DEJAK
Si alguien me hubiera dicho hace un mes que pasaría una velada entera rodeado de aristócratas sin tener ganas de decapitar a la mitad del Consejo Real, le habría mandado a revisar la cabeza. Las recepciones de la corte imperial siempre me habían parecido un suplicio insufrible. Toneladas de diplomacia vacía, ancianos perfumados haciendo preguntas impertinentes, miradas de desprecio velado detrás de abanicos de seda y críticas murmuradas a espaldas de los demás mientras sonreían como hienas. Con el paso de los años, me había acostumbrado a encarar estos eventos con una máscara de hielo y absoluta indiferencia, contando en silencio los segundos exactos para que terminaran y fantaseando con ordenar la evacuación del salón.
Pero esta noche era radicalmente distinta. Esta vez no estaba solo para sufrir el protocolo.
Desde mi posición elevada cerca de los escalones del trono, observaba fascinado a mi prometida. Nandini se movía entre los diplomáticos y los nobles con una gracia natural que dejaba a todos sin aliento, regalando sonrisas cálidas y aceptando con elegancia las felicitaciones de quienes antes la miraban con recelo. A su lado, pegada como una sombra implacable, Aasha le murmuraba constantemente al oído con discreción perfecta, indicándole a quién debía sonreírle con cortesía, a quién era mejor ignorar por completo y de qué familias nobles era preferible no aceptar jamás favor alguno. Haberle entregado a Aasha los registros confidenciales con los historiales, alianzas y trapos sucios de cada casa noble la noche anterior había sido la mejor decisión del siglo; la chica estaba ejecutando su papel de consejera principal con una astucia casi aterradora.
Un poco más allá, Alisha no se quedaba atrás: se paseaba con una copa de vino frutal en la mano, dejando escapar comentarios sarcásticos con la cara más inocente del mundo que hacían que las duquesas más estiradas se atragantaran con su propio canapé.
Busqué con la mirada a Ramseek entre la multitud, quien parecía estar al borde del colapso intentando que Alisha no provocara un incidente diplomático internacional con sus ocurrencias. Mi mano derecha intercambió una breve mirada conmigo, se acomodó la túnica con un suspiro de alivio y me hizo una señal casi imperceptible con la cabeza: era el momento exacto.
Comencé a subir con paso firme y pausado los escalones de mármol hacia la plataforma del trono. Al llegar arriba, le hice un leve gesto al capitán de la guardia real. El oficial asintió de inmediato, dio un taconazo resonante sobre las losas y golpeó el suelo dos veces con el asta de su lanza, haciendo retumbar el techo abovedado.
—¡Silencio en el salón! ¡Atención a todos, Su Majestad Imperial va a dirigir la palabra! —atronó la voz del guardia, acallando al instante el murmullo de cientos de invitados.
Toda la corte se giró hacia mí. El silencio que se apoderó de la sala era absoluto, denso y cargado de expectación. Clavé mis ojos verdes en la multitud hasta encontrar la mirada oscura y brillante de Nandini, quien me observaba con una mezcla de curiosidad, picardía y expectación.
—Les agradezco a todos su presencia esta noche —comencé a hablar con mi voz grave y serena, haciendo que resonara en cada rincón del gran salón—. Como es bien sabido por todos en este imperio, hace casi un mes entregué mi corazón y me comprometí oficialmente con una mujer maravillosa.
Un murmullo suave y cálido recorrió varios sectores del salón. Muchas de las damas aristócratas suspendieron sus abanicos, mirando enternecidas la forma en que mis ojos no se despegaban de Nandini, quien no pudo evitar que un rubor rosado le cubriera las mejillas mientras me devolvía una sonrisa enamorada que me encendió el pecho.
—Sé perfectamente que sobre los hombros de mi futura esposa se han posado muchas dudas en los últimos días —continué, endureciendo sutilmente el tono pero manteniendo la nobleza en mis palabras—. Como muchos aquí recuerdan, Nandini no posee un título de cuna ni proviene de una dinastía de reyes. Sin embargo, posee algo infinitamente más valioso: se crió con principios inquebrantables, con una fuerza indomable y con un valor que ya le quisiéramos a más de un caballero de este Consejo.
Hice una breve pausa, dejando que mis palabras calaran en los ministros más conservadores, quienes escuchaban con atención rígida.
—Es por eso que he tomado una decisión imperial que marcará el futuro de nuestra corona —anuncié con voz firme y rotunda—. A partir de este año, decretaremos e integraremos al calendario oficial del imperio los mismos festivales, tradiciones y celebraciones del pueblo llano en el que Nandini creció. Vamos a conmemorar de dónde venimos. Porque les pido a todos en esta sala que no olviden la historia: por más oro y títulos que ostentemos hoy, todas nuestras casas nobles, en algún momento del pasado, también fueron gente humilde que trabajó la tierra. No podemos permitir que la corona se desconecte de la gente a la que gobierna.
El pánico y el estupor se reflejaron en los rostros del Duque Balthazar y varios ancianos del Consejo. La gente del salón se quedó completamente helada, mirándose entre sí con la boca abierta. Jamás en la historia de la dinastía un monarca se había atrevido a elevar las tradiciones del pueblo a la categoría de fiestas imperiales.
—Y no solo eso —agregó mi voz, aplastando cualquier amago de protesta antes de que naciera—: a partir del día en que mi futura esposa asuma oficialmente su cargo como Emperatriz, ella será la única y absoluta encargada de organizar y dirigir estos eventos para todo el reino. A fin de cuentas, nadie en este palacio conoce ni respeta el alma de esas tradiciones mejor que ella misma... y las futuras generaciones de monarcas continuarán esta costumbre exactamente de la misma manera.
El silencio que siguió a mi declaración fue estupefaciente. Todos se quedaron paralizados, procesando la magnitud del cambio histórico que acababa de decretar.