Desde el sofá principal de la sala, observaba en silencio todo lo que ocurría a mi alrededor. Mi hermano Reyansh estaba sentado al lado de su prometida, sosteniéndole la mano con una devoción casi ciega, completamente encandilado por su belleza e incapaz de ver la realidad. Y es que Lady Elowen era simplemente... insoportable. Cada uno de sus gestos, la forma en que acomodaba las plumas de su abanico, la manera en que miraba las tazas de barro de mi madre y la forma en que arqueaba las cejas con condescendencia emanaban un perfume barato de superioridad que me estaba agotando la paciencia a pasos agigantados.
—Nandini, querida, de verdad no tienes por qué preocuparte por tu situación ni sentirte angustiada —habló Elowen de repente, rompiendo la conversación general y desplegando su abanico de marfil y plumas verdes con una elegancia sobreactuada—. Entiendo que debe ser una etapa sumamente difícil, amarga y humillante para ti tras ese abandono. Pero no te desanimes: si hablo con la gente adecuada, influyente y bien posicionada de las provincias del norte, seguro podré encontrarte a un buen esposo aquí en la villa o en algún pueblo cercano. Algo modesto, por supuesto, pero trabajador, respetable y de buenas costumbres, para que no te quedes sola el resto de tus días como una solterona.
Me miraba fijamente con una sonrisa dibujada en los labios que rezumaba una falsa lástima tan transparente, barata y venenosamente estudiada que daba verdadera pena ajena.
Los únicos que notamos de inmediato la ponzoña disimulada en sus palabras fuimos mis amigas y yo. Vi por la comisura del ojo cómo Reyansh abría la boca de par en par para intervenir y revelarle la verdad de golpe sobre mi verdadero estatus, pero le clavé una mirada rápida, imperiosa y fulminante a mi hermano mayor para que guardara absoluto silencio. No quería arruinarle la sorpresa tan pronto; prefería cocinar esa humillación a fuego lento y dejar que se ahogara en su propia soberbia cuando estuviera frente al altar imperial.
—No te preocupes en lo absoluto por mi futuro ni por mi soledad, Elowen —respondí, reclinándome con parsimonia sobre el respaldo del sofá, cruzando las manos con calma y dedicándole una sonrisa serena, elegante y cargada de una superioridad tan natural que la hizo pestañear descolocada—. La verdad es que ya estoy comprometida de nuevo. De hecho, me caso dentro de exactamente una semana. Por supuesto, ustedes están cordialmente invitados a la ceremonia.
La sonrisa ensayada y perfecta de Elowen se congeló en un milisegundo. Se notaba a leguas que no se esperaba esa noticia ni en sus cálculos más remotos; sus pestañas aletearon con confusión, sus mejillas pálidas se contrajeron y tardó unos segundos en recomponer la postura frente a la familia.
—Vaya... oh, querida, de verdad me alegro tanto por ti, qué noticia tan... inesperada —dijo al cabo de un instante, recuperando la compostura con una risita ligera, aguda y tan falsa que resonó como cristal roto en toda la estancia—. Aunque bueno, esperemos que este nuevo prometido sí tenga algo de clase, un apellido decente, tierras a su nombre y no sea solo un vagabundo de la calle o un campesino desesperado que aceptó casarse por lástima... ya sabes cómo son las cosas cuando una mujer busca apresurarse tras un fracaso tan público.
Ese comentario no fue un desliz: fue un dardo hecho a la medida, impregnado en veneno puro y lanzado adrede para hacerme pequeña.
Desde el umbral cerca de las escaleras, mis dos mejores amigas reaccionaron al instante: Aasha dio un paso al frente con la mandíbula apretada y una mirada tan fría y calculadora que parecía estar evaluando en qué celda del palacio encerrarla, mientras que Alisha estuvo a medio segundo de dar dos saltos y abalanzarse sobre ella para ahorcarla ahí mismo con el encaje de su propio vestido. Les dediqué a ambas una mirada firme, rápida y serena desde mi sitio para que se mantuvieran al margen. No necesitaba que nadie me defendiera en mi propia casa; las clases de la corte me habían enseñado a destrozar a mis enemigos sin necesidad de alzar la voz.
—Bueno, si me disculpan todos, hoy ha sido un día sumamente agotador y lleno de responsabilidades —dije con total serenidad, poniéndome de pie con una gracia impecable, erguida y alisándome con fluidez las faldas de mi vestido. Miré a mis hermanos con calidez genuina—. Chicos, ya saben perfectamente dónde están sus antiguas habitaciones en el piso de arriba, pueden subir a instalarse cuando gusten. Esta sigue siendo su casa.
Luego, giré lentamente el rostro hacia Elowen, clavando mis ojos oscuros en los suyos con una dulzura afilada como la hoja de una daga de plata.
—Y en cuanto a ti, Elowen... hay un cuarto de invitados muy cómodo aquí abajo, al lado del patio interior. Entenderás que en esta familia respetamos profundamente las buenas costumbres y la decencia, y sería terrible que durmieras en la misma habitación que mi hermano antes de la boda. No quisiéramos que la gente de la villa empiece a murmurar y te veas como una mujer fácil... aunque, a juzgar por cómo te le encimas frente a mis padres y por tu falta de modales, creo que esa impresión ya la dejaste bastante clara desde que cruzaste la puerta.
El impacto fue directo a la yugular. La cara de Elowen pasó de un blanco pálido a un rojo fucsia furioso por la humillación, mientras sus labios se apretaban en una línea fina, temblorosa y deforme. Reyansh se quedó mudo de la pura impresión, mirando a su prometida y a mí sin saber qué decir, mientras que Kiran tuvo que volverse bruscamente hacia la pared para disimular una carcajada escandalosa que amenazaba con reventarle los pulmones.
Sin darle tiempo a replicar, a justificarse ni a armar un berrinche en la sala, caminé hacia la puerta principal para despedir a Aasha y Alisha, quienes debían regresar a sus casas antes de que se hiciera más de noche.
—Esa mujer es un dolor de cabeza horrendo, insostenible y una víbora de campo —me susurró Alisha al oído antes de cruzar el umbral, abrazándome con tanta fuerza que casi me deja sin aire—. Dame una sola señal la próxima semana en el palacio imperial y te juro por los dioses que la tiro de cabeza a la fuente del patio central frente a toda la alta nobleza.