El gran salón del palacio brillaba bajo la luz de miles de velas reflejadas en los espejos de marco dorado. La música resonaba en las altas bóvedas mientras las delegaciones de todo el imperio se congregaban en pequeños círculos de murmullos y diplomacia. Lores del Norte vestidos con pieles pesadas, embajadores del Este luciendo túnicas bordadas en hilo de plata y comerciantes del Oeste observaban la majestuosidad de la corte junto a la mirada hosca de los nobles del Sur, encabezados por un silencioso Lord Vane y su hijo.
En la tarima superior, Dejak observaba la marea de invitados con la mano firme sobre el apoyabrazos de su trono, mientras Nandini se preparaba a un costado del salón central.
Cuando el sonido agudo de los fardos de percusión y el compás pausado y profundo de los tambores imperiales comenzaron a marcar el aire, la corte entera guardó un silencio reverencial. Las voces callaron y todas las miradas se dirigieron al centro de la majestuosa pista de mármol.
Nandini avanzó hacia el centro con una postura firme y majestuosa. Vestía un atuendo ceremonial deslumbrante inspirado en las tradiciones más antiguas: una falda amplia de un rojo carmesí profundo, recubierta con intrincados bordados dorados que destellaban a cada paso, acompañada por capas de seda que caían desde sus hombros como las alas de un ave real. Sobre su cabeza, un velo transparente salpicado de destellos de oro enmarcaba su rostro, dejando ver sus ojos llenos de determinación y carácter.
A una señal silenciosa, las damas de honor tomaron posición en un semicírculo detrás de ella, marcando el ritmo con el sonido acompasado de sus brazaletes de metal y madera. Nandini comenzó la danza del Ghoomar con un movimiento lento y medido de sus manos, juntando las palmas frente a su pecho antes de extender los brazos con una gracia infinita, rindiendo honor a los cuatro puntos cardinales del imperio.
Poco a poco, el tempo de los tambores comenzó a acelerarse. Nandini inició los giros característicos de la danza, manteniendo el torso perfectamente erguido y el rostro en alto mientras sus pies marcaban un zapateado preciso y rítmico sobre la piedra pulida. Con cada vuelta completa, las pesadas capas bordadas de su vestido se desplegaban en amplios abanicos concéntricos de seda carmesí y oro, creando la ilusión de un remolino de fuego en el centro del salón.
Los velos volaban en el aire al ritmo de la música creciente. Nandini giraba sobre su propio eje una y otra vez con una destreza impecable, sin perder jamás el equilibrio ni la elegancia en la mirada. Las ondas de su falda brillaban bajo el fuego de las arañas de cristal, dejando sin aliento a los diplomáticos extranjeros y deslumbrando a los delegados de todos los continentes. Cada movimiento de sus hombros, cada inclinación de su cuello y cada giro perfecto no solo demostraban la gracia de una bailarina consumada, sino el dominio absoluto, la firmeza y el temple indestructible de la nueva soberana.
Los aplausos y vítores retumbaron en las bóvedas del palacio cuando la orquesta alcanzó su nota más alta y Nandini concluyó la danza con una reverencia perfecta, deteniéndose en seco con absoluta serenidad en el centro de la pista, mirando fijamente a la delegación del Sur antes de erguirse con la corona brillando sobre su frente.
Horas más tarde, cuando la recepción formal comenzaba a ceder paso a la música suave y los invitados se dispersaban por los balcones, la fiesta se trasladó hacia los jardines interiores. Vikram permanecía apartado en uno de los arcos del corredor, vigilando el perímetro con la mano apoyada en el pomo de su espada, manteniendo la vista fija en la entrada para asegurarse de que nadie molestara a los Emperadores.
Aasha caminó hacia él con paso firme, sintiendo el pergamino antiguo escondido entre los pliegues de su vestido. A medida que se acercaba, Vikram la notó y su postura rígida de General se suavizó ligeramente, aunque sus ojos reflejaban el peso de la culpa y la incertidumbre que aún cargaba.
—Capitana... —murmuró Vikram, dando un paso al frente para quedar a su altura—. Pensé que estarías dentro acompañando a la Emperatriz.
—Necesitaba hablar contigo a solas —respondió Aasha, mirando a ambos lados para asegurarse de que ningún noble o guardia estuviera lo suficientemente cerca como para escuchar—. Y esto no puede esperar hasta mañana.
Aasha sacó el documento con el sello de cera dorada desgastado y se lo extendió. Vikram la miró con confusión antes de tomar el papel y desdoblarlo despacio bajo la luz de los faroles del pasillo. Conforme sus ojos recorrían las líneas en caligrafía antigua, su expresión cambió por completo; la frente se le frunció y la respiración se le detuvo un segundo.
—Es una enmienda sobre las leyes de compromisos del Sur —explicó Aasha en voz baja, manteniendo la mirada fija en él—. Dice que cualquier contrato de matrimonio forzado o pacto familiar previo queda anulado automáticamente si una de las partes contrae matrimonio con otra persona y presenta dicha unión ante los Emperadores para su bendición oficial.
Vikram levantó la vista del papel, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
—Aasha... esto anula por completo el reclamo de Lord Vane —dijo Vikram con la voz rasposa, procesando la información—. Pero para que esto funcione... necesitas casarte.
—Lo sé —respondió Aasha, dando un paso más hacia él y reduciendo la distancia entre los dos—. Y no voy a buscar a ningún extraño para salvarme la vida. Tampoco voy a fingir que lo que pasó en el pasado no me dolió, Vikram. Pero hoy me demostraste que estás dispuesto a ponerte de pie por mí frente al imperio entero, y yo no voy a dejar que ese contrato me quite la libertad.
Vikram se quedó inmóvil, mirando el pergamino y luego los ojos de Aasha, sintiendo una mezcla de asombro y una esperanza que creía perdida desde hacía años.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo? —preguntó Vikram en un susurro cargado de emoción contenida.