Como todos los veranos, los niños eran obligados a levantarse temprano. No por alguna necesidad, sino por seguridad, era mejor que hicieran ejercicio temprano con el suave sol mañanero, y que tomen la siesta al menos del cansancio evitando el calor abrasador de la tarde.
Por eso Sarita y Santi estaban medio dormidos en la mesa revolviendo cada uno con su cuchara el azúcar dentro de sus cocidos.
Cintia y Tota los veían curiosas mientras tomaban mate. Al principio era solo Tota, pero Cintia le había tomado el gustito a tomar mate solo para que no le duela la cabeza por el almuerzo.
NI bien tenía eso de que era la excusa de la edad, las hormonas o sus días, Ari se levantó última muerta de calor, cansada y de malhumor. Mientras discutían sobre quién había tomado la taza de quien, Santi le susurro algo a Sarita, la pequeña asintió encantada y de un sorbo tomaron todo su cocido, devoraron sus respectivos pan con dulce de leche, y se pusieron frente a su mamá.
—Mamá, ¿podemos salir a jugar? —pidieron al unísono como siempre hacían. Rodri siempre decía que era sincronización de gemelos por bluetooth.
—Los quiero cerca de la casa, donde todos podamos verlos, a ambos —dijo Cintia cebando mate a Luisana que se había unido hace poco con un nuevo mantel blanco para bordar— y no quiero que vayan donde papá, porque está con los animales y ustedes son muy pequeños.
—Si, mamá —dijeron los gemelos con impaciencia, algo típico de los niños.
—Y griten si ocurre algo, y corran a casa si ven algo raro, ya sea una camioneta o algún desconocido —dice Tota mientras se mece en aquel viejo sillón de madera que perteneció al amor de su vida, Vicente.
—Si, abuela —dijeron los pequeños.
—Y ponganse protector solar, que el sol está horrible estos días —dice Luisana sacando una crema protectora y también de paso el repelente en aerosol—. Los mosquitos son bestias sanguinarias.
Después de mucha crema, y repelente que hacía toser y estornudar, los niños salieron emocionados.
—Hoy aprenderemos a hacer silencio sin boca —susurró Santi antes de salir, como si dijera algo absolutamente normal. Fue Lara quien se percató de que ambos niños iban al mismo lugar.
—¿Dejaron los juguetes para jugar con flores? —comentó tomando el café negro debido que no tenía leche fría en la heladera, y Ari había tomado lo que quedaba del abierto que estaba frio.
—Si, ya no llevan ni mi teléfono viejo que le regalé para ver videos —comentó Rodri comiendo pan mientras se levantaba—. Da igual, voy con papá, a ver si quiere mi ayuda.
Los dos niños iban hablando, y riendo mientras veían las pequeñas florecitas. Sarita hacía suavemente una corona de flores, mientras que Santi las agrupaba sin pena, mientras ambos hablaban sobre las cosas que aprendían.
Lara seguía mirando por la ventana. De vez en cuando sus ojos se fijaban en cómo su tía se sobresaltaba cuando sentía un pinchazo por estar distraída con la extraña situación.
—No se movieron del mismo lugar desde que salieron —comentó con el ceño fruncido.
—Son niños, Lara —respondió Luisana, sin levantar la vista del mantel—. Seguro encontraron bichitos o están armando alguna historia rara. Jugaban con piedras como si fueran diamantes la semana pasada.
—Pero… ni se pelean —añadió Ari con un tono preocupado, mientras dibujaba en aquella libreta provista de hojas recicladas—. Siempre se sacaban cosas, ¿no? Ahora están sentaditos, mirando esas flores… como si fueran… no sé. ¿Monedas? ¿Pantallas?
Luisana dejó el hilo en pausa.
—¿No será algo de la tele? Vi un dibujito nuevo con flores que hablaban, capaz juegan a eso…
—Capaz… —dijo Ari, aunque por dentro no le cerraba nada.
Desde afuera, Sarita y Santi reían bajito. Se habían hecho coronas de flores. Una de las flores tenía una pequeña carita pintada, pero nadie sabía quién la había hecho.
Por otro lado, Guillermo miraba a los niños de vez en cuando, ya había oído sobre algunos secuestros en otros lados, y no quería que esos pequeños gemelos juguetones estén en algún problema.
Así quedaron todos los días, Sarita y Santi salían a jugar en las flores, hablaban con susurros, y cuando se cumplieron tres días seguidos. La abuela Tota llamó a los niños, con toda la intención de querer saber que tanto les fascinaba de unas simples florecillas silvestres.
—Son muy bonitas.
Decía Sarita mientras le mostraba su pulsera de flores, y la abuela sonrió.
—¿Y tu Santi? ¿Usas coronas también?
—No, eso es de niñas, yo uso una corona de rey. Por eso las flores son rojas y violetas.
Explico el niño fingiendo ofensa mientras la abuela se reía un poco.
Poco a poco, la casa empezó a tener una decoración llena de flores. Había flores en las esquinas, colgadas de las macetas, incluso como centro de mesa. Y como los niños hacían esas cosas, la abuela le cortaba la mano a cualquiera que se quejara de las florecillas por todos lados.
El séptimo día, Rodri limpió el aceite del tractor que estaba revisando junto con su tío Pato. Y se fijó en su papá.