Flechas acordes

1: Bienvenido al internado.

Gabriel apenas cumplió los quince años la semana pasada. Y sus padres le regalan la estancia en un internado. Parecía broma.
Creía que sus padres le querían, pero le alejaban de casa.
Gabriel era hijo único; quizás eso fue lo que le dio esa falsa seguridad de protección.
—La escuela es para virtuosos, Gabriel. —Su madre se excusó—. Y tú lo eres, hijo mío.
El chico frunció el ceño. Sintió que disfrazaban el desapego con admiración; y eso, más que dolerle, le escoció.
—Eso no explica que lo hagáis ahora. —Se cruzó de brazos.
—Me ha comentado tu abuelo algo que puede que te convenza: será tu mecenas si ingresas ahí.
—El abuelo Yun no me haría eso. —Gabriel estaba muy seguro de ello.
—Me refiero al abuelo Reinaldo; él pagará los gastos que no alcancen por la beca. —La mujer le entregó su vieja maleta desgarrada—. Serás un gran pianista, Gabriel.
El chico abrió la boca para replicarle a su madre y la idea que le vino a la mente le frenó en seco.
—¿Entonces no me echáis de casa? —Gabriel se dejó caer en el desgastado sofá—. ¿Es por el piano?
La mujer se aproximó a su hijo y le tomó las manos con cariño.
—Gabriel Guzmán será el mejor pianista y toda su familia estará orgullosa de ti.
—No entiendo por qué no dejamos las cosas como están, mamá. —Se quejó Gabriel.
—Porque quiero que te vaya bien en la vida. —Le abrazó.
El chico respondió al abrazo, pero porque entendió al fin que un internado para prodigios, y además con beca, era un futuro que no todo el mundo tenía.
Una semana tuvo para hacerse a la idea, y así, a principios de septiembre, Gabriel acudió al internado para prodigios, acompañado de su madre y su abuelo.
Llevaba un traje de chaqueta heredado de su primo Won, que le queda algo grande. Se había cepillado el cabello con algo de gomina para ponerlo de punta. Al mirarse en el espejo retrovisor del coche, la idea de parecerse a Bart Simpson le dio bastante vergüenza ajena.
Se pasó los dedos para separar algún mechón y se gustó algo más.
—Supongo que este chaval es Gabriel. —Una mujer de mirada severa y gesto dulce le extendió la mano—. Parece más joven en persona.
La última parte le extrañó.
—¿Joven?
—Tengo entendido que tienes quince años, pero aparentas... —Le dio un repaso con la mirada—. Yo diría que trece; catorce sería casi apostar.
—Soy bajito, rubio y de ojos azules. —Se encogió de hombros, desviando la mirada—. Tampoco es algo que se pueda ocultar.
—¡Gabriel! —le intentó regañar su madre.
—Eres bastante pragmático, le vas a caer bien a la mayoría del cuerpo docente. —Solucionó la mujer mientras señalaba la puerta cerrada del edificio.
Gabriel acercó su mano al manillar de la puerta. Pero levantó la vista hacia su derecha y se dio cuenta de que ya había alumnado practicando.
Una chica de piel bronceada. Llevaba el uniforme y su cabello marrón recogido en una larga cola de caballo. Tenía una cintura estrecha y las piernas muy largas. Pero lo que más le llamó la atención fue su volumen pectoral; principalmente porque parecía estorbar para practicar el tiro con arco.
La chica se sintió observada y cruzó la vista con Gabriel.
—Ella es Sasha, la mejor tiradora de arco de la academia. —Informó la mujer.
—¿Pero las clases no empiezan pasado mañana? —preguntó la madre.
—Puedo presumir de que, gracias a mi dirección, la academia ha conseguido la mejor escuela de equitación como colaboradora, y es la de los padres de Sasha.
Gabriel abrió la puerta y entró. Sintió que se le había enrojecido un poco la faz al cruzar la mirada con la otra alumna.
—¿Entonces no solo son instrumentos musicales? —Gabriel les sujetó la puerta a los adultos para pasar—, porque esa chica tiene arco y flechas.
—¡Efectivamente! —La directora le dio un cariñoso apretón en el hombro al chico—. Esta academia es de alto rendimiento. Tanto deportivo como artístico.
—Si quieres probar otras disciplinas, yo puedo ayudarte. —Rompió su mutismo el hombre mayor con rasgos asiáticos.
—Gracias, abuelo Yun. —Gabriel se inclinó hacia él en una reverencia—. Si me llama la atención alguna asignatura, te lo haré saber.
El hombre le pasó la mano por la cabeza con afecto, despeinando aún más el cabello rubio del chaval. El chico soltó la puerta y se cerró sola.
La directora les enseñó las clases; cada aula tenía menos de diez mesas. Cada grupo de instrumentos tenía su propio pasillo y cada alumno disponía de su propia taquilla en cada clase.
—Hemos habilitado taquillas para cada alumno en la pared hacia el comedor, para que puedan guardar sus enseres personales y puedan comer sin distracciones.
—¿Qué distracciones podrían tener en el almuerzo? —La madre preguntó con toda la inocencia del mundo.
—Las redes sociales, señora García, eso que absorbe sus mentes sin piedad hasta dejarlas como corderos de rebaño.
—Sé a lo que se refiere, directora, pero Gabriel no tiene teléfono.
—¡Espera un momento, Hera! —Yun se paró de inmediato—. ¿Me estás diciendo que mi nieto va a estar incomunicado mientras esté aquí? ¡Es inconcebible!
—No pasa nada, abuelo, no me importa.
—¡Si no quieres redes sociales, me parece bien! —el hombre se cruzó de brazos—, pero te compraré un teléfono rudimentario para que pueda llamarte.
Su nuera iba a replicar cuando la directora interrumpió.
—Un teléfono pequeño, de esos que no tenían pantalla táctil, le servirá.
Gabriel resopló. Aunque su madre siempre le advirtió de los peligros que conllevaban esas cosas porque su padre biológico falleció por algo relacionado con ello, sabía que si Yun lo aceptaba, no sería malo.
—¿Será para llamarme? —preguntó.
—¡Solo para eso, Yun, llamadas y nada más!
Todos quedaron conformes con el acuerdo y se dirigieron a las habitaciones para que Gabriel se acomodara.
El chico se despidió de su madre y de su abuelo, que justo antes de irse le prometió comprarle un teléfono.
La directora les indicó el camino a la salida y dejaron a Gabriel vaciando su maleta.
Cuando terminó, se recostó en la cama y miró su reloj.
—Son más de las siete de la tarde.
Con el estómago rugiendo, salió hacia el comedor para cenar.
Allí se encontraban cerca de veinte alumnos, a cada cual más ostentoso que el anterior.
Se fijó en que Sasha estaba sola y quiso acercarse. Pero a medio camino, y con su bandeja de albóndigas de pollo en la mano, le dio un súbito rubor y prefirió sentarse en una mesa cercana, pero no la misma.




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