AASHA
El sonido metálico de la espada de Vikram al encajar con fuerza en su funda todavía retumbaba en el patio desierto del palacio. El aire dentro de las caballerizas reales se sentía denso, pesado y cargado de una frustración contenida a punto de estallar en cualquier momento. Aasha caminó con paso firme y rápido por el pasillo de madera y paja, deteniéndose a solo un par de metros de Vikram, quien intentaba ajustar el montante de su caballo mientras sus manos temblaban ligeramente por la adrenalina acumulada.
—¿Crees que un espectáculo frente a cincuenta hombres borra el silencio de aquel día? —preguntó Aasha, con la voz firme pero cortante como el hielo.
Vikram se congeló en su sitio. Soltó las riendas con lentitud y se giró a mirarla. Sus ojos, antes fríos y strictly oficiales de la guardia imperial, cargaban ahora un cansancio y un dolor profundos que no intentó ocultar.
—Nunca pensé que esto borrara nada, Aasha —respondió Vikram en voz baja, dando un paso cauteloso hacia ella—. No busco tu perdón ni pretendo que olvides de la noche a la mañana el sufrimiento que te causé en tu propia casa. Pero en esa mesa, el día que hablé con tus padres, yo no tenía el poder para protegerte sin destruirte. Tu padre te habría encerrado en una torre antes de permitir que un General te sacara de su casa sin su bendición. Pero hoy la historia es distinta. Hoy tengo la espada, la posición y la orden directa de la Corona para interponerme entre ese infeliz y tú. No voy a permitir que te pongan una sola mano encima, aunque me odies el resto de tu vida por haberme quedado callado en el pasado.
Aasha apretó los labios con fuerza, sintiendo cómo el nudo en su garganta amenazaba con traicionarla. La firmeza en la mirada de Vikram era real, desprovista de cualquier rastro de duda o cobardía. Sin decir una sola palabra más, porque sabía que si abría la boca terminaría rompiéndose a llorar frente a él, dio media vuelta y salió a prisa de las caballerizas, necesitando aire fresco desesperadamente.
Al salir al corredor de los jardines interiores, Aasha se tropezó de frente con Nandini y Alisha. Ambas caminaban a paso apresurado cargando un par de faroles de bronce y las llaves pesadas de la antigua biblioteca subterránea del palacio.
—¡Aasha! Justo te estábamos buscando —dijo Alisha, tomándola del brazo con esa calidez protectora tan suya—. Vamos al archivo del ala oeste. Dejak y Ramseek están reunidos analizando los movimientos de las tropas del sur, y nosotras vamos a revisar los registros antiguos de la nobleza a ver si encontramos algún cabo suelto para frenar a la Casa Vane.
Las tres se adentraron en los pasillos subterráneos del castillo, donde el olor a pergamino viejo, polvo acumulado y madera de roble dominaba todo el ambiente. Mientras abrían tomos gigantescos y desempacaban cajas llenas de decretos antiguos, la tensión aplastante de la mañana comenzó a ceder poco a poco ante la complicidad de los años que llevaban juntas.
—Qué locura todo esto... —murmuró Aasha, pasando los dedos por el lomo de un libro viejo—. De verdad parece que fue en otra vida cuando salíamos las tres a caminar por los senderos del pueblo al atardecer.
—Así es —sonrió Nandini con nostalgia, apoyando la barbilla en la palma de su mano—. Extraño esos paseos tranquilos cerca del río, cuando no teníamos tantos nobles encima ni responsabilidades imperiales tan pesadas. Nos sentábamos en la hierba a ver el atardecer, compartiendo el pan caliente que hacía mi madre y hablando de todo lo que haríamos cuando fuéramos grandes. Se sentía una paz increíble.
—Paz entre comillas, porque nosotras dos siempre terminábamos metiendo a Nandini en problemas —agregó Alisha con una sonrisa juguetona—. ¿Acaso ya se les olvidó cuando nos fuimos a explorar la colina alta y nos agarró esa tormenta enorme? Terminamos todas empapadas, comiendo frutas silvestres dentro de una cueva y matándonos de la risa mientras en el pueblo nos buscaban preocupados.
—¡Claro que me acuerdo! —repitió Aasha, dejando escapar una sonrisa sincera por primera vez en el día—. Aunque si hablamos de recuerdos graciosos, nada supera a Alisha creéndose la más ágil de la comarca y trepándose a ese árbol enorme para tomar las manzanas del vecino.
—¡No me juzguen! ¡Esa fruta se veía deliciosa! —protestó Alisha entre risas, dándole un codazo cariñoso a su hermana—. Lo que nunca dije fue que la rama estaba podrida. Me caí de espaldas directo sobre un matorral con espinas y terminé gritando del dolor mientras ustedes dos se morían de risa en vez de ayudarme a salir.
Nandini se cubrió la cara con las manos, riendo a carcajadas.
—¡Es que la cara de susto que pusiste fue inolvidable! —exclamó la Emperatriz—. Pero no te hagas la santa, que tampoco se me olvida cuando intentamos tejer y teñir telas nosotras mismas para vender en la feria del pueblo. Terminamos dejando las manos de Aasha completamente azules durante una semana entera porque confundimos los pigmentos vegetales.
—¡Es verdad! —se burló Alisha guiñándole el ojo a Aasha—. Parecía un soldado fantasma en mitad del mercado. Miren nada más dónde terminamos... De ser tres chicas haciendo travesuras en una villa modesta a estar metidas en este palacio gigante, vistiendo ropas finas y poniéndole un alto a los señores más influyentes del continente. Es una locura cómo nos cambió la vida en un abrir y cerrar de ojos.
—Y prepárense, porque lo que viene ahora es aún más grande —recordó Alisha, volviendo a ponerse seria pero con un toque de entusiasmo—. El famoso Baile de Presentación Imperial.
Nandini suspiró profundo, sintiendo una mezcla de nervios y emoción en el estómago al recordarlo. No sería una fiesta común y corriente: sería su presentación oficial como Emperatriz ante la alta sociedad de todo el reino y los embajadores de los cuatro puntos cardinales —los nobles del Norte, las delegaciones del Este, los comerciantes del Oeste y, por supuesto, los duques del Sur—. Para esa noche, Nandini estaba preparando una danza ceremonial tradicional, el Ghoomar, donde giraría en el centro del gran salón ante la corte entera luciendo sus capas reales, demostrando la elegancia, la fuerza y el carácter de la nueva soberana.