Gabriel intentaba dar zancadas, pero su estatura siempre fue un problema.
Solo se había parado ante esa taquilla porque tenía pegatinas de caballos con forma de estrella pegadas por la puerta.
Le había parecido enternecedor. Las demás tenían alguna foto de algún grupo de K-pop, algún logotipo o incluso algún eslogan de positividad. Todas eran distintas y por eso se paró ante la que era diferente.
Pero fue el simple hecho de saber que era la taquilla de la aspirante a Diana lo que le alteró de nuevo.
Era guapa, alta y tenía un cuerpo muy bonito. Demasiado bonito, lo quiso dejar ahí cuando recordó el gran busto de Sasha.
—Le debe estorbar cuando tense el arco. —Expresó en alto mientras notaba sus orejas arder y daba pasos cada vez más fuertes—. ¿Y aun así es la mejor? ¡Caray!
Estaba a punto de cruzar la puerta principal del edificio de los dormitorios cuando notó una punzada en la nuca.
—¡Gabriel de piano!
Una voz femenina le hizo girarse con la duda de qué chica sabía ya su nombre. Pero al descubrir que era la única chica a la que le había dicho su nombre, su cara se volvió puro hastío rebelde.
—Sasha de arco, ¿qué quieres?
—¿Te crees muy gracioso, o qué? —¡Vaya manera de saludar que tienes, pelo pincho! —se sacó el diapasón del bolsillo—. ¡Se te ha caído esto delante de mi taquilla, chulo!
Gabriel lo miró.
—Ese diapasón no es mío, lo siento. —Frunció los labios al encogerse de hombros—. ¿Por qué iba yo a perder una herramienta que solo me sirve para afinar el piano?
—Entonces, si no es tuyo el dapasión, lo entrego en el aula de música y acabo antes, ¡adiós!
Chistó con algo de desagrado, pero entendió que arco y piano no debían estar muy relacionadas.
—No pasa nada, dámelo a mí y ya se lo entrego yo al profesor.
—¿Te crees que no sé dónde está su clase? Llevo dos años en esta escuela y me sé dónde está cada clase, listo.
Había intentado ser amable y ella se lo había tomado a la tremenda. Le salió contestarle de igual modo.
—¡Claro, es más lógico que se lo dé una alumna de una disciplina a la que no imparte clase! —levantó las manos—, ¡tú misma, borde!
Se dispuso a dar un nuevo paso hacia los dormitorios, ya en esa dirección, cuando una mano le tocó el hombro. Era ella de nuevo.
—Vale. —Le pudo ver rodar los ojos por un momento—. Pero solfeo está al lado de astronomía y lo hubiera entregado sin problema, quejica.
Le entregó el diapasón. Sus dedos se llegaron a tocar una milésima de segundo que le pareció eterna, pero que fue suficiente para reparar en sus largos dedos con las yemas ásperas.
Quizás solo la había juzgado mal. Puede que no fuera tan borde, después de todo.
Ella afirmó y se fue. La vio alejarse y se preguntó el motivo. Hubo un momento en que Sasha se paró, debió de resoplar y siguió caminando.
—¿Tan pesado te resulta hablar conmigo, larguirucha? —preguntó en voz alta al aire porque ella ya no le oía—. Serás guapa y esbelta, pero eres más borde que la esquina de un triángulo.
Gabriel prosiguió su camino y, justo antes de entrar a su habitación, volvió a sentir esa punzada en la nuca. Se giró hacia las ventanas del pasillo que había justo enfrente de la puerta de su habitación, se encogió de hombros y entró.
Se sentó en su cama y observó la gemela durante un rato con la mente en blanco.
Tras un rato, se tumbó para estirar las piernas y notó que algo le estorbaba.
Lo sacó del bolsillo y contempló el diapasón.
No se dio cuenta de que se le elevaron levemente las comisuras de la boca mientras pensaba en lo que Sasha había dicho.
Apenas habían cruzado dos improperios cada uno y, sin embargo, ya sabía más de Sasha que de sí mismo.
Ser buena en su disciplina era una cosa, pero su taquilla mostraba que adoraba los caballos. Y acudir a clase de astronomía; le decía que le gustaban las estrellas.
Extendió los brazos. El blanco techo se le antojaba de un blanco frío y se dio cuenta de que su propio abuelo Yun le había sugerido que podía asistir a clases que no tuvieran relación con el piano.
¿Le gustaría el piano o la equitación, como a Sasha? No le apetecía compartir clases con ella. Y con el pensamiento de dejarlo estar, se quedó dormido.
Se despertó demasiado pronto y, al ver en su muñeca que la manecilla de la hora rozaba el seis, su vista reparó en la manga de su camisa.
—¡Me quedé dormido, leche!
Se vistió con el uniforme y revisó el horario sobre su mesilla.
Se desayunaba a las siete, y a las ocho y media debían acudir todos los alumnos al salón de actos para la presentación del curso que empezaría al día siguiente.
Bufó; y tras recoger las cosas que había esparcido, obedeció acudiendo a desayunar.
En la puerta del comedor había una chica de estatura regular, pero con el cabello rosa chicle y azul bebé que llamaba mucho la atención.
—Buenos días. —Su voz sonaba tan áspera como dulce, como pasar la lengua por una lija de azúcar.
—Buenas. —respondió con timidez.
Los únicos alumnos con los que había hablado eran las dos chicas más llamativas de la academia. No era el mejor paso para pasar desapercibido.
Se acercó al mostrador para pedir el desayuno, más por vergüenza que por hambre. Y al llevar su bandeja a alguna mesa apartada, descubrió que la chica bicolor era muy amiga de Sasha.
—Son amigas; perfecto. —Se quejó—. Pues preferiría no conocer a nadie, gracias.
La mesa del rincón fue la escogida. Había otro chico en la esquina contraria, pero le ignoró hasta terminar su desayuno y se fue sin haber hablado con nadie.
Próxima parada: salón de actos.
Y su plan era pasar tan inadvertido como en el desayuno.
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Editado: 20.07.2026