Flame Of Chaos

Una emperatriz en la corte

Mis dedos no dejaban de ajustar, por décima vez en el lapso de diez minutos, los pesados broches de oro que sujetaban la capa sobre mis hombros. Sentía un nudo frío y punzante en el estómago, una mezcla de impaciencia y pura ansiedad que no experimentaba desde hacía años, ni siquiera en las vísperas de una batalla decisiva al frente del ejército. Todo el palacio imperial estaba patas arriba. Los sirvientes corrían de un lado a otro ajustando los arreglos florales de loto y sándalo, mientras los guardias de honor alineaban sus armaduras a lo largo del corredor.

Se suponía que Nandini y su familia llegarían en cuestión de minutos para dar inicio a la ceremonia de cortejo, ese ritual ancestral y pomposo donde el monarca presentaba oficialmente a su prometida ante la alta sociedad, los ministros del gabinete y las familias aristocráticas más influyentes del reino. Era la prueba de fuego: el momento de mostrarle a la corte entera quién gobernaría a mi lado y de aplastar cualquier rumor o desaprobación antes de que comenzara.

En la gran mesa de caoba ubicada en el centro de mi estudio privado, el caos era similar. Ramseek trabajaba a marchas forzadas entre montañas de pergaminos sellados, mapas de protocolo y registros imperiales apilados a su alrededor, cotejando cada detalle del itinerario para que no hubiera un solo margen de error frente a los aristócratas más minuciosos.

—Me vas a pagar muy bien por todo este calvario, ¿verdad? —protestó Ramseek sin molestarse en despegar la vista de los libros de actas, frotándose la sien con frustración mientras volvía a mojar la pluma en el tintero.

—Sigue soñando, este es tu trabajo como mano derecha —respondí, girándome desde el ventanal para mirarlo mientras negaba con la cabeza divertido—. Aunque... considerando la magnitud del evento, recibirás una semana entera de vacaciones pagadas.

Los ojos oscuros de Ramseek se iluminaron al instante con un brillo de pura emoción, dejando caer la pluma sobre el escritorio y apoyando la espalda en el sillón.

—¿En serio? Vaya, hasta que te tienta la generosidad, Majestad... Ya me veía tres meses encerrado en la biblioteca recuperándome de esto.

—Las vacaciones serán después de la boda —añadí con una sonrisa maliciosa y la mirada tranquila.

La cara de Ramseek se transformó en un poema de indignación absoluta. Toda la iluminación de su rostro se apagó de golpe y puso una mueca amargada digna de un niño al que le quitan un dulce.

—¡Eso es en casi un mes! —reclamó, echándose hacia atrás y alzando los brazos al cielo.

—Y por eso mismo vas a trabajar duro hoy sin quejarte —sentencié cruzándome de brazos con autoridad juguetona.

Ramseek soltó un bufe teatral y refunfuñó algo incomprensible entre dientes sobre la tiranía imperial, pero volvió a tomar la pluma y continuó revisando las listas de invitados a toda prisa.

En ese preciso instante, la pesada puerta de roble del estudio se abrió de par en par. Vikram entró con paso firme y pesado, trayendo consigo el eco de cascos de caballos y ruedas de madera resonando sobre el empedrado del patio principal.

—Ya llegó tu prometida, su familia y nuestras chicas —anunció el General, intentando mantener su habitual tono militar y sobrio, aunque la sutil tensión en sus hombros y la forma en que acomodó su espada lo delataban por completo.

Al escuchar la mención implícita de Alisha y Aasha, Ramseek levantó la cabeza del escritorio como si hubiera recibido una descarga eléctrica, y una sonrisa boba e incontrolable se le dibujó en el rostro de oreja a oreja.

—Perfecto. Voy a recibirlos personalmente a la escalinata —dije, acomodándome la túnica de seda azul noche.

—Nosotros vamos contigo —dijeron Ramseek y Vikram al unísono, casi atropellándose las palabras.

En menos de dos segundos, ambos ya estaban de pie, arreglándose la vestimenta y ajustando las espadas de gala respectivamente, listos para escoltarme como si se tratara de una maniobra de emergencia. Los miré de reojo mientras caminábamos a paso ligero por los pasillos de mármol. Esos dos hombres —uno el estratega más frío del imperio y el otro el guerrero más feroz de la guardia— estaban infinitamente más embobados por esas mujeres de lo que jamás habrían tenido el valor de admitir en una reunión del consejo.

—Apúrense entonces, no hagan esperar a la futura Emperatriz —los apuré mientras bajábamos a grandes zancadas las imponentes escaleras principales que daban al gran patio de honor del castillo.

El carruaje imperial de gala acababa de detenerse. Los lacayos apresurados abrieron la portezuela y colocaron el taburete de terciopelo. Mis suegros fueron los primeros en descender, luciendo ropajes de seda fina y bordados elegantes que les sentaban de maravilla. Recordé la discusión de hace apenas unos días: les había ofrecido una fortuna sin límites para que compraran lo que quisieran para la ocasión; al principio, por puro orgullo y modestia de gente trabajadora, se negaron rotundamente, pero Alisha y Aasha armaron tal alboroto convincente en la casa que terminaron cediendo y eligieron atuendos dignos de la alta sociedad para no desentonar frente a la aristocracia.

A continuación descendieron las dos amigas. En cuanto Alisha puso un pie en el suelo y divisó a Ramseek entre la comitiva, su rostro se iluminó con un entusiasmo contagioso. Olvidándose por completo de cualquier protocolo o etiqueta real, corrió hacia él y se le arrojó a los brazos en un abrazo apretado y espontáneo. En estas tres semanas, esos dos se habían vuelto prácticamente inseparables, cruzándose mensajes a diario a través de los mensajeros del palacio y compartiendo risas furtivas en cada oportunidad que tenían.

Aasha, en cambio, bajó con una elegancia impecable, la espalda erguida y pasos medidos de baile. Al cruzar mirada con Vikram, el General dio un paso al frente cuadrando el tórax, esperando con evidente ilusión algún gesto similar, pero ella endureció levemente la postura, le dedicó un saludo cortés y frío con una ligera inclinación de cabeza y desvió la vista de inmediato hacia los jardines laterales. La mandíbula de Vikram se tensó en un gesto rígido y un leve pero innegable rubor de frustración y desconcierto le tiñó las orejas de rojo. Nadie en el grupo entendía bien qué demonios había pasado entre ellos dos durante la semana para que Aasha lo esquivara con semejante frialdad.



#1493 en Fantasía

En el texto hay: fantasia amor celos

Editado: 13.08.2026

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