Flechas acordes

4: Castigo ejemplar, sí, pero injusto.

Sasha abrió el pequeño paquete que le había traído su amiga.
—El pañuelo es precioso.
—Me lo trajo papá de Dubai, al parecer es de seda turca.
La risa le salió sola y era bastante escandalosa.
—¡Dubai no está en Turquía, Jenna!
—He dicho que lo compró en Dubai, no que se hubiera hecho allí, Sasha.
A su amiga le gustaba aparentar estupidez para ser el foco de todos los chicos. Lo malo que tenía su comportamiento es que solo se le acercaban los tontos que querían parecer listos y galantes.
Sasha fingió estirarse y bostezar, para poder abarcar toda la mesa del pupitre. Encorvó la espalda y, con la cabeza entre sus brazos, miró a Jenna.
—Mira que te gusta hacerte la tonta, jo.
—He visto a un rubio esta mañana que es muy mono.
—¡A ti todos los chicos te parecen guapos, eso no es nuevo!
Jenna le sacó la lengua en respuesta.
Las campanas del timbre de apertura llenaron el salón de actos y le siguió el silencio de todos los alumnos. Empezaba la ceremonia de apertura.
—Queridos alumnos, mañana empieza el curso extraordinario de especialización. —La directora hablaba desde el escenario, micrófono en mano—. ¡Con la nueva incorporación de la disciplina de equitación, ya podemos asegurar que hemos conseguido superarnos un año más!
Con el nombramiento de la adhesión de su escuela ecuestre, Sasha sabía que ahora tendría que ser aún mejor si quería llegar a astrónoma.
Sus padres pretendían que heredara la hípica de la familia; pero la amiga de su madre le regaló un arco de juguete con seis años y demostró tener un don innato. Siempre fue su via de escape.
Pero el cielo nocturno desde la ventana de su habitación era lo que le fascinaba. La inmensidad del cielo y el anonimato de cada minúsculo puntito de luz.
Un codazo le trajo a la realidad.
—Sasha, te acaba de llamar la profesora de arco.
—Otra vez vuelvo a ser la estrella.
Lo dijo con la resignación de llamar la atención cuando ella solo quería sentirse una entre el gentío.
Llegó al escenario con ligereza ensayada.
—La mejor alumna de tiro con arco os puede demostrar la excelencia de tiro. —La miró—. Sasha, ¿te importa?
La chica tomó un arco, cogió una flecha, y lo tensó. Levantó la vista.
Ahí estaba; el pelo cepillo tenía el cabello algo alborotado, pero le reconoció.
Esbozó una sonrisa al percatarse de que él la miraba.
Sasha levantó el arco y la flecha, y lo volvió a tensar en alto. Alineó la flecha hacia él y su sonrisa se hizo más amplia y maquiavélica cuando vio el miedo en los ojos del pianista.
Tensó el arco aún más.
Y en una fracción de segundo, elevó la punta y disparó.
La flecha dió en el centro de la diana que había en la parte interior de la puerta.
Todos los alumnos miraban la flecha clavada en la puerta.
Gabriel no. Temblaba como un flan.
Una ovación y aplausos siguieron a la demostración.
Sasha le devolvió el arco a la profesora y volvió a su asiento.
Lo bueno que tenía el hecho de ser la mejor: papá y mamá se relajaban con las exigencias y restricciones y podía bajarle los humos a personar desagradables y prepotentes, callándoles la boca.
Mostraron los mejores alumnos de otras disciplinas. A continuación hablaron de los dieciséis nuevos alumnos, y a las doce y media terminó la presentación.
—¡Definitivamente, los rubios son los más guapos de los nuevos! —Jenna se mostró pletórica—. No sé si es más guapo el de piano o el de tiro.
Rubio, de piano. Solo le faltaba decir bajito.
—¿Cómo dices? —se sintió algo molesta.
—No han dicho los nombres, pero lo pienso averiguar. ¡Son tan guapos! —su vientre rugió—. ¡Voy a por frutos secos a la máquina expendedora, ahora vengo!
Jenna se fue en dirección contraria a los dormitorios. Sasha aprovechó para atarse el pañuelo al cuello.
—¡Eh, loca! —Oyó gritar—, ¡Estás para que te encierren en un manicomio y tiren la llave a la fosa de las marianas!
El nuevo de piano se acercó a ella con rabia.
—¿Me lo dices a mí?
—¿A quién, si no? ¡Me ibas a disparar, loca!
Chasqueó la lengua.
—¿Lo he hecho? —cruzó los brazos, desafiante— ¿A qué no?
La gente que salía del salón de actos se iba arremolinando.
—¡Me apuntaste con la flecha de manera deliberada, rencorosa!
—¡Por favor, sé lo que hago y eso solo era puro espectáculo!
—¡Pero no a mi costa, bravucona, me pienso quejar a dirección!
—¡No hace falta! —La voz adulta del salón de actos, ahora estaba entre la gente. —Este tipo de conductas no están permitidas en este centro. —Apareció entre los alumnos—. ¡A mi despacho, ya, los dos!
Sasha siguió a la directora junto al quejica nuevo de piano.
Antes de entrar en su oficina, la mujer se detuvo en Sasha y la miró con el ceño fruncido.
—Si no fuera porque me parece impropio de tí, diría que te has excedido al exponerte. Pero, desgraciadamente, lo he visto.
Entraron los tres y la puerta se cerró.
Sasha se enfadó bastante con haber comprometido su expediente, pero la irritó más la cara de superioridad que atisbó en la cara de Gabriel.
—Gracias por creerme, directora, me temblarían las piernas si no hubiera estado sentado.
—Gabriel, tú también has actuado de manera impulsiva y has cuestionado la presteza de tu compañera. El castigo será ejemplar, y para ambos.
Los adolescentes se miraron por un momento.
—¿Castigo? —cuestionaron al unísono.
La directora llevó el dedo al interfono y le habló al aparato.
—Que pasen.
La puerta se abrió, pasaron los padres de Sasha y un señor mayor asiático que se puso detrás de Gabriel.
La adolescente se extrañó de que ese hombre fuera familia del chico de piano, y el hombre le entregó un teléfono chiquitito con pantalla minúscula y teclado de goma.
—Gracias, abuelo Yun.
¿Gabriel de piano no había tenido móvil hasta ahora?
—El comportamiento de estos alumnos ha sido poco ético para lo que la academia representa. —La directora se acomodó en su asiento—. El castigo que tengo en mente es para que se respeten entre ellos. ¡Compartirán taquilla!
—Me parece justo. —Entonó el abuelo de Gabriel.
—Yo creo que es demasiado permisiva, directora. —Opinó Héctor, el padre de Sasha.
—Es un castigo inusual, pero me parece muy consecuente con el error de los niños; lo vemos bien.
—Mis es… mis caballos, ¿los tendré que quitar? —Sasha pensaba en la personalización que hizo de su taquilla.
Gabriel quiso entonar una queja; pero en cambio, se resignó.
—No, solo tendrás que dejar que Gabriel Guzmán decore con algo suyo.
Los padres y el abuelo se fueron sin más.
—Sasha León, Gabriel Guzmán, a partir de ahora vais a compartir taquilla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.