Flores de Invierno

CAPÍTULO 1: Huellas en el asfalto

La llovizna sobre la carretera principal que conectaba la metrópoli central con las faldas de la cordillera no hacía ruido; era una neblina densa, perpetua y helada que caía de forma constante, una cortina gris y plomiza que se pegaba al parabrisas como un sudario húmedo. Las luces de los faroles urbanos se difuminaban en el asfalto mojado, convirtiendo la vía en un espejo negro, estriado por los destellos rojos y blancos de los vehículos que circulaban a cuentagotas en medio de la madrugada. Dentro del sedán, el ambiente estaba cargado, casi irrespirable. El olor a café frío de un vaso desechable olvidado en el posavasos central y el aroma a tapicería sintética húmeda competían con el silencio denso y cortante que se había instalado desde hacía veinte kilómetros entre los dos asientos delanteros.

​Dante Vega ajustó el retrovisor central con los nudillos, un gesto mecánico, casi felino, que delataba sus años de entrenamiento táctico y la paranoia fría que había adquirido en su antigua vida como agente. Tenía la vista clavada en el vehículo que marchaba exactamente dos autos más atrás. Era un sedán oscuro, de líneas sobrias y pintura opaca, demasiado discreto para llamar la atención en el tráfico habitual, pero demasiado constante en su distancia y en su trayectoria. Habían tomado la gran rotonda del sector este hacía diez minutos, y el carro de atrás había calcado cada uno de sus giros, cada frenada y cada cambio de carril con una precisión quirúrgica que no dejaba lugar a dudas. No era una coincidencia.

​—No nos van a perder de vista tan fácil —murmuró Dante, con esa voz grave, áspera, que parecía guardar muchas más palabras de las que finalmente se dignaba a pronunciar.

​Sus manos, grandes, callosas y firmes, sujetaban el volante con una presión férrea, los antebrazos tensos bajo las mangas oscuras de su chaqueta. Cada músculo de su espalda estaba alerta, calculando milimétricamente las distancias, anticipando las reacciones del tráfico y evaluando mentalmente las posibles rutas de escape si las cosas se ponían feas en medio de la autopista. En his cabeza, la memoria muscular de situaciones pasadas le recordaba una regla de oro que aprendió a golpes: cuando alguien te sigue de cerca en una noche fría, solitaria y sin testigos, jamás es para pedir la hora ni para ofrecer ayuda. Es para cobrar una deuda pendiente.

​A su lado, Valeria Ríos deslizó los dedos con una velocidad pasmosa sobre la superficie táctil de su tableta. La luz azulada de la interfaz iluminaba los ángulos marcados de su rostro, acentuando las ojeras profundas y las sombras oscuras bajo sus ojos. Llevaba más de treinta y seis horas sin dormir, con los párpados pesados, pero la cafeína acumulada en su sistema y la descarga pura de adrenalina mantenían sus sentidos al límite absoluto del colapso. En la pantalla destellaban fragmentos de un expediente digital que habían logrado rescatar a última hora, un rompecabezas fragmentado por la censura institucional y el paso de los años: recortes de prensa vieja con los bordes digitales gastados por el uso constante, direcciones fantasma en zonas industriales abandonadas al oeste de la región y, sobre todo, un nombre que se repetía como una sombra amenazante en los reportes policiales que alguien, desde las altas esferas, se había encargado de archivar bajo llave.

​—Holguín no mueve una sola ficha sin asegurarse de cubrir las espaldas primero —respondió Valeria sin apartar los ojos del visor, con esa calma filosa, casi clínica, que solía usar cuando estaba a punto de desentrañar una verdad incómoda que preferirían mantener sepultada—. Si ese tipo nos mandó a alguien desde el taller o la zona industrial, significa que el secreto de Marcos ya dejó de ser solo nuestro problema personal. Ya cruzamos la línea de no retorno, Dante. O tiramos del hilo hasta el final, o nos cortan el cuello antes de que amanezca.

​Dante apretó el cuero del volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos como el marfil, la piel estirada al límite sobre los huesos. El eco mental de los últimos días se sentía como una piedra pesada e incandescente en el fondo del estómago. El recuerdo de la rosa congelada —aquel hallazgo absurdo, hermoso y macabro en medio de la soledad absoluta del páramo de Altamira, envuelto en una frialdad antinatural que parecía desafiar las leyes de la física y de la lógica— seguía punzándole en la nuca como una aguja invisible que se negaba a salir. Sabían perfectamente que estaban pisando un terreno minado, un juego peligroso de espías y silencios donde los errores se pagaban con la vida, pero dar marcha atrás ya era una palabra prohibida, borrada de su vocabulario.

​Fuera del carro, la noche de la región montañosa se cerraba con una oscuridad imponente, casi tangible. Las luces de las pocas casas de cemento y zinc a la orilla de la carretera principal empezaban a escasear, devoradas por la vegetación tupida, los charrales oscuros y la neblina espesa que bajaba de las cumbres como un depredador sigiloso buscando a su presa.

​—Si siguen pegados a nosotros cuando lleguemos al desvío hacia el sur, tendremos que cambiar de ruta sobre la marcha —advirtió Dante, reduciendo ligeramente las revoluciones del motor para obligar al vehículo de atrás a revelar sus cartas, a cometer un error de cálculo impulsado por la impaciencia—. No podemos darles el gusto de llevarnos directo al punto de encuentro con Mateo. Si ubican el escondite o descubren dónde nos estamos reuniendo, todo lo que hemos avanzado durante meses se viene abajo en cuestión de minutos.

​Valeria apagó la pantalla de la tableta de un golpe seco, guardando el aparato en el fondo oscuro de su bolso de lona con un suspiro pesado y tembloroso que parecía sacarle el último rastro de aire de los pulmones. Giró la cabeza hacia la ventanilla lateral, donde el paisaje borroso, húmedo y oscuro apenas dejaba adivinar las formas fantasmales de los árboles altos azotados sin piedad por el viento helado de la madrugada.




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