Flame Of Chaos

Un golpe de gracia y ojos de fuego

DEJAK

El aire helado y puro de la noche fue un bálsamo inmediato contra el sofocante perfume de flores, los abanicos inquietos y la insoportable falsedad del banquete noble. Avancé con la agilidad felina que me daba el entrenamiento militar sobre las molduras, cornisas y tejados de piedra del bazar alto, dejando que la amplia sombra de mi capa negra me volviera un fantasma invisible ante los pocos transeúntes que aún rondaban abajo.

Esta zona de la ciudad, al alejarse progresivamente del centro aristocrático y las murallas del palacio, se volvía traicionera en cuanto el sol se ocultaba por completo. Era un laberinto enmarañado de pasajes estrechos, faroles gastados que penas parpadeaban en la penumbra y gente sin escrúpulos acechando en las esquinas más oscuras a la espera de una víctima despistada.

Me detuve al borde de un tejado de arcilla húmeda, agazapándome para observar el vacío de una callejuela empedrada. Fue justo en ese instante de silencio cuando la vi.

Caminaba sola, a paso firme pero imperturbable y cauteloso. Llevaba un deslumbrante traje de seda verde esmeralda que destellaba con elegancia bajo la luz plateada de la luna plena, recortando el talle impecable de una mujer que portaba su dignidad como el mejor de los escudos. Su silueta era sencillamente hipnótica, pero la solitaria belleza de su andar encendió todas mis alarmas. Un pensamiento automático cruzó mi mente con una fuerza abrumadora: Es bellísima... pero esta zona es un nido de víboras hambrientas a estas horas. Debería tener mucho más cuidado.

Mis peores sospechas se confirmaron en cuestión de instantes. De un rincón infecto entre dos casonas abandonadas brotaron dos hombres de mal aspecto, sucios y con miradas pesadas. Le cerraron el paso con brusquedad, arrinconándola contra el muro de piedra desgastada. Escuché sus risas encontradas, groseras, y el tono desagradable y amenazante con el que empezaron a presionarla para que no se moviera.

No hubo tiempo para sopesar la prudencia, reflexionar sobre las normas ni recordar que yo era el emperador de este reino y que no debía involucrarme en peleas de callejón. Simplemente me moví. Salté desde el tejado sin pensarlo, cayendo al suelo de piedra con la ligereza silenciosa y la precisión de una sombra.

—Oigan... Ya la oyeron. Déjanla en paz.

Mis palabras salieron con una firmeza, una gravedad y una autoridad tan heladas que parecieron congelar el aire mismo del callejón. Los tres maleantes se giraron bruscamente, sobresaltados por mi aparición repentina. En cuanto me vieron salir de la penumbra —mi figura alta, de tez clara y porte imponente resaltando bajo la sombra envolvente de la capucha—, sus rostros se desencajaron por completo. Un terror incontenible y visceral los invadió en un segundo, como si estuvieran contemplando a un demonio o a un espíritu de la noche dispuesto a cobrar sus vidas sin piedad.

Pero ella... ella no tuvo miedo.

Giró la cabeza con una calma calculada y sus ojos se clavaron directamente en los míos. Eran los ojos más expresivos, oscuros y deslumbrantes que había visto en toda mi existencia; una mirada genuina, indomable y cautivadora, por la que cualquier hombre con sangre en las venas estaría dispuesto a perder la cordura y el reino entero. Me quedé absolutamente paralizado, incapaz de articular movimiento. Desconecté por completo del entorno; no escuché las amenazas balbuceantes del sujeto que la sujetaba del brazo, porque mis ojos simplemente se negaban a despegarse de la mujer maravillosa que tenía enfrente.

—He dicho... que la suelten. Ahora —repetí, bajando la voz a un susurro peligroso que retumbó entre las paredes del pasaje como un rugido contenido.

Apenas pronuncié la última sílaba, el hombre la soltó al instante, temblando de pavor. Cualquier otra mujer noble que yo hubiera conocido en mi vida habría corrido a esconderse temblorosa detrás de mí, llorando o buscando la protección de mi cuerpo. Pero ella no. Ella hizo algo que sé con absoluta certeza que jamás en mi vida voy a olvidar.

En un movimiento veloz, perfecto y lleno de una determinación asombrosa, tomó impulso, se preparó y le asestó al sujeto un golpe certero, seco y brutal directo en la entrepierna. Fue un golpe de gracia tan devastador que el hombre cayó de rodillas al suelo, doblado en dos y emitiendo un ahogado e interminable gemido de agonía.

—¡Gracias! —escuché que exclamó con una voz firme, clara y hermosa mientras echaba a correr a paso ligero hacia la calle principal, perdiéndose rápidamente en la luz de los faroles lejanos.

Me quedé ahí de pie, con la boca ligeramente abierta bajo la sombra de mi capucha, viéndola marchar en estado de absoluto shock. Esta mujer es sencillamente extraordinaria, pensé, sintiendo un vuelco violento en el estómago que hacía tiempo no experimentaba.

En cuanto su figura se perdió de vista al dar la vuelta a la esquina, me giré con lentitud hacia los otros dos maleantes que intentaban desesperadamente arrastrar a su compañero caído para huir. Les clavé una sola mirada helada desde las sombras, infundiéndoles un pavor tan aplastante que ambos se paralizaron de inmediato, congelados en su sitio. Emití un silbido agudo que rebotó con eco en las paredes de piedra. En menos de un minuto, los pasos pesados de las botas de una patrulla de la guardia real resonaron a la entrada del pasaje.

—Llévenselos a los calabozos subterráneos —ordené a los soldados en tono bajo pero categórico, asegurándome de no mostrar mi rostro—. Y asegúrense de que pasen una muy larga temporada a la sombra reflexionado sobre sus actos.

De regreso en el palacio imperial, esquivé a las guardias de la entrada y me escurrí directo hacia mi estudio privado. Me quité la pesada capa negra, la dejé caer sobre una silla de cuero y me serví una copa de licor de ciruela. Me quedé de pie junto al gran ventanal de arcos abiertos, contemplando en silencio las luces lejanas y parpadeantes de la ciudad. No podía concentrarme en absoluto. La imagen de su rostro, el destello verde de su traje de seda y la audacia indomable de su mirada estaban grabados a fuego en mi memoria.



#1493 en Fantasía

En el texto hay: fantasia amor celos

Editado: 13.08.2026

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