Tiene la cara con marcas y uno de sus ojos ciegos. El otro comparte el color verde de nuestro padre y el pelo castaño. Recuerdo que mi hermano tenía un brillo en sus ojos, una luz propia. Ese hombre la había perdido. Ahora luce como un miserable gladiador encadenado a unas cadenas en una mugrienta celda. Los guardias me han acompañado a la mazmorra.
-¿Has salido ilesa de una explosión?Interesante.-me habla mientras sonríe.
Los demonio saben de hechizos y plantas curativas que hacen que las heridas desaparezcan, más no las lesiones. La torcedura en mi tobillo se quedará por un par de días más.
-¿Quién eres?-mantengo la distancia.-¡Contesta!-exijo.
-Ya te lo he dicho. No es mi culpa que no me creas.¿O es que no quieres creerme?- dice con tono burlesco pareciendo tomarme el pelo.
Estoy de mal humor y no tengo ganas de escucharle tomándome por tonta. Entonces, camino hacia la puerta para salir de la mazmorra y alejarme de él.
-Eso, huye.¡Escóndete después de haber matado a padre!
Esa sensación de que algo arde en mí despierta en mi interior. Me giro y me dirijo hacia él. Esta vez su sonrisa no está. Se muestra serio. Le doy un puñetazo
-Tan compulsiva como siempre, hermanita.
-¡Deja de hacerte pasar por Darío! ¡Deja de usar un hechizo de apariencia y muéstrate cómo ere realmente!-chillo con la voz entrecortada.-Esto no tiene ninguna gracia.
Me agacho y le amenazo a muerte con la daga.
-No volveré a repetirlo:¿Quién eres?
-Soy Darío.
Decido largarme de una vez. Subo las escaleras lo más rápido que pueda. Mis pies me piden salir de ese sitio. Corro a mí habitación, que es un completo caos con todos los diarios de mi padre tirados. Me hecho en el suelo con un ataque de pánico.
Caín, el Serrafín de la Destrucción y antiguo dueño de la gema del Tiempo, había muerto más de hacía un año. Aún no superaba su muerte. Antes fue Aramis, luego mi padre y ahora yo. Se supone que debo de estar concentrándome en visiones y ver que el futuro se mantendrá estables. Esa es mi obligación cómo dueña de la gema del Tiempo que soy ahora. En cambio, estoy llorando por mi padre, como cada noche, y teniendo un ataque de pánico por el regreso de mi hermano. Esto no puede estar pasando; Darío murió aquel día, delante de mis ojos.
Cuando logro tranquilizarme, siento dolor de cabeza. Es como si el cerebro me palpitase. Cojo uno de los diarios. Soy la consejera real, la responsable de proteger las gemas del Tiempo y Destrucción que mi padre dejó tras morir y descifrar esos diarios. Cojo aire y me hago consciente de que no tengo tiempo para deprimirme.
Me siento en la cama, respiro hondo y detengo el tiempo. Después de un chasqueo de dedos el tiempo se detiene y todo mi alrededor cambia. Estoy en aquel día, después de la masacre. El cuerpo de Darío yace sin vida junto a otros que tuvieron la misma mala suerte.
-Buscad bien.-dice una mujer demasiado grande, piel chocolate, rizos morados y largos.
Revolotea sus limpias alas de plumas y se acomoda su larga toga clara y un poco transparente que cubre su cuerpo.
-Y aseguraos de destruir todo libro escrito por los humanos, no necesitamos sus ideas impuras.
Esa mujer mira a mi hermano. Se agacha, le recoge y se lo lleva. Lo que más me inquieta de todo es que esa mujer es más grande que el resto de ángeles y ese broches dorado con el dibujo del sol. Lo había vito antes: Solana...
Vuelvo al presente por una punzada que siento en mi brazo derecho. Me tiro al suelo. Es como si algo me desgarrase por dentro. Mis músculos se tensan y el dolor empeora. Me pregunto cuándo seré capaz de controlar la magia y no autolimitarme por mi condición medio humana. La antimagia que había en mí era el problema. Cierro los ojos, rogando que desaparezca ese dolor...
-Oye despierta.-dice una vocecilla pinchándome con una larga uña.
Es Tina. Esta agachada y parece una ratoncilla con esos dos moños que lleva. Es más pálida que yo y que cualquier demonio de Satania. Los onís son opuestos. Intento incorporarme a pesar de mi dolor en el brazo.
-Otra vez te has quedado dormida.
-Perdón...
-Lucifer nos llamas. Es urgente.