—¡Amiga, es que eso fue sencillamente espectacular! No solo tú saliste conociendo a un hombre sacado de un cuento de ensueño, ¡nosotras también! —exclamó Alisha dejándose caer de espaldas sobre mi cama con un suspiro dramático, mirando al techo de mi habitación con los ojos completamente embobados y una sonrisa soñadora que rozaba la desfachatez.
—Ni que lo digas... —agregó Aasha, apoyando la espalda contra el marco de la ventana mientras se abanicaba velozmente con ambas manos, intentando en vano disimular el rubor ardiente que le cubría las mejillas hasta las orejas—. Ese hombre... Vikram... me genera una tensión que... ¡ay, Dios mío! ¿Qué nos está sucediendo hoy? Parecemos niñas pequeñas enamoradas por primera vez en la vida.
No pude evitar soltar una risotada ahogada ante las ocurrencias y las caras de boba de ambas. Me llevé una mano al pecho para calmar el ritmo desenfrenado de mis propios latidos. Era verdad que las tres habíamos quedado totalmente cautivadas por ese trío de desconocidos que parecieron brotar mágicamente de la nada en medio de la música y las luces del festival, pero la realidad era dura, los cuentos de hadas no existían y había que pisar tierra firme antes de terminar con el corazón roto.
—Ya, ya, cálmense las dos de una vez. Piensen con la mente fría por un momento —les dije, tratando de poner un poco de orden en la habitación aunque a mí también me temblaban los dedos al recordar el roce caliente de sus labios tan cerca de mi cuello—. ¿Quién sabe si los volveremos a ver en nuestra vida? El mío solo sale de noche, al parecer... es como un fantasma misterioso —bufé con una pizca de tristeza irrecuperable, reacomodándome el velo azul sobre los hombros frente al espejo del tocador.
En ese preciso instante, la puerta de mi habitación se abrió de golpe retumbando violentamente contra la pared de madera. Ganga, mi hermana pequeña, entró corriendo con los ojos abiertos de par en par, las mejillas rojas como manzanas y falta de aire en los pulmones.
—¡Nandini! ¡Hay un hombre abajo buscándote! ¡APÚRATE! —gritó apoyando las manos sobre sus rodillas para tomar aliento de forma desesperada.
El corazón me dio un vuelco violento y casi doloroso contra las costillas, cortándome la respiración por un segundo. Es como si lo hubiera invocado con mis propias palabras... ¡Trágame tierra, por favor!
Miré a mis amigas a través del reflejo del espejo, quienes estaban tan aterradas, paralizadas y descolocadas como yo. Me levanté de la silla de un salto, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso, y me fui directo a acomodarme el cabello y la falda a toda prisa con manos torpes.
—Oye, Ganga... ¿vino solo? —preguntó Alisha en un hilo de voz tembloroso, incorporándose de la cama y aferrándose con fuerza al borde de la colcha con la esperanza viva de volver a ver a su caballero.
—Sí, vino solo —respondió Ganga, cruzándose de brazos con una sonrisa llena de importancia, astucia y pura picardía—, ¡pero dijo que traía un mensaje personal para ustedes dos de parte de los caballeros! Así que cuando bajen a hablar con él, ¡me tienen que contar todo el chisme completo sin saltearse ni un solo detalle!
Alisha y Aasha no esperaron ni medio segundo más a que yo terminara de arreglarme: se levantaron como un rayo de la cama y bajaron las escaleras casi tropezándose la una con la otra, con los ojos brillándoles de pura anticipación, ansiosas por escuchar cualquier noticia, recado o invitación de sus pretendientes.
Terminé de ajustar los pliegues de mi vestido, cerré los ojos un momento y tomé una gran bocanada de aire para controlar el temblor involuntario de mis piernas. Descendí los peldaños de madera tratando de mantener la mayor compostura y dignidad que pude reunir en el cuerpo.
Al llegar al salón principal de la casa, lo vi. Estaba de pie junto al gran ventanal que daba al jardín interior, recortado contra la luz del sol. Lucía ridículamente guapo, vistiendo túnicas de seda fina de una calidad impecable, con brocados de oro propios de la altísima nobleza que resaltaban su tez clara, sus hombros anchos y su porte natural e imponente. No había rastro de la capucha ni de la penumbra del callejón; estaba allí, al descubierto, dominando el espacio con su sola presencia.
En cuanto notó el leve crujido de mis pasos sobre la madera, se giró con una elegancia pausada hacia mí. Al cruzar sus ojos verdes con los míos, la sombra de una sonrisa devoradora, segura y profundamente magnética se dibujó en sus labios.
—Me alegra volver a verte, Nandini —dijo con esa voz grave y rasposa que me erizó la piel por completo, haciendo que una corriente cálida me bajara por la espalda. Se acercó a mí con paso firme y felino, tomó mi mano con una delicadeza abrumadora y depositó un beso suave y prolongado sobre el dorso de mis dedos, sin romper el contacto visual.
—Hija... este hombre vino a hablar con tu madre y conmigo —intervino mi padre desde el sillón principal, mirándonos a ambos con una compleja mezcla de respeto, desconcierto e intensa intriga.
—Así es. He venido hasta su hogar para hablar con ustedes de un asunto de extrema e inmediata importancia —aseguró él, volviendo esa mirada de un verde hipnótico y abrasador hacia mí antes de dirigirse con impecable educación a mis padres.
Sentí la garganta tan seca como si hubiera tragado arena en medio del desierto. Para calmar los nervios traicioneros que amenazaban con hacerme temblar frente a él, me acerqué a la mesa auxiliar donde estaba la jarra de cristal, serví un vaso de agua con cierta torpeza y me llevé el borde a los labios para tomar un pequeño sorbo.
—He venido aquí para pedir la mano de su hija en matrimonio —pronunció con una firmeza impecable, sin dudar un solo segundo y con la voz resonando en cada rincón de la casa.
¡COF, COF! Escupí todo el agua de la pura e instantánea impresión, ahogándome y tosiendo descontroladamente mientras el vaso de cristal temblaba violentamente en mi mano. Sentí que el rostro se me cubría de un fuego abrasador. Todos en la estancia quedaron completamente petrificados por la rotunda declaración; incluso desde el marco de la puerta de la entrada se pudo escuchar el ahogado, agudo e histérico jadeo de Alisha y Aasha, quienes estaban espiando la escena empujándose disimuladamente, asomando apenas las cabezas con los ojos abiertos como platos.