Sasha levantó la vista de sus albóndigas y buscó con la vista a quien le había provocado esa sensación de sentirse observada.
No le gustaba llamar la atención más de lo que ya lo hacían su físico y su tono de piel.
Reparó en el chico nuevo; su faz era hermosa y simétrica. De cabello rubio y ojos de un azul chispeante. Le pareció realmente guapo, y eso era algo que después implicaba alguna pega adicional. Llevaba un polo celeste de supermercado que le realzaba los ojos.
Él levantó la vista y la miró. Ella apartó la suya con urgencia para enfocarse en su plato. Notó que su cara empezaba a arder.
Cuando volvió a observarle, el chico le sonreía tímidamente a modo de saludo y prosiguió con la última bola de su plato. Comparó el plato del chico con el suyo y se dio cuenta de que él comía como una lima.
Lo vio levantarse para pedir más comida. La cocinera negó con la cabeza. Él regresó a su mesa y se quedó allí, haciendo tiempo ante un plato vacío.
Sasha terminó de comer. Aunque solo le separaban metro y medio, decidió ser buena anfitriona. O quizá solo quería saber su nombre.
—Buenas noches, soy Sasha, de tiro con arco. —Le extendió la mano sin levantarse de su asiento.
—Gabriel, de piano —respondió él, levantándose, inclinando la cabeza con cordialidad... y dándole la espalda acto seguido.
Sasha se quedó con la mano extendida, mirando cómo se alejaba. Su propia mano en primer plano y la nuca del dichoso Gabriel al fondo. La ofensa le subió como un latigazo.
Se levantó, tomó su bandeja y aceleró para adelantarlo. Al pasar junto a él, notó que le llegaba a la altura de la barbilla. Era muy delgado.
Pensó que con esa altura, un piano le quedaría grande y en su cara se dibujó una mueca de burla.
Entregó la bandeja y se giró para encararlo.
—Es muy descortés rechazar la mano que te ofrecen —le bloqueó el paso sin miramientos.
—Para descortés, el gesto de estirarse mientras hablas con otra persona. Justo como has hecho antes. —Mostraba los ojos entreabiertos y el ceño fruncido—. ¿Me dejas entregar la bandeja, o vas a quedarte ahí plantada, con toda lo larga que eres?
Nadie se había atrevido a usar su altura así. Las bromas solían ir de jirafas, fáciles de esquivar fingiendo ofensa por ser mulata. Pero esto... esto era distinto. Y atacar de vuelta no era su estilo. Ni siquiera con Gabriel, de piano. Ser bajito como él le parecía algo peor.
La rabia se apoderó de Sasha. Pero como no pudo dirigirla, dio un paso al lado, rechinando los dientes.
—No te pongas en mi campo de visión cuando tenga el arco en la mano, peque, o podría salir lastimada esa bonita cara de dibujo animado que tienes. —Lo soltó casi como un susurro, pero lo suficientemente alto para que él lo oyera—. ¿Crees que podrás?
—¡Como si las flechas y las teclas tuvieran algo que ver! —Gabriel le sostuvo la mirada medio segundo más de lo necesario. Lo justo para que una media sonrisa asomara antes de volver a su expresión de pasotismo.
Otra vez de espaldas. Ese canijo realmente la sacaba de quicio.
Tomó aire y se alegró de no haber tenido más público del necesario, pues los alumnos del comedor seguían concentrados en sus albóndigas en salsa.
Recogió su móvil y su cuaderno de astrolabio para volver a su habitación. Al pasar junto a la mesa donde había cenado Gabriel, solo pudo admitir que se sentía retada.
—Es un gruñón de manual, como el de la película de Blancanieves.
Al ver las nueve menos cinco de la noche en su reloj de pulsera, se alarmó. Sus padres iban a llamarla a las nueve en punto por videollamada y no les gustaba esperar.
Por lo que accedió al pasillo que unía el pabellón del comedor con el edificio de los dormitorios.
A medio camino le vio plantado ante las taquillas. Le daba la espalda, pero ese "pelo cepillo" le había llamado demasiado la atención para confundirle con otra persona.
Se dio cuenta de que miraba su taquilla, con un aura difícil de descifrar.
Se acercó a él hasta ponerse prácticamente encima. Casi le podía oler el perfume de la gomina alborotada de su pelo.
—Si sigues mirando así, vas a desgastar la puerta hasta hacerle un agujero. —Soltó ella de repente, sin apartar la vista de la taquilla.
Gabriel dio un respingo. Al girarse hacia ella, la repasó de arriba abajo, parándose un segundo más de lo normal y una milésima de segundo en el lugar donde su vista caía inevitablemente: su pecho, y por desgracia no eran precisamente pequeños.
Ambos lo notaron.
Ambos se encendieron hasta las orejas.
—Yo... solo... —Balbuceó él—. Pensaba que me gustan los caballos. Nada más.
Sasha no creyó que fuera eso ni por asomo. Él había mirado justo donde no debía. Pero lo de los caballos... era una coincidencia demasiado precisa.
—¡Caballos, claro! —Alzó una ceja por desconfianza.
—La directora lo comentó cuando ingresé esta tarde.
—Sabes que en una taquilla no puede coger un animal de ese tamaño, ¿verdad? —intentó cruzarse de brazos, pero le golpeó sin querer el hombro con las manos.
—¡Tampoco me interesa tanto sociabilizar con alumnos de otras disciplinas, adiós! —contestó algo irritado y se alejó con prisas y la cara enrojecida hasta las orejas.
Sasha esperó a que Gabriel desapareciera de su vista para reparar en algo que había en el suelo. Parecía un trinche de cocina muy sencillo.
Lo cogió para observarlo.
¿Sería de Gabriel? Seguramente.
Abrió su taquilla para dejar el cuaderno. Tomó una foto del objeto con el móvil para que la tecnología le dijera qué era.
—¿Un diapasón?
Chasqueó la lengua con fastidio. Ahora tendría que seguirle para dárselo. Y seguramente no le agradaría que la larguirucha de las flechas y estrellas le siguiera hasta su habitación.
Aun así, sabía que sus piernas daban zancadas más largas que las de él. Con un poco de suerte, podría alcanzarlo antes de que llegara al ala masculina, donde se les tenía prohibido entrar a las chicas.
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Editado: 15.06.2026