Flame Of Chaos

Las manos de la Emperatriz

NANDINI

Las monumentales puertas de bronce labrado se abrieron de par en par con un gemido pesado que resonó por todo el vestíbulo, revelando la inmensidad del Gran Salón de la Corte Imperial. El espacio era deslumbrante y abrumador: techos abovedados con frescos bañados en pan de oro, columnas de mármol pulido que reflejaban la luz de cientos de candelabros de cristal, y una multitud imponente vestida con las telas más caras, joyas ostentosas y abanicos plumados. Había decenas de familias nobles, duques, diplomáticos de reinos vecinos y ministros del gabinete, todos reunidos para presenciar la llegada de la mujer que había conquistado el corazón del monarca.

En cuanto pusimos un pie sobre la alfombra carmesí que cruzaba el salón hasta la plataforma de los tronos, las conversaciones cesaron en un instante. Un silencio tenso, denso y casi palpable cayó sobre el lugar.

Un guardia de la guardia de honor, apostado en la plataforma superior, golpeó el suelo tres veces con el regatón de su lanza dorada, haciendo vibrar los espejos de la estancia, y anunció nuestra entrada con una voz atronadora que retumbó en las paredes:

—¡Atención a la corte! Hace su entrada Su Majestad Imperial, el Emperador Dejak Kumar... acompañado por su prometida, la futura Emperatriz Nandini, los venerables padres de la prometida, las damas de honor y futuras consejeras de la emperatriz, la mano derecha del trono y el General de la Guardia Real.

En un solo movimiento sincronizado, cientos de rostros se giraron hacia nosotros. Sentí el peso de todas esas miradas cayendo de golpe sobre mis hombros. Había ojos que reflejaban un profundo respeto y reverencia inclinando la cabeza a nuestro paso; pero también había miradas frías, cargadas de un desprecio venenoso, altanería y juicio implacable. Varios aristócratas nos examinaban de arriba abajo con una ceja levantada, murmurando detrás de sus abanicos de seda al notar que mis padres no portaban escudos de armas antiguos ni joyas de la realeza ancestral.

El aire se sintió denso, pero me negué rotundamente a bajar la cabeza. Erguí la espalda, mantuve la barbilla en alto con la gracia firme de quien no tiene nada que ocultar y apreté la mano de Dejak con fuerza, entrelazando mis dedos con los suyos para hacerle saber que no me amedrentaba y que estaba firmemente a su lado en esto.

Al sentir mi firme apretón, Dejak se detuvo una fracción de segundo, se giró levemente hacia mí y me dedicó una sonrisa genuina, cálida y profundamente enamorada que le iluminó los ojos verdes.

Aquel gesto desató un murmullo ahogado entre los sectores más conservadores de la sala. Los nobles ancianos y las damas de la alta alcurnia abrieron la boca con verdadero estupor: el emperador Dejak, conocido en todo el continente por su temple de hierro, su seriedad implacable y su mirada intimidating en el trono, estaba sonriéndole a una mujer del pueblo como si ella fuera todo su universo.

Detrás de nosotros caminaban Aasha y Alisha, quienes a partir de hoy no solo eran mis mejores amigas e inseparables compañeras, sino que asumían oficialmente sus roles como mis futuras manos derechas, mis consejeras personales y la guardia política de la Emperatriz. Alisha, radiante y con la cabeza erguida, les devolvía sonrisas descaradas y llenas de altivez a las damas de la nobleza que intentaban barrerlas con la mirada, disfrutando abiertamente de ver cómo los nobles se atragantaban con su propio orgullo. Aasha, en cambio, avanzaba con una elegancia impecable y una postura tan calculadora que parecía haber nacido vistiendo seda real; sus ojos oscuros analizaban fijamente a cada ministro del salón, memorizando rostros y buscando posibles amenazas con la precisión de una estratega.

Sin embargo, la calma duró muy poco.

A mitad del recorrido por el pasillo central, una comitiva de la nobleza tradicional avanzó un par de pasos para bloquear elegantemente nuestro camino, obligándonos a frenar el paso. Al frente estaba el Duque Balthazar, uno de los ministros más antiguos, influyentes y adinerados del Consejo Real, escoltado por su hija, Lady Kaelani, una joven de piel pálida, vestida con un suntuoso vestido de seda bordado en diamantes que no ocultaba su expresión de profunda amargura y arrogancia.

—Majestad —intervino el Duque Balthazar, inclinando la cabeza con una cortesía tan ensayada que resultaba falsa y desagradable—. Es un honor ver al imperio de fiesta. Sin embargo... entre las grandes familias de la alta aristocracia ha causado cierto desconcierto la falta absoluta de registros sobre el linaje de la dama.

Lady Kaelani dio un paso al frente, clavando en mí una mirada cargada de superioridad, despecho y envidia pura. Había sido, durante años, la candidata favorita del Consejo para convertirse en la esposa de Dejak.

—Padre tiene razón, Majestad —agregó la joven con una voz suave pero envenenada que resonó en el tenso silencio del salón—. No podemos evitar preguntarnos qué casa noble representa la señorita Nandini. Sería una verdadera lástima que el protocolo y el prestigio de la corona se vieran manchados por presentar ante el Consejo a una mujer sin título, sin tierras, sin linaje y... por supuesto, sin la preparación adecuada para llevar semejante corona. Y mucho menos cuando viene acompañada por simples damas sin ningún rango para ocupar puestos en la corte.

Las damas aristócratas a su alrededor soltaron risitas disimuladas detrás de sus abanicos de plumas. Mis padres se tensaron visiblemente detrás de mí, apretando las manos con angustia. Sentí cómo la mano de Dejak se endurecía al instante; su mandíbula se marcó con furia y sus ojos verdes se volvieron helados, oscuros y peligrosos como la hoja de una espada a punto de decapitar a alguien.

Pero antes de que Dejak pudiera usar su autoridad absoluta para destrozar al duque con una orden imperial, di un paso al frente por mi propia cuenta, sin soltar su mano.



#1493 en Fantasía

En el texto hay: fantasia amor celos

Editado: 13.08.2026

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