Flores de Invierno

Prólogo: El peso del hielo

​El aire en el bosque no solo se respiraba; se masticaba, espeso y gélido, perforando los pulmones como agujas invisibles. La ventisca de aquella noche de invierno no perdonaba nada a su paso, sepultando bajo mantos blancos cualquier rastro de lo que alguna vez tuvo vida.

​Allí, en medio de la oscuridad imponente de los pinos, una sola cosa desafiaba a la naturaleza: una rosa de un rojo profundo, atrapada en el centro de un bloque de hielo puro, brillando como un secreto que se negaba a morir.

​A pocos metros, las huellas en la nieve se interrumpían de golpe. No había gritos, no había forcejeos audibles, solo el crujir sordo de las ramas bajo el peso del viento. Aquella rosa no era un capricho del clima; era una advertencia. Y para hombres como Holguín, que vigilaban desde las sombras con la mirada fija en el horizonte, significaba que el pasado por fin había vuelto a cobrarse la cuenta.




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