—¡A ver, espérate un segundo! ¡¿TE CASARÁS CON EL EMPERADOR DEJAK?! —gritó Kiran, poniéndose de pie de un salto tan abrupto y descontrolado que la mesa de centro se tambaleó y casi vuelca las tazas de té.
Me esperaba completamente esa reacción, la verdad. A fin de cuentas, mis hermanos habían estado desconectados de la vida del pueblo durante seis largos años y nuestra comunicación por carta se había vuelto escasa y tardía por sus intensos entrenamientos en la academia de las provincias del norte.
—Eso es... simplemente no lo puedo procesar. Es una locura absoluta —murmuró Reyansh, parpadeando torpemente como si acabara de despertar de un sueño antes de girarse hacia mis padres, quienes los observaban desde el umbral del salón con sonrisas complacidas—. ¿En serio? ¿No podían darnos ni una sola pista en las cartas? ¡Nos habríamos tomado el primer barco de carga sin pensarlo dos veces!
Mis padres no aguantaron más la compostura y soltaron una carcajada cómplice ante el drama y las caras desorbitadas de sus dos hijos.
—Queríamos ver sus caras de absoluta sorpresa al enterarse en persona —admitió mi padre, acercándose con la tetera para servirles un poco más de té de especias—. Y a juzgar por la taza que Kiran casi estrella contra el suelo, valió totalmente la pena la espera.
—¡Papá, esto no es divertido! ¡Estamos hablando del Emperador de todo el continente! —reclamó Kiran, pasándose las manos convulsivamente por el rostro aún en shock, antes de volver a mirarme de arriba abajo como si buscara una corona de diamantes o una capa de seda sobre mis hombros de andar por casa—. ¿Cómo demonios pasó esto, Nandini? Hace cinco minutos pensábamos que estabas triste en una esquina por lo de Karam y ahora resulta que vas a gobernar el reino entero a su lado.
Me acomodé en el sillón, soltando una risita ante el caos y la emoción desbordada de la escena familiar. Durante la siguiente hora, me dediqué a hacerles un resumen detallado de la loca montaña rusa que había sido mi vida en los últimos meses.
Les conté cómo el compromiso con Karam se desplomó cuando él prefirió irse con otra mujer; cómo esa misma noche de despecho, rabia y extraña libertad fui al festival del pueblo a bailar bajo la luna; y cómo un encuentro inesperado, una discusión acalorada y un baile atrevido con un forastero misterioso de ojos verdes terminaron siendo con el mismísimo Emperador Dejak. Les hablé de las cartas secretas enviadas a palacio, de la propuesta formal frente a mis padres, del pánico absoluto de los nobles tradicionalistas en la corte y de cómo Aasha y Alisha se habían convertido en mis implacables manos derechas para aplastar a las víboras de la aristocracia.
Mis hermanos escuchaban con la boca abierta, pasando de la indignación por el descaro de Karam a la fascinación absoluta por la audacia con la que encaraba al Consejo Real.
—Así que... de verdad están aquí justo a tiempo para el evento del siglo —concluí con una sonrisa tibia y sincera, extendiendo las manos sobre la mesa para tomar las de ellos—. Los invito cordialmente a la boda imperial dentro de una semana. No habría sido lo mismo llegar al altar sin mis dos hermanos mayores allí para cuidarme la espalda.
Reyansh sonrió con profunda calidez, apretándome los dedos con ese cariño paternal que siempre lo caracterizó.
—Por nada del mundo nos lo perderíamos, enana —dijo con voz suave, antes de dar un largo suspiro y acomodarse en el asiento, como si de pronto recordara algo importante que había estado postergando—. Aunque... hablando de compromisos, viajes y buenas noticias, yo también tengo algo que contarles a todos. No vine solo desde las provincias del norte.
Mi madre ahogó un jadeo de ilusión, tapándose la boca con las manos, y mi padre enderezó la espalda de golpe con los ojos muy abiertos.
—¿No viniste solo? —preguntó mi madre, juntando las manos contra el pecho—. Reyansh... ¿de qué estás hablando, hijo?
—He estado saliendo con alguien en la capital del norte durante el último año —confesó Reyansh, rascándose la nuca con un leve sonrojo de orgullo—. Se llama Lady Elowen. Proviene de una familia de comerciantes sumamente acomodada y con aspiraciones nobles en la región. Viajó conmigo para conocer la casa familiar... estaba descansando en la posada del centro arreglándose el vestido después del viaje, pero le pedí a un criado que la trajera en carruaje en cuanto estuviera lista. Debe estar por llegar en cualquier momento.
Apenas terminó de pronunciar esas palabras, el sonido de las ruedas de un carruaje elegante y el relincho de caballos de raza deteniéndose frente a nuestra modesta casa resonaron en la calle. Unos golpecitos secos, impacientes y demandantes retumbaron en la puerta de madera.
—¡Debe ser ella! —dijo Reyansh emocionado, poniéndose de pie a toda prisa para ir a abrir.
En cuanto la puerta se abrió, una joven de tez extremadamente pálida, vestida con un suntuoso e imponente traje de terciopelo verde oscuro con bordados de hilo de plata pesada y encajes extranjeros, cruzó el umbral. Traía una capa fina de piel que se quitó con un movimiento rápido y despectivo, entregándosela a Reyansh sin siquiera mirarlo a los ojos, como si fuera un lacayo o un sirviente del palacio.
Lady Elowen entró a la estancia paseando una mirada crítica y despectiva por cada rincón de nuestra casa. Su mirada se detuvo con frialdad en las vigas de madera sencillas del techo, los sillones de tela algo desgastada por los años y la alfombra tejida a mano por mi madre. Una mueca imperceptible de profundo desdén cruzó por sus labios pintados de rojo antes de forzar una sonrisa falsa que no le llegaba ni de cerca a los ojos.
—Así que esta es la famosa residencia de tu infancia... —habló Elowen con un tono agudo, pausado y sumamente ensayado, arrastrando las palabras con una condescendencia disfrazada de falsa amabilidad—. Qué... pintoresca. Verdaderamente rústica y... modesta.