Flame Of Chaos

Una promesa bajo el cielo

Nota autora: Es comun que sea la mujer

quien narra su boda, pero que tal si lo

vemos desde la perspectiva masculina?

DEJAK

Hoy es el gran día. Por fin, tras una espera que se sintió como una eternidad agónica e interminable, Nandini se convertirá oficialmente en mi esposa, en mi mujer, en la dueña absoluta de mi vida y en la única consorte de este imperio.

Casi no logré pegar un ojo en toda la noche debido a la ansiedad y los nervios que me invadían el pecho. Daba vueltas en la amplia cama mirando el dosel de seda del techo, repasando mentalmente cada segundo transcurrido desde el día en que la conocí. Pensar que durante tanto tiempo estuve rodeado por fríos muros de piedra, sumido en una soledad implacable y aplastante donde todos me veían como una figura intocable, y ahora, milagrosamente, una mujer había visto algo en mí que no fuera mi riqueza, mi corona, mis títulos o mi estatus. Vio al hombre real, a la persona detrás del peso incalculable de la corona; algo que ni yo mismo sabía que tenía ni que valía la pena rescatar.

Al salir de mis aposentos ya vestido con la túnica imperial de gala —hecha de seda carmesí profunda con bordados de hilos de oro puro hechos a mano con el escudo ancestral de la dinastía—, caminé a paso firme hacia el gran salón de recepciones. Los pasillos del palacio eran un hervidero de sirvientes que corrían de un lado a otro puliendo los candelabros de bronce y desplegando las alfombras rojas sobre el mármol. Allí me encontré de frente con Ramseek y Aasha, quienes supervisaban con ojo clínico a decenas de guardias y pajes que ajustaban los últimos arreglos de flores silvestres y lirios imperiales.

—¿Ustedes qué hacen aquí? —les pregunté, mirándolos con curiosidad y una ceja levantada—. ¿No se supone que son padrino y madrina de la boda?

—Así es, majestad —respondió Aasha con una cortesía impecable pero distante, ajustándose los guantes de seda blanca con movimientos fríos y calculados—. Pero también somos las principales manos derechas de los gobernantes. Por lo tanto, también estamos encargados de la logística, la seguridad y la organización de todo este desorden antes de ponernos en modo de fiesta.

Aasha siempre ha mantenido ese aire frío, calculador y formal con todo el mundo, como si fuera una estatua de hielo tallada a la perfección. Con las únicas excepciones con las que se le ablanda el corazón es con mi mujer y, durante un tiempo, con Vikram. Aunque no tengo ni idea de por qué últimamente se miran tan raro y están tan fríos, cortantes y distantes entre sí; cualquier chisme, problema o desacuerdo que haya entre esos dos se lo preguntaré después a Nandini con calma, cuando todo este alboroto termine.

—Exacto, tal cual lo que ella dijo —agregó Ramseek con una sonrisa relajada, sin desviar la mirada del pergamino gigante que sostenía en las manos y donde revisaba el protocolo minuciosamente.

—Muy bien, su majestad —continuó Ramseek, adoptando un tono mucho más profesional y estructurado—. La ceremonia formal en el Templo Sagrado del Palacio está por comenzar en menos de dos horas, así que necesito que regrese a sus aposentos a terminar de alistarse. Nosotros nos quedaremos aquí en la entrada principal para recibir a los diplomáticos, a los duques y a la aristocracia que va llegando de las provincias.

Ramseek empezó a explicarme paso a paso el orden riguroso de la liturgia imperial: el encendido de los inciensos ancestrales, el intercambio de votos solemnes, la colocación de los anillos y la bendición final del Gran Sacerdote. Inmediatamente después, Aasha tomó la palabra para repasar la segunda parte de la jornada: la gran comitiva real que nos escoltaría bajando del palacio hacia la villa para la ceremonia multitudinaria en la plaza central, la recepción de los regalos del pueblo y el baile tradicional para abrir la fiesta nocturna.

Cuando terminaron de explicarme todo el protocolo, me dirigí hacia la nave oeste del palacio para esperar indicaciones. Sin embargo, no pude aguantar la impaciencia ni la tentación, y me desvié del camino en silencio para intentar colarme en la suite donde estaban preparando a mi prometida.

—¿Hola? —susurré abriendo la puerta con una lentitud casi invisible, tratando de no hacer ruido con los quicios de madera.

Apenas alcancé a meter la cabeza unos milímetros cuando Alisha atravesó el espacio como un rayo y me cerró el paso con el cuerpo, impidiéndome pasar o mirar hacia el interior del vestidor.

—¡¿Qué cree que hace, Su Majestad?! ¡Es de pésima suerte que el novio vea a la novia con el vestido antes de llegar al altar! —exclamó Alisha, sosteniendo la hoja de la puerta con una fuerza descomunal y clavando sus pies en el suelo. Debo admitir que esa chica tiene una fuerza bruta impresionante para su tamaño.

—Solo quería verla un segundo, nada más —protesté con una sonrisa de culpabilidad, intentando asomarme por encima de su hombro sin éxito.

—¡No señor! Está completamente prohibido por orden estricta de las damas de honor y del protocolo de las novias —insistió Alisha implacable, manteniéndose firme como un muro de piedra infranqueable.

Mi suegra, a quien sí alcanzaba a ver desde el pasillo ajustándose el peinado frente a un espejo de pie, soltó una carcajada encantadora y salió del cuarto para darle un beso cariñoso en la mejilla a Alisha por defender la tradición. A lo lejos, desde el interior del vestidor, escuché una risa suave, cristalina y dulce. Esa risa de Nandini la reconocería en cualquier rincón del mundo, incluso en medio del ruido de una batalla.

—Hazle caso, Dejak. Créeme, es mejor que le sigas la corriente a estas mujeres si quieres llegar vivo al altar —escuché la voz de Nandini resonando justo detrás de la madera de la puerta, cuidándose de no dar un solo paso hacia afuera para que no pudiera ver ni un pedazo de su vestido.



#1493 en Fantasía

En el texto hay: fantasia amor celos

Editado: 13.08.2026

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