidiéndose con un gesto dramático de la mano antes de salir de la sala.
—Yo también tengo que marcharme —dijo Vikram, poniéndose de pie con lentitud y acomodándose las pesadas hombreras de su armadura—. Tengo que ir a supervisar personalmente el despliegue de la guardia para el festival de esta noche.
—¿Cuál festival? —fruncí el ceño. No recordaba ninguna festividad importante marcada en el calendario imperial.
—El festival de Bhangoria, primo. Tengo que asegurarme de que los soldados hagan su trabajo sin emborracharse mientras yo disfruto de la noche. Adiós.
A los pocos minutos de la salida de Vikram, Ramseek regresó a la sala sosteniendo sobre sus brazos un atuendo formal de seda oscura, bordado a mano con hilos de oro que formaban patrones imperiales.