—Sé que es algo apresurado, pero créanme... me enamoré de su hija desde el mismísimo instante en que la vi. Su carisma, su firmeza indomable, la pasión arrolladora con la que bailaba bajo la luna... todo en ella me tiene completamente cautivado. Por eso, con el mayor de los respetos, les pido su mano en matrimonio —escuchaba hablar a Dejak frente a mis padres, con una serenidad e intensidad en la voz que hacían vibrar cada rincón del salón.
Yo continuaba petrificada en mi lugar, sosteniendo el vaso de agua entre mis manos temblorosas mientras intentaba procesar la absoluta locura de la situación. Mis nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el cristal. ¡Bailé con el emperador! ¡Desafié, me pegué y casi beso al mismísimo monarca absoluto de esta tierra en medio de la multitud! Si el suelo me trágase en ese instante, le habría dado las gracias. La cabeza me daba vueltas a mil por hora en una tormenta desenfrenada de pensamientos, pero al cruzarme con esos ojos verdes e hipnóticos que no se despegaban de mí ni un solo segundo, un calor abrasador y eléctrico me recorrió el pecho de arriba abajo.
—¿Me lo permiten? —preguntó Dejak, dirigiendo una inclinación respetuosa, humilde y llena de distinción hacia mis padres.
Giré la cabeza lentamente para mirar a mis padres, buscando una referencia en medio de mi torbellino mental. Ambos estaban tan atónitos, mudos y descolocados como yo, asimilando con evidente estupor la magnitud del hombre que estaba parado bajo nuestro sencillo techo. Parecía que en cualquier momento mi padre se iba a desmayar sobre la alfombra. Sin embargo, al notar la firmeza incuestionable de sus palabras, la solemnidad con la que hablaba y la protección real que nos estaba ofreciendo, mi madre se llevó una mano al pecho para calmar el ritmo desenfrenado de su corazón y mi padre exhaló un largo suspiro, buscando mis ojos para descifrar lo que sentía verdaderamente mi alma.
Al cruzar miradas con ellos, el miedo se disipó por completo. No pude evitar dejar escapar una sonrisa sincera, radiante y un poco avergonzada. Debía admitirlo frente a mí misma y ante el universo entero: tal vez, y solo tal vez, la idea de pertenecerle a este hombre y de caminar a su lado me fascinaba más de lo que jamás me atreví a imaginar en mis sueños más salvajes.
—Nosotros no podemos tomar una decisión de este peso por nuestra hija... pero por nuestra parte —dijo mi padre, rompiendo el tenso silencio mientras intercambiaba una mirada de complicidad, absoluto alivio y profunda felicidad con mi madre antes de señalarme con orgullo—. Aceptamos la propuesta. Solo falta que le preguntes directamente a ella.
Mis padres sonreían con una mezcla de júbilo y paz; conocían de sobra la amargura y el dolor que había dejado la humillante anulación de mi compromiso anterior apenas una semana atrás, y podían ver a leguas que la luz que brillaba en mis ojos en ese instante era totalmente real.
Dejak dio un par de pasos lentos, pausados y decididos hacia mí, acortando la distancia hasta que su presencia imponente y su aroma a sándalo y especias me envolvieron por completo. Se inclinó levemente a mi altura, fijando su mirada abrasadora y posesiva en la mía, y extendió su mano abierta con la palma hacia arriba.
—¿Y entonces, Nandini...? ¿Aceptarías ser mi mujer, mi esposa y mi única compañera para toda la eternidad? —pronunció con una voz tan grave, dulce y rotundamente segura que disolvió la más mínima duda que pudiera albergar en los rincones de mi mente.
Lo miré a los ojos con una sonrisa radiante que no pude ni quise contener por más tiempo. Para ser francos con el destino y con la vida, no era para nada una mala idea haberme enamorado perdidamente del hombre más poderoso del imperio.
—Me encantaría... en serio que sí —respondí con la voz cristalina, vibrando de emoción.
Sin pensarlo ni medio segundo más, me arrojé sin reservas a sus brazos, rodeando su cuello con fuerza. Dejak me sujetó de la cintura con una firmeza abrumadora y elegante, levantándome en el aire como si no pesara nada para dar una vuelta llena de euforia en mitad del salón. El perfume embriagador de su piel, el calor de su pecho y el latido acelerado de su corazón contra el mío me hicieron sentir, sin lugar a dudas, la mujer más dichosa y deseada del mundo.
Al bajar los pies de nuevo a la solidez del suelo, eché un vistazo por encima de su hombro ancho hacia el marco de la puerta del salón. Allí estaban Alisha y Aasha, secándose lágrimas dramáticas con los bordes de sus mangas de seda, sollozando de alegría y sosteniendo las cartas apretadas con fuerza contra sus pechos.
—¡No se vale! Te vas a casar con un emperador sin haber hecho el intento de conseguirnos marido a nosotras primero —protestó Alisha entre pucheritos teatrales, sorbos de nariz y una risa ahogada, rompiendo de golpe toda la sobriedad y la tensión del momento.
Ambas no aguantaron más la distancia: corrieron emocionales hacia nosotros y me envolvieron en un abrazo triple e histérico, riendo, dando saltitos y llorando al mismo tiempo por la marejada de emociones que estábamos viviendo. Casi tiran a Dejak al suelo en el proceso, quien tuvo que dar un paso atrás para no perder el equilibrio.
—No estén tan seguras de eso... porque sé de dos hombres bastante interesados en ustedes —intervino Dejak con una sonrisa perspicaz y un brillo burlón en sus ojos verdes, inclinando levemente la cabeza hacia las notas que las dos apretaban frenéticamente en sus manos—. Para ser totalmente sincero, Ramseek y Vikram no son simples agricultores o comerciantes de paso como les hicieron creer anoche entre las sombras. Ramseek es mi asistente personal, la mano derecha del trono y la mente más astuta de la corte... y Vikram es el General de la Guardia Real, el comandante de mis ejércitos y, además, mi primo hermano.
El silencio volvió a caer de golpe sobre la estancia como un mazo de piedra. La cara de Aasha y de Alisha fue un poema absoluto digno de enmarcar: los ojos se les abrieron de par en par como dos platos de fina porcelana, la tez se les congeló por un segundo, sus mandíbulas cayeron por completo desencajadas por el shock y se quedaron totalmente paralizadas en su sitio, mirando fijamente los papeles que sostenían como si de pronto hubieran cobrado vida o fueran a estallar en sus propias manos.