DEJAK
Llevaba cerca de dos horas recorriendo el mármol del gran estudio imperial de un extremo a otro, con las manos entrelazadas tras la espalda y los pasos resonando con eco en los altos arcos de piedra. Mis pensamientos eran un auténtico caos. La imagen de Nandini —su mirada indomable, el perfume dulzón de su piel y la audacia felina con la que había bailado conmigo bajo la luna— no me había dejado pegar un solo ojo en toda la madrugada. El recuerdo de su cuerpo pegado al mío era una tortura abrasadora que me quemaba por dentro, una marca a fuego que me exigía volver a tenerla cerca.
—¿Quieres dejar de moverte de un lado a otro, primo? Sinceramente, me estás mareando. Vas a desgastar las losas del palacio —protestó Vikram desde el sofá de cuero, sin levantar la vista de la mesa de teca donde examinaba minuciosamente unos mapas tácticos y planos de despliegue de la guardia real.
—Su primo tiene toda la razón, Su Majestad —intervino Ramseek, apoyando los codos en el escritorio de caoba mientras ordenaba parsimoniosamente varios despachos oficiales—. Calme las aguas. Respire. A una mujer de su posición no le va a llegar una propuesta de matrimonio de la noche a la mañana tan rápido. No hay razón para esta histeria.
—¡Claro que puede llegarle, idiota! —espeté, deteniéndome en seco sobre la alfombra y clavándole una mirada fulminante que lo hizo enderezarse—. Es una mujer deslumbrante, extraordinaria, con un fuego en los ojos que no he visto en ninguna noble de esta corte. Cualquier hombre con un mínimo de sesos y sangre en las venas en este reino se daría cuenta e intentaría reclamarla de inmediato.
—Bueno... de hecho, no cualquiera —soltó Ramseek tras una breve pausa, adoptando un tono sospechosamente analítico. Estiró el brazo y me lanzó un legajo de papeles sellados con cera roja sobre la mesa—. Me tomé la libertad de investigar a fondo a la joven en los archivos centrales de la ciudad esta misma mañana. Al parecer, Nandini estaba comprometida hasta hace muy poco. Pero el sujeto en cuestión solicitó la anulación oficial del matrimonio hace apenas una semana. El tipo no la amaba, o al menos eso afirmó en el registro público, pero ella a él sí. El imbécil se enamoró de otra mujer y por eso la abandonó, dejándola expuesta al chisme de la alta sociedad.
En cuanto esas palabras salieron de su boca, una ira ciega, negra y viscosa se apoderó de mi pecho. Sentí la sangre arder en mis sienes. Antes de que mi cerebro pudiera procesar la furia, mi mano atrapó un pesado florero de porcelana decorada que reposaba sobre la mesilla lateral y lo estrellé con violencia brutal contra la pared de piedra más cercana. El estallido de la cerámica resonó como un cañonazo en la gran sala.
—¡Dime cómo se llama ese infeliz para ir yo mismo a romperle el cuello con mis propias manos! —rugí con la voz bronca por la rabia, apretando los puños con tal fuerza que las venas de mis brazos se marcaron bajo la piel y me dolieron los nudillos.
—¡Cálmate, por el amor de Dios! —Vikram se sobó las sienes con frustración, soltando un largo resoplido mientras llamaba con un rápido gesto de la mano a un sirviente del pasillo para que recogiera los pedazos de cristal del suelo—. Si tanto terror tienes de que aparezca otro iluso o que se comprometa con cualquiera por despecho, ve ahora mismo a pedir su mano en matrimonio y acaba con esta tortura de una vez.
—Vikram tiene toda la razón —asintió Ramseek, dando un golpecito con el índice sobre una línea específica de la hoja que tenía desplegada—. Total, aquí tengo anotada la dirección exacta de su residencia familiar.
Hice un ademán impulsivo de avanzar para arrebatarle el documento, pero Ramseek interrumpió mi paso interponiendo su brazo con una sonrisa ladina y un brillo astuto en la mirada.
—Oye... ya que vas para allá personalmente y en misión oficial del corazón, si por casualidad ves a nuestras chicas... ¿podrías decirles algo de nuestra parte?
—No soy tu jodido mensajero, Ramseek —mascullé, frunciendo el ceño con fastidio.
—Por favor, solo pido este favor, amigo —me rogó Ramseek poniendo una cara de súplica ridículamente ensayada que me hizo rodar los ojos.
—Bien, bien... lo haré —resoplé.
—Yo igual quiero que le entregues algo a la mía —intervino Vikram, abandonando su postura rígida para sacar de su jubón una pequeña carta cuidadosamente doblada y sellada. Ramseek hizo lo propio, sacando otra nota del tintero, y ambos me tendieron los papeles con los nombres de Alisha y Aasha trazados en el reverso.
—Me deben un favor enorme tras esto —sentencié, guardando los papeles en el bolsillo interior de mi túnica mientras me disponía a salir a grandes zancadas hacia el pasillo.
—¡Ah, no, señor! ¡De ninguna manera va a ir vestido así! —exclamó Ramseek, interponiéndose bruscamente en mi camino y señalándome de arriba abajo con verdadero horror—. ¡Mírese!
—¿Qué tiene de malo? Es mi ropa habitual de trabajo —dije, mirando mi túnica sencilla de entrenamiento.
—Es verdad, primo —apoyó Vikram desde atrás, negando con la cabeza con evidente desaprobación—. Vas a ir a ver a sus padres, tus futuros suegros. Ve más presentable, ¡por Alá! No puedes parecer un soldado que acaba de salir del cuartel.
Entre los dos me arrastraron casi a la fuerza de vuelta a mis aposentos privados. Ramseek se encargó personalmente de rebuscar en mi armario hasta elegir una túnica impecable de seda fina azul noche, con elaborados bordados de hilo de oro en las mangas, el cuello y el pecho, asegurándose de que el porte de mi linaje resaltara con elegancia sin parecer exageradamente recargado. Mientras me vestía, Vikram ordenó a los sirvientes reales preparar dos cofres de madera de sándalo tallada a mano, repletos de sedas importadas, frascos de perfumes exóticos y licores de la reserva del palacio como obsequio para los señores de la casa; a fin de cuentas, presentarme a pedir la mano de su hija con las manos vacías habría sido una imprudencia imperdonable.