Cintia no cayó en solitario, sino que junto a ella, en la mal colocada caja de herramientas, cayeron un montón de cachivaches de metal. Las gallinas empezaron a moverse por el ruido. Las viejas ventanas fueron iluminadas delatando el despertar de la familia. Inmediatamente el primero en asomarse fue Rodri, quien llamó a todos con un sutil grito:
—¡Mamá!
El golpe seco había sido lo suficientemente fuerte como para sacudir la casa. Luisana encendió la luz mientras se ponía el batón. Ari se tropezó con la pata de la cama. El tío Patricio se despertó sobresaltado y abrazó la botella como un náufrago a su balsa, pero el estado de alerta duró poco. En dos segundos ya estaba roncando.
En segundos, todos estaban en la cocina. Rodri, aún en calzoncillos y remera, señalaba hacia la puerta trasera.
—Está afuera. ¡Mi mamá está afuera tirada!
Guillermo fue el primero en salir con el machete, descalzo, los pasos duros en la tierra. La encontró allí, entre las sombras del gallinero, con la cara contra la tierra húmeda. Cintia despertó unos segundos después de ser alzada por su esposo, tenía los ojos abiertos, pero no decía nada. Su boca se movía sin emitir sonidos. Como si hubiera intentado gritar y se le hubiese enredado el alma.
—¡Traigan agua! —ordenó Guillermo.
Luisana y Tota llegaron con una linterna. Al apuntar al pasto, notaron que no era pasto.
Eran flores.
Había flores por todos lados.
Las mismas decorativas que armaban los niños.
Las mismas flores silvestres.
Pero…
Pese a todo, eran otras.
Estaban abiertas.
Y se movían levemente, con un pulso suave, como si respiraran.
Rodri fue quien notó algo más.
—¿Dónde están los gemelos?
Las linternas comenzaron a buscar entre la oscuridad.
Nada.
Nada más que flores.
Por todos lados moviéndose como si no le importaran la presencia de gigantes entre ellos. Los rodeaban como la peste, y parecía que se dirigían a un mismo lugar.
Ari gritó desde el corredor de entrada:
—¡La puerta de atrás está abierta!
Todos se lanzaron hacia allá. El campo era un océano de pequeñas flores iluminadas por la luna.
Guillermo tragó saliva.
Luisana murmuró una oración.
Tota se santiguó, pero en voz baja dijo:
—No recen por los que están aquí. Recen por los que se fueron.
Rodri divisó dos pequeñas siluetas moviéndose entre el mar floral.
—¡Allí! ¡Sarita! ¡Santi!
Los niños caminaban de la mano, sonrientes, como si jugaran a la ronda con amigos invisibles. A su alrededor, decenas de criaturas florales danzaban, flotaban o se arrastraban en círculos. Algunas abrían su flor-mandíbula para lanzar pequeñas espinas luminosas que se clavaban en el suelo y hacían brotar nuevas formas.
Guillermo corrió.
—¡Sarita! ¡Santi! ¡Paren, por el amor de Dios!
Las criaturas lo notaron. Una, como un lirio de patas arqueadas, emitió un chillido metálico que hizo vibrar los oídos de todos. Otra, con pétalos como cuchillas, giró su cuerpo en el aire como si lo midiera. Rodri y Luisana se detuvieron al verlas.
—No son flores —dijo ella.
—Son… algo más.
Entonces, la casa explotó en colores. Cada decoración que le habían traído los gemelos, empezaron a salir, las ventanas explotaban como si fueran atacadas por un chillido, los animales se movían nerviosos, pese a que las “florecillas” las ignoraban.
Las cosas sucedieron tan rápido. Los años de experiencias hicieron mecha en Tota, como una fiera tomó una vieja pala y sin pena se abrió camino entre las criaturas. Luisana detrás de ella se aferraba a su viejo rosario de madera, nerviosa agitaba la cruz de madera contra el suelo si sentía algún piquete, aunque no fueran provocadas por las flores.
—¡Con mis nietos no!
Gritaba Tota mientras llegaba a los gemelos quienes estaban avanzando entre risas y cantos extraños. Luisana tomó a los niños, quienes no se resistieron. Sarita y Santi fueron sacados de aquel juego.
—¿Por qué? —dijeron ambos niños al mismo tiempo, mientras eran sacados de aquel lugar, pero algo en sus ojos brillantes y emocionados le hizo entender a Luisana que sus sobrinitos no estaban en ese momento.
—Ya es tarde, y es hora de dormir. Su mamá va a venir a castigarlos si no —dice mientras los niños hacen pucheros pero no se resisten a ser llevados, pese a las quejas en forma de chillidos.
A lo lejos, Ari, Rodri y Lara se movieron entre los bichos. Como los adolescente destructores que aún eran, Rodri tomó un viejo mechero que siempre le quitaba a su tío Pato por temor que se prenda fuego solo. Lara tomó un par de latas de insecticida.
La vista de aquellas flores brillantes después de pasar por fuego era terriblemente asquerosos, sobre todo porque se movían, y sus chillidos parecían cada vez más fuertes, mientras los tres gritaban por ayuda. Un golpe seco, el ruido de aquel viejo claxon, los hizo parar de gritar.
—¡Suban! —gritó Guillermo a sus hijos, mientras ellos se subían a la parte de atrás de la vieja camioneta oxidada. Con Cintia de copiloto, Guillermo avanzó entre las flores, mientras se acercaba a Tota y Luisana.