Dios iba a perder la cabeza ¿Cómo era posible que me hubiera acercado tanto a Adhara? Se suponía que debía aguardar la distancia con ella, se suponía que debía seguir mis propias reglas, pero no, aquí me veía perfectamente embabucado por una chica, aunque claro que no era cualquier chica, era la mujer más bella que jamás había visto, y era su belleza lo que había hecho que empezara a romper mis propias reglas, esas reglas que me costó crear, creía que crearlas era difícil, pero no, lo difícil era no romperlas.
Ni siquiera sabía que me había orillado a proponerle darle clases de defensa personal, lo único que sabía era que quería protegerla de la manera que fuera posible, no me importaba como la mantendría viva, solo me importaba que no le pasara nada.
Tenía que ver por su seguridad porque si algo le pasaba jamás me lo perdonaría, no podría vivir con la carga de que a Adhara le hubiera pasado algo porque yo no supe cuidarla o protegerla.
- ¡Carajo! – masculle golpeando la mesa
Estaba realmente molesto conmigo mismo, no tardaría nada en sucumbir ante semejante tentación, por años me había controlado, pero de la nada ya no podía hacerlo, de la nada me sentía incapaz de controlar mi necesidad de estar con Adhara, y no solo de la forma física, sino de forma… ¿sentimental? Genial, lo que me faltaba, ahora también quería tener a Adhara como mi pareja, mi mente me estaba jugando una broma muy pesada.
Entre en mi habitación tomé ropa y me metí a bañar.
Pronto caería ante los pies de Adhara, sonaba ridículo viniendo de mí que era el dueño de empresas multimillonarias, pero era real, no podía sacarme a Adhara de la cabeza, y estaba seguro de que si Adhara me pidiera arrodillarme yo lo haría, me pondría de rodillas si eso era lo que quería.
Necesitaba visitar a mi psicólogo.
Necesitaba una explicación para lo que estaba sintiendo.
Antes de dormir decidí revisar las cámaras de seguridad de las florerías de la ciudad y del estado, tenía que asegurarme de que el mismo que le mandaba rosas a Adhara le mandaba los poemas, no me podía quedar tan tranquilo.
Revise varias cámaras, antes de dar con lo que buscaba, un chico con una mochila que había visto en el IPN entraba a una florería y compraba un ramo de rosas blancas, en la pantalla se veía como salía con el ramo y la nota entre las manos, lo sabía, sabía que era el, sabía que él era el responsable de los poemas.
Entendía el hecho de no quisiera que Adhara se diera cuenta de quién era, tal vez quería que ella lo adivinara, menuda estupidez, pero lo que no entendía era porque Adhara no se había dado cuenta, todo coincidía con él, seamos sinceros no había otra explicación, aunque bueno no era como que el dejara demasiadas pistas, solo…solo dejaba el ramo con los poemas, la única pista que había era la caligrafía.
No lo negaba, era muy cuidadoso con lo que hacía, por ese motivo Ian se había demorado en descubrir quién era, pero él había cometido el error de dejarse ver una sola vez en las cámaras y eso lo había delatado, había cometido un error con el que tanto Ian como yo sabíamos quién era.
Para mí el ser humano no podíamos permitirnos tener ni siquiera un error porque eso podía acabar con nosotros, por los errores se podían descubrir mil cosas sobre la vida de una persona, un ejemplo, era ese idiota que le mandaba rosas a Adhara.
Aunque pensándolo bien, ahora que sabía quién era entendía porque se quería ocultar, tenía miedo de su vida, y no lo culpaba. Lo mataría
Óyeme ¿Qué te pasa? Adhara no es tuya
Pero lo será pronto
¿No qué no?
¿Era posible que tu conciencia se burlara de ti?
No, bueno sí, pero estoy segura de que solo yo lo hago, me gusta burlarme de ti, me hace sentirme reconfortada.
Entre en mi gimnasio seguido de Adhara, sería su primera clase de defensa personal. Mientras ella recorría todo el gimnasio (Como si no lo hubiera visto, ella creía que no me había dado cuenta de que recorría la casa, pero realmente, si me di cuenta) yo pensaba en una manera de hacer que el rato pasara mucho más lento, o para que se alargara más el momento.
Ella no lo sabía, pero siempre le pedía que repasáramos algo para poder pasar más tiempo con ella.
-Empecemos por lo básico – cerré la puerta - ¿Sabes con que parte del puño se dan los golpes? – Tenia que preguntárselo, no importaba que tan absurdo sonara.
- Si – respondió ella – Los golpes se dan con los nudillos
-Bueno – la rodee y note como tragaba saliva – será mejor que empecemos, Florecita de loto
Empezamos con ella intentando demostrarme como se defendía, a cada paso que daba le decía si estaba bien o mal y si estaba mal, la ayudaba a corregir.
Cada que hacia mal un movimiento y la forma correcta no la podía hacer, le mostraba otras opciones para defenderse, no lo negaba se veía especialmente preciosa tomando clases de defensa personal, y se veía todavía mejor porque yo la estaba ayudando, me agradaba esa idea más de lo que debería agradarme.
Amaba el hecho de que Adhara pasara más tiempo conmigo que con ese idiota, me encantaba verla diario, me encantaba saber que ella se sentía cómoda conmigo, me encantaba saber que ella se estaba enamorando de mí, pero aun así debía poner un límite, un límite que la protegiera del dolor cuando descubriera todo.
Me había pasado todas las noches pensando en lo que Ian me había dicho sobre disfrutar ahora que podía de lo que estaba floreciendo entre Adhara y yo, había decidido hacerle caso y amarla lo más que pudiera. Yo no era de las personas que creían en el amor, pero aun así Adhara podía hacer que creyera en todo.
Cuando termine de enseñarle lo más básico Adhara ya estaba exhausta.
Salió del gimnasio. Cuando me recupere de un golpe en los huevos que me había dado yo también salí, y vaya sorpresa que me lleve.
Adhara estaba en la cocina preparando de comer.